04/17/14

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Martirologio Romano: En Pontoise, cerca de París, en Francia, beata María de la Encarnación (Bárbara) Avrillot, madre ejemplar de familia y mujer sumamente devota, que introdujo el Carmelo en Francia, fundó cinco monasterios y, muerto su esposo, abrazó la vida religiosa. ( 1618)

También es conocida como:Beata Bárbara Avrillot


Fecha de beatificación: 5 de junio de 1791 por el Papa Pío VI.





Nació en París el 1 de febrero de 1566. Sus padres, nobles, se llamaron Nicolás y María.

Desde muy niña fue encomendada como interna a las Hermanas Menores de la Humildad de Longchamp para que recibiera una digna educación.


Estimulada por el amor divino que ardía en su corzón, pronto concibió un entrañable ted¡o a todas las cosas de la tierra.


Su madre juzgó que su hija mudaría de actitud obligándola a alternar en el mundo con lo más granado de la sociedad, pero, viéndola cada día más retraída, mudó de proceder tratándola con rigores y aspereza.


Frustrados sus anhelos de vida religiosa, tuvo que acceder al deseo de sus padres tomando por esposo a Pedro Acarie, señor rico, noble y cristiano con el que tuvo siete hijos.


Se dedicó por entero a la educación de sus hijos y a ayudar a toda clase de necesitados.


Fue muy apreciada por los hombres y mujeres más insignes de su tiempo.


En 1601, leyendo las obras de Santa Teresa, se sintió inspirada para introducir en Francia la reforma de esta gran carmelita y así inició su fundación y consiguió la auto riazación real y la bula pontificia para construir el primer monasterio.


Después de muchas dificultades, llegaron por fin de España seis carmelitas descalzas y entre éstas la sierva de Dios Ana de Jesús y la Beata Ana de San Bartolomé, iniciando en París la vida regular.


Seguidamente cooperó nuestra beata en la fundación de Pontoise de Digione y de Amiens en el que vio con alegría ingresar a tres de sus hijas. Por todos es considerada como la "Madre y fundadora del Carmelo Teresiano en Francia".


Fallecido su eposo en 1613, vio por fin llegado el momento de poder realizar sus anhelos de vida religiosa ingresando ella también como hermana conversa y eligiendo para esto el convento más lejano y más pobre que era el de Amiens donde vistió el hábito el 7 de abril de 1614.


Por su delicado estado de salud, el 7 de diciembre 1616 fue enviada al Carmelo de Pontoise, donde, confortada por el viático y por éxtasis y visiones celestiales, entregó su alma al Señor el 18 de abril de 1618.


El papa Pío VI la beatificó el 5 de junio de 1791.


Su cuerpo reposa en la capilla del convento de Pontoise.


Su fiesta se celebra el 18 de abril.





He aquí una madre de seis hijos, que se dio el gusto de poder llevar a su país tres nuevas comunidades religiosas, y de llegar a tener tres hijas religiosas y un hijo sacerdote, además de dos hijos muy buenos católicos y padres de familia.

Nació en París en 1565 de noble familia. Sus padres deseaban mucho tener una hija y después de bastantes años de casados no la habían tenido. Prometieron consagrarla a la Sma. Virgen y Dios se la concedió. Tan pronto nació la consagraron a Nuestra Señora y poco después fueron al templo a dar gracias públicamente a Dios por tan gran regalo.

De jovencita deseaba mucho ser religiosa, pero sus padres, por ser la única hija, dispusieron que debería contraer matrimonio. Ella obedeció diciendo: "Si no me permiten ser esposa de Cristo, al menos trataré de ser una buena esposa de un buen cristiano". Y en verdad que lo fue.


A sus seis hijos los educaba con tanto esmero especialmente en lo espiritual que la gente decía: "Parece que los estuviera preparando para ser religiosos".


Su esposo Pedro Acarí, un joven abogado, que ocupaba un alto puesto en el Ministerio de Hacienda del gobierno, era muy piadoso y caritativo y ayudaba con gran generosidad especialmente a los católicos que tenían que huir de Inglaterra por la persecución de la Reina Isabel. Pero como todo ser humano, Don Pedro tenía también fuertes defectos que hicieron sufrir bastante a nuestra santa. Pero ella los soportaba con singular paciencia.


A quienes le preguntaban si a sus hijos los estaba preparando para que fueran religiosos, ella les respondía: "Los estoy preparando para que cumplan siempre y en todo de la mejor manera la voluntad de Dios".


El Sr. Acarí pertenecía a la Liga Católica y este partido fue derrotado y quedó de rey Enrique IV, el cual desterró a los jefes de la Liga y les confiscó todos sus bienes. De un momento a otro la señora de Acarí quedaba sin esposo y sin bienes y con seis hijitos para sostener. Pero ella no era mujer débil para dejarse derrotar por las dificultades. Personalmente asumió ante el gobierno la defensa de su marido y obtuvo que levantaran el destierro y que le devolvieran parte de los bienes que le habían quitado. Y llegó a ganarse la admiración y el aprecio del mismo rey Enrique IV.


Desde los primeros años de su matrimonio dispuso llevar una vida de mucha piedad en su hogar. Al personal de servicio le hacía rezar ciertas oraciones por la mañana y por la noche, y a la vez que les prestaba toda clase de ayudas materiales, se preocupaba mucho porque cada uno cumpliera muy bien sus deberes para con Dios. Se asoció con una de sus sirvientas para rezar juntas, corregirse mutuamente en sus defectos, leer libros piadosos y ayudarse en todo lo espiritual.


La bondad de su corazón alcanzaba a todos: alimentaba a los hambrientos, visitaba enfermos, ayudaba a los que pasaban situaciones económicas difíciles, asistía a los agonizantes, instruía a los que no sabían bien el catecismo, trataba de convertir a los herejes, a los que habían pasado a otras religiones y favorecía a todas las comunidades religiosas que le era posible. Su marido a veces se disgustaba al verla tan dedicada a tantas actividades religiosas y caritativas, pero después bendecía a Dios por haberle dado una esposa tan santa.


La señora de Acarí se hizo amiga de una mujer mundana la cual empezó a tratar en sus charlas de temas profanos, y al iniciarla en lecturas de novelas y de escritos no piadosos. Esto la enfrió mucho en su piedad. Afortunadamente su esposo se dio cuenta y la previno contra el peligro de esa amistad y de esas lecturas y empezó a llevarle los libros escritos por Santa Teresa, y estos libros la transformaron completamente. Otra lectura que la conmovió profundamente fue la de las Confesiones de San Agustín. Una frase de este santo que la movió a dedicarse totalmente a Dios fue la siguiente: "Muy pobre y miserable es el corazón que en vez de contentarse con tener a Dios de amigo, se dedica a buscar amistades que sólo le dejan desilusión".


Muere su esposo y ella puede ahora dedicarse con más exclusividad a las labores espirituales. Arregla todo de la mejor manera para que sus hijos sigan recibiendo la mejor educación posible y ella dirige todos sus esfuerzos a una labor que le ha sido confiada en una visión.


Un día mientras está orando, después de haber leído unas páginas de la autobiografía de Santa Teresa, siente que ésta santa se le aparece y le dice: "Tú tienes que esforzarte por que mi comunidad de las carmelitas logre llegar a Francia". Desde esa fecha la Señora Acarí se dedica a conseguir los permisos para que las Carmelitas puedan entrar a su país. Pero las dificultades que se le presentan son muy grandes. Hay leyes que prohiben la llegada de nuevas comunidades. Habla con el rey y con el arzobispo, pero cuando todo parece ya estar listo, de nuevo se les prohibe la entrada. Una nueva aparición de Santa Teresa viene a recomendarle que no se canse de hacer gestiones para que las religiosas carmelitas puedan entrar a Francia, porque esta comunidad va a hacer grandes labores espirituales en ese país. Por sus ruegos el Padre Berule (el futuro Cardenal Berule) se va a España y obtiene que preparen un grupo de carmelitas para enviar a París. Y mientras tanto la Sra. Acarí sigue en la capital haciendo gestiones para conseguirles casa y por obtener todos los permisos del alto gobierno.


Nuestra santa no es de las que se quedan con los brazos cruzados. Sabe que a París ha llegado el famoso obispo San Francisco de Sales a predicar una gran serie de sermones y lo invita a su casa y este santo apóstol que es admirador incondicional de los escritos de Santa Teresa se le convierte en su mejor aliado y habla con las más altas personalidades y le ayuda a conseguir los permisos que necesitan. Otro que les ayudó mucho fue el abad de los Cartujos, que era su confesor. Y entre todos logran conseguir del Papa Clemente VIII un decreto permitiendo la entrada de las hermanas a Francia. Un ideal conseguido. En 1604 llegaron a París las primeras hermanas Carmelitas. Iban dirigidas por dos religiosas que después serían beatas: la beata Ana de Jesús y la Madre Ana de San Bartolomé. La señora de Acarí con sus tres hijas las estaba esperando en las puertas de la ciudad, y con ellas lo mejor de la sociedad. Y cantando el salmo 116: "Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos", entraron al pueblo para dar gracias y luego las acompañaron a la casa que les tenían preparada. Poco después las tres hijas de la señora Acarí se hicieron monjas carmelitas y luego lo será ella también.


La comunidad de las carmelitas estaba destinada a hacer un gran bien en Francia por muchos siglos y a tener santas famosas como por ejemplo, Santa Teresita del Niño Jesús.


La beata de la cual estamos hablando en esta biografía tiene la especialidad de haber sido una de las monjas más especiales que ha tenido la Iglesia Católica. Madre de seis hijos (tres religiosas carmelitas, un sacerdote y dos casados) viuda, dama de la alta sociedad y termina siendo humilde monjita en un convento donde su propia hija es la superiora. No es un caso tan fácil de repetirse.


Después de conseguirles muchas novicias a las hermanas carmelitas y de ayudarles a fundar tres conventos en Francia y de haber tenido el gusto de que sus tres hijas se hicieran monjas carmelitas, pidió ella también ser aceptada como hermanita legal en uno de los conventos. Y allí se dedicó a los oficios más humildes y a obedecer en todo como la más sencilla de las novicias. Al ser nombrada su hija como superiora del convento, la mamá de rodillas le juró obediencia.


Los últimos años de la hermana María de la Encarnación (nombre que tomó en la comunidad) fueron de profunda vida mística y de frecuentes éxtasis. Dios le revelaba importantes verdades. Estas elevaciones espirituales, ahora en la vida del convento las podía gozar mucho más tranquilamente. Santa Teresa en una tercera aparición le anunció que ella también llegaría a pertenecer a su comunidad de hermanas carmelitas y esto la animó a hacer la petición para entrar a la santa comunidad. Desde que se hizo religiosa su ilusión era pasar escondida y en silencio, cumpliendo con la mayor exactitud los reglamentos de la congregación. Las monjitas empezaron pronto a presenciar sus éxtasis y les parecía que esta venerable señora era ante Dios como una niñita sencilla, pura y obediente que tenía su cuerpo acá en la tierra pero que ya su espíritu vivía más en el cielo que en este mundo.


En abril de 1618 enfermó gravemente y quedó medio paralizada. No se cansaba de bendecir a Dios por todas las misericordias que le había regalado en su vida. A una hija que lloraba al sentir que se iba a morir le decía: "Pero hija, ¿te entristeces porque me marcho a una patria mucho mejor que esta?". Y su lecho de muerte se convierte en cátedra desde donde enseña a todas la santidad. Sin cesar recomienda a quienes la visitan que no se apeguen a los goces de la tierra que son tan pasajeros y que se esfuercen por conseguir los goces del cielo que son eternos.


Las hermanas le preguntan: "¿Le va pedir a Dios que le revele la fecha de su muerte?", y responde: -"No, yo lo que le pido a Nuestro Señor es que tenga misericordia de mí en esta hora final". Otra le pregunta: "¿Qué le pedirá a Dios al llegar al cielo? - Le pediré que en todo y en todas partes se haga siempre la voluntad de su querido Hijo Jesucristo". El 18 de abril de 1618 tiene un éxtasis y al final de él una monjita le pregunta: "¿Qué hacía hermana durante este rato?" Y le responde: "Estaba hablando con mi buen Padre, Dios". Luego con una suave sonrisa se quedó muerta.



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Santa Atanasia o Anastasia (siglo IX) Nació y murió en la isla de Egina, Grecia.

Aspiraba a la vida religiosa, pero fue obligada a casarse dos veces. La primera vez con un hombre rico y bastante joven. Formaron un matrimonio feliz hasta que murió su marido defendiendo el puerto de Egina del que pretendían apoderarse los musulmanes procedentes de España. Las leyes de la isla forzaban a las viudas jóvenes a contraer un nuevo matrimonio, ya que ésta se había despoblado tras la guerra. Su nuevo esposo, más rico aún que el primero, era un hombre bueno y misericordioso con los pobres, igual que ella. Se dedicaban juntos a la oración y a socorrer a los indigentes.


Cuando llegaron a la vejez, se separaron para preparar su muerte cada uno por su cuenta. Anastasia se quedó en su palacio que transformó en convento y dirigió una comunidad de religiosas. Las monjas llevaban una vida extremadamente austera moderada bajo la hábil guía de un abad llamado Matías, que les sugirió que se mudaran a un lugar más solitario: Tamia.


Allí, el monasterio creció y prosperó. La fama de Atanasia llegó a oídos de la emperatriz de Constantinopla, Teodora, esposa del Emperador Teófilo el Iconoclasta. Ésta le pidió que fuera a Constantinopla, para ayudarla a restaurar la veneración de las imágenes. Allí permaneció Atanasia durante siete años. De regreso a Tamia, cayó gravemente enferma, pese a lo cual, siguió asistiendo al oficio divino hasta la víspera de su muerte.


¡Felicidades a quien lleve este nombre!


Hegúmeno: En la antiguedad, título dado al laico o clérigo monástico que ha sido elegido como líder por la comunidad del monasterio. Su equivalente en la actualidad es el Abad.



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Martirologio Romano: En la ciudad de Gandía, en la región de Valencia, en España, beato Andrés Hibernón, religioso de la Orden de los Hermanos Menores, que de joven fue expoliado por unos ladrones y después cultivó admirablemente la pobreza. ( 1602)

Fecha de beatificación: 22 de mayo de 1791 por el Papa Pío VI.



El Beato Andrés, hermano profeso primero en la Observancia y después en los Descalzos franciscanos, nació en Murcia y murió en Gandía (Valencia). Se distinguió por su austeridad y vida de oración, que estuvo acompañada de carismas extraordinarios, así como por el fiel complimiento de los oficios conventuales y la particular atención a los pobres y necesitados. Sus devociones favoritas fueron la Sagrada Eucaristía y la Virgen María en el misterio de su Inmaculada Concepción.

Vida seglar de Andrés Hibernón


Los padres del Beato Andrés se llamaban Ginés Hibernón y María Real. El padre era un ciudadano noble de Cartagena. La madre, originaria de la Serranía de Cuenca. Ambos, descendientes de familias ilustres de sangre, honradas y católicas. También ellos se distinguieron por sus virtudes cristianas. El piadoso matrimonio se había establecido en la villa de Alcantarilla, pero en 1534 se trasladó a la capital, Murcia, para visitar a un hermano de la consorte María, que era beneficiado de la catedral de dicha ciudad. Durante la estancia de los padres en Murcia acaeció el circunstancial nacimiento del hijo a quien bautizaron en la Catedral poniéndole el nombre de Andrés.


Pocos días después del nacimiento de Andrés, sus padres regresaron a su casa y a sus ocupaciones de Alcantarilla, y a partir de entonces su preocupación principal fue la educación de su hijo. Ginés y María se esmeraron en infundirle su fe y sus sentimientos cristianos. Y el niño, al ritmo que crecía en edad, crecía también en piedad y devoción. Puso gran empeño en aprender a ayudar a Misa, como veía que lo hacían otros niños.


Viendo los padres que el niño era de despiertas facultades intelectuales cuidaron también su educación en las letras y en las ciencias. Pero la fortuna de la familia se basaba en las heredades que poseía el padre, por lo que, unos años de sequía hicieron que la familia se viera en tal penuria, que no pudiese sufragar los gastos de la manutención y estudios del joven Andrés. Muy a pesar suyo, los padres se vieron obligados a enviar a Andrés a Valencia, a casa de su tío Pedro Ximeno, quien lo empleó en la custodia del ganado. El joven Andrés, consciente de que cumplía la voluntad de Dios, se dedicó con tal solicitud a la guarda del ganado de su tío por las fértiles campiñas de Valencia, que D. Pedro se sentía satisfecho y complacido de tener a su servicio un sobrino tan juicioso, cumplidor y temeroso de Dios.


Al propio tiempo el joven aprovechó la soledad del campo y la elocuencia de la naturaleza para el recogimiento interior, la meditación y el cultivo de las virtudes cristianas. Visitaba con frecuencia las iglesias y ermitas de su entorno. Frecuentaba, cuanto podía, los sacramentos. Mortificaba con ayunos y asperezas su cuerpo. Sus virtudes eran la edificación de cuantos le trataban; nunca se le vio reñir con nadie, ni turbarse por siniestro alguno, sino siempre agradable, manso, dócil, afable y modesto.


Su espíritu creció en anhelos de mayor perfección cristiana y, a los veinte años, decidió volver a su tierra de origen, movido por una fuerza interior que le impulsaba a buscar algo distinto y mejor. Su tío sintió la pérdida de tan fiel sobrino y servidor, y, agradecido a sus buenos servicios, le gratificó con ochenta ducados de plata que el joven Andrés, con desprendimiento de los bienes materiales, pensaba destinar para la dote de una hermana suya, con tal desventura que, en el viaje de regreso a su patria, unos desalmados ladrones le robaron su pequeño caudal.


De nuevo en su casa, fue recibido con el natural regocijo por sus padres, que habían sufrido y lamentado la ausencia de tan querido hijo. La nobleza de sus costumbres le ganó bien presto tal estimación y concepto, que todos procuraban su amistad. Entre otros, D. Pedro Casanova, Regidor de la ciudad de Cartagena y Alguacil Mayor del Santo Oficio, lo estimaba sobremanera y gustaba de su trato y conversación. Este señor Regidor quiso llevarle a la ciudad de Granada, adonde tenía que trasladarse por negocios importantes de Cartagena. En prenda de su confianza, entregó a su compañero Andrés las llaves de todo su dinero, alhajas y joyas, haciéndole absoluto depositario de todo lo suyo.


Ingreso en la Orden Franciscana


Ya en Granada, el joven Andrés fue madurando en el propósito que anidaba en su interior desde que se despidiera de su tío de Valencia: una vida de mayor perfección cristiana, propósito que sólo Dios y su confesor conocían. Un buen día Andrés no volvió a la casa de don Pedro Casanova, su señor, quien vivió preocupado durante unos días por incomparecencia del joven en quien había depositado su confianza, y porque nadie le daba razón de él. Casualmente encontró las llaves de sus dineros y joyas que había confiado a su joven compañero, confirmando, con admiración, que no le faltaba nada. En su aflicción por la extraña ausencia de Andrés, don Pedro recibió carta de su esposa doña Francisca Angosto diciéndole que se tranquilizara porque Andrés Hibernón había decidido hacerse religioso franciscano y no se lo había comunicado para que no le disuadiera de su propósito.


En efecto, desde hacía tiempo el joven Andrés estaba en contacto con los franciscanos, a quienes tal vez conocería en Valencia, esperando órdenes para poder ingresar en el noviciado. Le llegó la ansiada noticia de su admisión estando en Granada y partió presto hacia Albacete donde estaba el convento noviciado de la Provincia Franciscana Observante de Cartagena. Allí vistió el hábito franciscano el día 31 de octubre de 1556, a la edad de veintidós años, cumpliendo así uno de los grandes anhelos de su vida. Durante el año de probación se distinguió por su humildad y sencillez, por su espíritu de sacrificio y el don de la oración. Aprendió de memoria la Regla de San Francisco y la observaba con escrupulosa piedad. Juzgándole los superiores idóneo para la vida religiosa, le admitieron a la profesión de los votos el día de Todos los Santos de 1557. Con ello el joven Andrés se consagraba a Dios, a los veintitrés años, con una voluntad generosa y reflexiva de amarle y servirle al estilo de San Francisco de Asís.


Por entonces surgió la reforma franciscana promovida por San Pedro de Alcántara, que ha venido a ser conocida como la reforma Alcantarina o de los Descalzos. Pronto se extendió por los reinos de Valencia y Murcia, hasta Granada, y llegó a formarse una importante y floreciente provincia con el nombre de Provincia Descalza de San Juan Bautista. Conocedor el joven religioso Fr. Andrés del género de vida, de rigurosa y estrecha observancia, de los Descalzos, sintió vivos deseos de abrazar este nuevo estilo franciscano e hizo lo posible por entrar en contacto con dichos religiosos. Convencido, en la oración, de que sus deseos eran de Dios, consiguió las licencias necesarias de la Silla Apostólica y el beneplácito de sus superiores para vestir el hábito de los franciscanos Descalzos o Alcantarinos, no sin el natural desencanto de los Observantes de la Provincia de Cartagena, con quienes había vivido siete años dando prueba de la más ejemplar vida religiosa.


Fue recibido en el convento de los Descalzos de San José de Elche por el padre Fray Alonso de Llerena, guardián de dicho convento y, a la vez, Custodio Provincial, el año 1563, a sus veintinueve años de edad. Gozoso en su nuevo estilo de vida, puso todo su esfuerzo en seguir a San Pedro de Alcántara para llegar a ser un verdadero y legítimo hijo suyo. Un año después tomaba el hábito en el mismo convento de San José de Elche otro insigne religioso, San Pascual Bailón, y resultaría difícil averiguar si Pascual se aplicaba a aprender las virtudes heroicas de Andrés, o si éste empleaba toda su atención en elevarse a la perfección de Pascual. Lo cierto es que el uno inflamaba al otro, y ambos se encendían mutuamente en el amor de Dios y en su entrega para la salvación de los hombres.


El mayor empeño de Fray Andrés era guardar siempre la presencia de Dios. De ahí su espíritu de continua oración: en el trabajo, en la iglesia, en la celda y allí donde se hallara. Su modo habitual de orar era hincado de rodillas, por cansado que estuviera y hasta en sus achaques y avanzada edad. Nunca dejó de asistir a los Maitines de media noche. No podía pasar por delante de una iglesia o capilla sin entrar a adorar al Santísimo. El centro de su meditación eran los misterios de la vida, pasión y muerte de Jesucristo. A la oración mental unía sus devociones particulares: además del Oficio Divino de los Padrenuestros, ordenado por San Francisco para los frailes no sacerdotes, rezaba el Oficio Parvo de la Santísima Virgen, el Oficio de Difuntos, los Salmos Penitenciales, con las Letanías de los Santos, y los Salmos Graduales. Rezaba también todos los días la Corona franciscana y el santo Rosario; etc. Diríase que no le quedaba mucho tiempo para otras obligaciones, y, sin embargo, atendía cumplidamente los oficios que la obediencia le confiaba.


Oficios domésticos ejercidos por fray Andrés


Nunca fray Andrés hubiera considerado acepta a Dios la oración, si no hubiera ido unida a la prontitud en cumplir las obligaciones de su estado. Y de hecho ejerció ejemplarmente casi todos los oficios de la vida fraterna franciscana.


En el convento de San José de Elche, que tenía muchos religiosos por ser casa de estudios, ejerció por muchos años los oficios de cocinero y hortelano, y también de refitolero, portero y limosnero. Atendía la cocina con la mayor eficacia y prontitud y con gran espíritu de caridad, particularmente para con los ancianos y enfermos y para con los pobres. Como hortelano, cultivaba hasta el último rincón de tierra fértil y tenía siempre limpios y aseados los caminales y paseos del huerto para servicio y recreación de sus hermanos; así la tierra se hacía tan productiva, que abundaban las verduras no sólo para la necesidad de los religiosos sino también para los pobres. En el convento de San Juan Bautista de Valencia, o San Juan de la Ribera, que era casa de mucho movimiento y actividad por ser la Curia o sede del Provincial, siendo ya de avanzada edad, fue a la vez refitolero y portero, oficios que también desempeñó en el convento de San José de Elche y en el de San Roque de Gandía. Una característica suya en el cuidado del refectorio fue la práctica de la justicia distributiva al repartir el pan. Conservaba el mejor para los enfermos; el más tierno para los ancianos; para los demás repartía igualmente del bueno y del ordinario, reservándose para sí los pedazos más duros. Ponía gran diligencia en que no se desperdiciara nada, guardando las sobras para sus pobres. Estando en el convento de San Roque de Gandía, que tenía una comunidad muy numerosa, sobrevino en la ciudad y su comarca una grave carestía, de manera que los limosneros no recogían suficiente pan para la comunidad ni para los pobres. Fray Andrés, aunque anciano y achacoso, salía él mismo a la limosna por la ciudad y pueblos circunvecinos. A tal extremo llegó la carestía, que cierto día llegó a faltar totalmente el pan. El anciano y caritativo refitolero no se turbó confiando en la Providencia. Poco antes de hacer la señal para el refectorio vieron muchos religiosos como un agraciado joven le ofreció en la portería un canasto con dieciocho panes muy blancos, que no sólo bastaron milagrosamente para toda la comunidad de cuarenta religiosos, sino que, además, sobró para repartir a la multitud de pobres que se hallaban en la portería.


En los distintos conventos en que moró y según las circunstancias, iba muchas veces al monte para hacer leña y carbón; a las viñas, a recoger sarmientos, llevando al convento, sobre sus espaldas, lo que recogía. Buscaba juncos y tejía con ellos espuertas; recogía esparto y trabajaba sandalias y esteras. Lavaba hábitos y los remendaba; cortaba y cosía hábitos nuevos para los religiosos. Barría, limpiaba y blanqueaba la iglesia, el convento y el claustro. Servía y limpiaba las celdas y los vasos de los enfermos. En las obras de los conventos servía de peón, cargando y llevando mortero, tierra, piedra y cuantos materiales se necesitaban. Parecía hombre bien dotado para todos los trabajos manuales.


En cualquier convento en que ejercía el oficio de portero, era extraordinario el concurso no sólo de mendigos, sino también de toda suerte de necesitados, porque sabían que cuantos acudían a él eran socorridos en sus necesidades corporales y espirituales, siendo tan tierna y amorosa la compasión que tenía de los menesterosos, que con la mayor atención se aplicaba a consolar a todos en todo. Los animaba y fortalecía con dulces y suaves palabras en sus necesidades y miserias, haciéndoles entender que por ellas se hacían semejantes a nuestro Señor Jesucristo. Los instruía en la doctrina cristina y principales misterios de nuestra santa fe. Les enseñaba muchas oraciones y devociones; reducía a buen camino a los extraviados; consolaba a los afligidos; limpiaba a los sucios; remendaba a los mal vestidos; curaba a los enfermos; sufría a los impertinentes, y renovaba muchas veces el milagro del Redentor en el desierto, multiplicando el pan para alimentar a los pobres hambrientos. Tenía especial respeto y miramiento a los sacerdotes pobres y a otras personas de calidad, a los que socorría en secreto en algún aposento del claustro, exhortándoles piadosamente a sufrir por amor de Jesucristo las incomodidades, trabajos y miserias de la vida humana.


Desde recién profeso, los superiores encomendaron a fray Andrés el oficio de limosnero, que él aceptó generosa y humildemente, a pesar de su repugnancia interior, dada su inclinación natural a la soledad y al retiro. Ejerció el oficio con notable ejemplo y provecho espiritual de los fieles. Nunca usó sandalias, ni en verano ni en invierno. Vestía un hábito de sayal burdo y áspero. Salía del convento después de ayudar cuantas misas podía y recibir la sagrada comunión. Cuando llegaba a los pueblos visitaba, lo primero, a Jesús Sacramentado y, asimismo, antes de volver al convento, visitaba cinco iglesias, si las había, o cinco altares, para ganar la indulgencia de las Cruzadas. Si algún convento se hallaba en penuria y muy necesitado, el padre Provincial enviaba al mismo a fray Andrés como limosnero, y con ello quedaba socorrido. Para este efecto le colocó la obediencia algún tiempo de morador en el convento de Santa Ana de Jumilla, población que dista una legua del convento.


Virtudes de fray Andrés


La entrega y la dedicación a las tareas que la obediencia le encomendaba, no apagaban en fray Andrés el espíritu de oración y devoción al que, según decía San Francisco, deben servir las cosas temporales. El Beato Andrés vivió con profundidad la fe, particularmente los misterios de la Santísima Trinidad y de la humanidad del Verbo Encarnado, de tal manera que había incluso teólogos que acudían a él reconociéndole en posesión del don de ciencia infusa. Cuando hablaba de algunos de los artículos de la fe lo hacía con tanto fervor que parecía testigo de vista de lo que decía. Impulsado por el celo de su fe visitaba los lugares de los moros para instruirles en la doctrina cristiana, a pesar del riesgo que esto entrañaba. Cuando iba de limosna por los pueblos ayudaba a los párrocos en la catequesis de sus fieles, tomando de su cuenta explicarla y enseñarla a los más rústicos y menos instruidos.


Fruto de la fe del Beato era su esperanza, heroica porque en los accidentes o desastres más escabrosos y peligrosos siempre se le veía la misma serenidad de rostro y corazón. Así ocurrió el año 1589 en que, estando fray Andrés de morador en el convento de San Juan de la Ribera de Valencia, se desbordó con tal furia el río Turia que inundó totalmente convento e iglesia, que estaban en la misma ribera del río. Todos estaban desmayados y medio muertos de miedo esperando por instantes lo peor; sólo fray Andrés permaneció con su acostumbrada tranquilidad y quietud en la santa oración, sin turbación ni temor. Asimismo, el año 1599 sufrió la ciudad de Gandía un espantoso terremoto por el que se desplomaron muchos edificios, torres y el campanario de aquella Colegial. Aterrado el pueblo, salió a habitar en los campos, y los religiosos, en el huerto; nuestro Beato no quiso salir del convento y dejar a su amado Sacramentado y el retiro de su celda.


Su amor a Dios era tan ardiente que, con frecuencia, le llevaba al éxtasis. Al mismo tiempo, el ímpetu de su caridad le impulsaba a buscar a los moros para hablarles de la hermosura del amor de Dios. Sentía como propias las dificultades, penas y aflicciones de los demás. Si divisaba por el semblante de algún religioso que se hallaba melancólico o afligido, no lo perdía de vista hasta dejarle alegre y consolado. Si echaba de ver alguna disensión o discordia, no cesaban sus fatigas hasta que lograba unir y concordar los ánimos. Su caridad se redoblaba con los enfermos, contándose verdaderas maravillas y hasta milagros, cuando de ellos se trataba. Así ocurrió cuando llegó al convento de San Juan de la Ribera de Valencia, donde encontró enfermo al padre guardián. Con la señal de la cruz, a ruegos del mismo, le curó repentinamente la gangrena del brazo. Y conociendo el Beato la sed que atormentaba al enfermo, le dijo: «Padre guardián, mande traer nieve al instante, porque me siento muy acalorado del viaje». Quedaron admirados al oír tal petición los religiosos, porque sabían muy bien que nunca había querido probar el agua de nieve, aun en las enfermedades de calenturas ardientes que había padecido. Traída la nieve, la bebieron ambos por espacio de tres días, al cabo de los cuales, mejorado ya el guardián, le dijo el caritativo huésped: «Ya no es menester, padre guardián, que traigan más nieve para mí, porque ya se ha templado el calor de mi viaje». Para atender a los pobres que acudían a la portería del convento, iba él mismo a pedir limosna por las casas y cuando éstas le faltaban le proveía el Señor milagrosamente.


Cuando los superiores tenían que tratar algún asunto arduo y de consideración o comunicarse con personas de calidad y distinción, se valían de él por el gran concepto que tenían de su mucha prudencia y discreción. Con esta prudencia heroica apaciguaba fácilmente las discordias y enemistades más radicadas e intestinas, y por su medio animaba y consolaba a los más afligidos y desesperados. En particular usaba de la mayor prudencia para evitar todo disturbio o discordia por leve que fuese entre los religiosos.


Siguiendo el ejemplo de San Francisco, era extraordinaria la veneración que fray Andrés tenía a los sacerdotes, reconociéndolos como ministros inmediatos y principales del Altísimo, por lo cual juzgaba ser obligación de justicia respetarlos y obsequiarlos con distinción. Siendo portero, a cualquier sacerdote que fuese al convento le pedía la bendición.


Llegó un día al convento de la Inmaculada Concepción de Sollana (Valencia) con el aviso de que iban a comer el padre Provincial y los Definidores. Ausentes el guardián y el cocinero, el padre presidente se vio turbado al tener que preparar la comida. Advirtiendo esta situación embarazosa el ya anciano, achacoso y cansado del viaje fray Andrés, le dijo: «Vaya, padre presidente, a prepararse para decir la santa misa, y deje a mi cargo la cocina». El buen presidente, en atención a la edad, achaques y cansancio del humilde hermano, le mandó que se fuese a descansar. Entonces el santo viejo, con humilde y respetuosa viveza de espíritu, le replicó: «No me mande esto, padre presidente, porque es contra justicia. A vuestra reverencia le toca estar en el altar y a mí en la cocina; sus manos deben estar entre los corporales y las mías entre los tizones».


Durante muchos años padeció una penosa fluxión de ojos junto con un intenso dolor de estómago, lo que sufrió con gran fortaleza y entereza de espíritu. Estando para morir, viendo los religiosos los dolores y angustias que sufría, sin proferir queja alguna, para consolarle le propusieron repartirse los dolores, a lo que fray Andrés contestó: «Esto no, mis carísimos hermanos, porque estos dolores me los ha regalado Dios, y los pido y quiero enteramente para mí. Creedme, hermanos, que no hay cosa más preciosa en este mundo que padecer por amor de Dios».


Emulando a su reformador San Pedro de Alcántara, dormía muy pocas horas. Asimismo era sumamente cauto y templado en el hablar: sin dobleces, ni excusas, ni simulaciones, evitando toda palabra inútil. Y su parquedad y moderación en las comidas eran tales que bien puede decirse que ayunaba de continuo.


Fue siempre muy pronto a la señal de la obediencia, obedeciendo a prelados y superiores con una exactísima puntualidad y reverencia. Por pesado que fuese el mandato, lo ejecutaba con prontitud y presteza, aun estando accidentado, enfermo y adelantado en edad. Fue tan ciego en obedecer, que nunca hizo mal juicio o se detuvo en examinar lo que el superior mandaba. El Duque de Gandía, que estimaba sobremanera a fray Andrés y gustaba en extremo de su compañía, quiso escribir al padre Provincial para que suspendiese una orden en la que mandaba al santo que pasase de morador al convento de San Diego, de Murcia. Apenas tuvo noticia de la resolución del señor Duque, pasó nuestro Beato a suplicarle con humildad respetuosa y lágrimas en sus ojos, que, lejos de ponerle algún impedimento, le permitiese cumplir la obediencia de su prelado.


Devociones y carismas de fray Andrés


Estre las devociones de Fray Andrés, una de las que hay que destacar es sin duda la que profesaba al Santísimo Sacramento del Altar. Cristo en el sagrario era su refugio en las tribulaciones, su vigor en las flaquezas, su alivio en las necesidades propias y ajenas, su consuelo en las aflicciones y su descanso singular en las fatigas. Todo el tiempo que podía, así de día como de noche, lo gastaba arrodillado en su presencia; ocupado en sus empleos, lo visitaba muchas veces, y si las ocupaciones no se lo permitían, con fervorosas jaculatorias lo veneraba con el corazón y el espíritu en donde quiera que se hallaba, quedándose muchas veces en éxtasis y arrebatado hacia él. Fue coetáneo de San Pascual Bailón, el «enamorado del Sacramento», y hermano de hábito y de la misma provincia franciscana de San Juan Bautista de Valencia; muchas veces habitaron en un mismo convento. Sería de ver la puja espiritual de estos dos enamorados del Santísimo, en constante emulación por amar más y más al «Amor de los amores».


Fray Andrés comulgaba casi todos los días, con permiso de sus superiores, según se lo permitían las normas y costumbres de entonces. Repetía muy a menudo la comunión espiritual, particularmente cuando oyendo o ayudando misa veía comulgar al sacerdote. Por eso procuraba oír y, mejor, ayudar cuantas misas podía. Con los sacerdotes procedía con el mayor respeto y reverencia. Aunque no tenía estudios especiales, entendía bastante bien el latín y disfrutaba en la liturgia de los días señalados, como en Navidad, al oír el evangelio del nacimiento del Verbo encarnado; durante la octava del Corpus, oyendo la secuencia; en Pascua de Resurrección, en el día de la Ascensión y especialmente el día de Pentecostés al entonarse el «Veni, Sancte Spiritus».


Otra de sus grandes devociones era la que sentía hacia la Santísima Virgen, particularmente en sus misterios de la Anunciación, en cuyo evangelio se trata con tanta claridad de la Encarnación del Verbo en el seno virginal de María, y de la Inmaculada Concepción. Es una costumbre muy antigua de la Orden Franciscana venerar con distinción, como Patrona principal y como misterio defendido por sus hijos, la Inmaculada Concepción de María virgen. Por eso, en todos los conventos se practicaban devociones propias, como la Benedicta de los viernes y la misa votiva cantada de todos los sábados. Nuestro Beato, que por María y en defensa de su Purísima Concepción, hubiera derramado su sangre, nunca faltó a funciones tan devotas. En cualquier lugar en que hallase alguna imagen suya, se arrodillaba y muy tiernamente la saludaba, singularmente si la imagen era de la Purísima Concepción. Agradecía tanto la Santísima Virgen esta devoción de su siervo, que muchas veces lo arrebataba a sí en el aire, en raptos y éxtasis. Fray Andrés celebraba con gran devoción las siete festividades de la Santísima Virgen, precedidas de una novena y seguidas de una octava de prácticas piadosas. En todas las oficinas conventuales en que estuviera, levantaba un pequeño altar con la imagen de la Virgen, para su particular veneración.


Un día, estando fray Andrés de portero en el convento de San Roque de Gandía, Baltasar Ferrer lo encontró elevado y arrebatado en el aire, de modo que la cabeza tocaba en el techo del claustro, delante de una imagen de la Concepción de María Virgen, dobladas las rodillas y con el Oficio menor de la misma en las manos. Admirado de lo que estaba viendo, el seglar se retiró con delicadeza y prudencia por no comprometer a fray Andrés cuando volviera en sí. En la misma ciudad de Gandía, le envió el superior para que acompañara a un sacerdote que iba a auxiliar a un moribundo. Llegados a la casa, dejó al sacerdote asistiendo al enfermo, y entre tanto se retiró a otro aposento solitario, donde, viendo una hermosísima imagen de la Santísima Virgen, se arrodilló inmediatamente en su presencia para obsequiarla. No bien se había puesto de rodillas, cuando en el mismo sitio se quedó elevado y absorto. Eran muchos y muy frecuentes sus raptos y éxtasis en los claustros, iglesias, caminos, campos, casas de seglares y en cualquier otro lugar que se hallase, porque no sólo se originaban de María Santísima, sino también de todos los inefables misterios de nuestra santa fe, y especialmente de los que pertenecen a la encarnación, vida, pasión y muerte del Salvador. Fray Andrés se apenaba en gran manera cuando se daba cuenta de que los religiosos y los seglares le habían visto en éxtasis. Pedía humildemente al Señor que le evitara esta prueba, sin alcanzar tan fervoroso ruego.


Nuestro hermano fray Andrés estuvo también dotado con el don de profecía. Conocía, con espíritu profético, lo futuro; penetraba lo oculto, y veía lo que aún estaba muy lejos. De todo ello se cuentan numerosos casos en las actas del proceso de beatificación.


También le dotó el Señor con la gracia y el don de los milagros, tanto antes como después de su muerte. Serían necesarios libros enteros para relatar las maravillas que obraba el Señor por mediación de su siervo fray Andrés, incluyendo, ya muerto nuestro Beato, la resurrección de muertos. Bástenos aquí recordar que en el sumario de su Causa de Beatificación se hallan compilados setenta y cuatro milagros que obró repentinamente después de su muerte, escogidos de la más vasta multitud de los registrados en sus Procesos Apostólicos. En la fase decisiva del Proceso, el 7 de septiembre de 1790, en presencia del Papa Clemente XIV, la Sagrada Congregación de Ritos aprobó tres de los cinco milagros presentados: la repentina curación de Mariana Cano de una tisis consumada; la instantánea y perfecta curación de Andrés Gisbert, loco de muchos años, y la improvisa y perfecta restitución de la vista a María García, absolutamente ciega.


Muerte y glorificación del Beato Andrés


La muerte de fray Andrés acaeció en las primeras horas del día 18 de abril de 1602, en el convento de San Roque de Gandía (Valencia). Refieren las crónicas que el Señor reveló a fray Andrés el día y la hora de su muerte, un año antes de que ésta ocurriera, para lo que se preparó con fervores de novicio, con gran admiración de cuantos le conocían, ignorantes del motivo de su redoblada piedad y devoción. El día 16 de abril de 1602 se puso con la mayor diligencia a barrer y limpiar su celda, el dormitorio y la escalera del convento que bajaba a la iglesia, adornándola del mejor modo que pudo, como quien sabía ciertamente que al día siguiente se le había de administrar el Viático. Al otro día de estas diligencias, asaltado de un cruel dolor de costado, con una calentura aguda y maligna, le llevaron el sagrado Viático, que recibió con el mayor fervor de su vida, deshaciéndose en lágrimas de amor y de ternura. Finalmente, le acometió otro más grande dolor de estómago y de pasmo que lo postró y dejó sin movimiento.


Los hermanos que permanecían a su lado cuando se encontraba en su lecho de muerte, afligidos por los dolores que soportaba, aunque los encajaba con admirable fortaleza, hubieran deseado compartirlos con él. Y al hacérselo saber, el venerable religioso manifestó: «Esto no, mis carísimos hermanos, porque estos dolores me los ha regalado Dios, y los pido y quiero enteramente para mí. Creedme, hermanos, que no hay cosa más preciosa en este mundo que padecer por amor de Dios».


Llegada la noche, quiso reconciliarse de nuevo para recibir la última absolución plenaria en el artículo de la muerte y la bendición papal; pidió después el sacramento de la Extremaunción, mostrando tanta alegría mientras se le administraba, como si sensiblemente estuviera gustando el más sabroso manjar. Rezaba con la mayor ternura las oraciones, letanías y salmos penitenciales con todos los religiosos que asistían con el superior. Se despidió, en fin, amorosamente de todos, pidiéndoles perdón de no haber cumplido como debía sus obligaciones ni correspondido a los deberes de la Religión, suplicándole al superior que le diese un pobre y viejo hábito para enterrar su cuerpo, encomendándose a las oraciones de todos para que el Señor, en su tránsito, tuviese piedad de él que había sido un siervo inútil en su casa.


Tocaron con esto a maitines, y el siervo del Señor, que durante su vida nunca había dejado de rezar el Oficio Divino en las horas establecidas por la Iglesia, suplicó a un religioso que llevase la cuenta de los Padrenuestros que debía rezar por los Maitines y Laudes, según la Regla de San Francisco, porque ya él no podía llevar por sí el orden de las cuentas, y lo rezó muy clara y devotamente. Destituido ya enteramente de fuerzas y hecha la recomendación del alma, a que respondió con el mayor fervor, tomando en sus manos un crucifijo y besándole tiernamente sus sagrados pies, fijos sus ojos en el precioso costado y sin ninguna señal de movimiento en el cuerpo, miembros, ojos ni boca, entregó plácidamente su bendita alma a su Creador al entrar el 18 de abril del año 1602, como una hora después de media noche.


En la hora misma en que murió fray Andrés fue necesario abrir las puertas del convento por la gran multitud de eclesiásticos y seglares devotos que concurrieron. Todos procuraban hacerse con alguna cosa de su uso, tomando por esto cuanto encontraron en el convento y en su celda, si bien los religiosos se habían prevenido tomando con anticipación los recuerdos más importantes del Beato. No bien comenzó a rayar el día, el superior se vio obligado a hacer que bajasen el santo cuerpo a la iglesia, porque la multitud de mujeres de toda clase y condición que habían concurrido amenazaban con hacer alguna violencia para entrar en la clausura. Aquella mañana se despoblaron no solamente la ciudad de Gandía, sino también los pueblos circunvecinos y aun remotos, que concurrían en tropel para venerar y pedir gracias al difunto siervo del Señor. El Duque de Gandía mandó que acudiese uno de los más insignes pintores de aquel siglo, el padre Nicolás Borrás, religioso del célebre Monasterio de San Jerónimo de Gandía, discípulo de Juan de Juanes, que en su misma presencia sacó un bellísimo retrato de fray Andrés. Fue necesario vestirle algunas veces de nuevo porque, cortándole a pedazos con rara industria el hábito, lo dejaban muy presto casi desnudo. Fue forzoso tenerle expuesto tres días continuos, porque los favores y milagros que obraba incesantemente acrecentaban siempre más y más el concurso de los pueblos.


Fue universal la opinión de santidad que se tenía de fray Andrés Hibernón, ya en vida y sobre todo después de muerto. Basten aquí dos testimonios.


Su gran amigo, hermano y compañero, San Pascual Bailón, tenía en tal aprecio y concepto la santidad del hermano Andrés, que llegó a asegurar que era uno de los varones más perfectos que tenía en su tiempo la Iglesia. Aunque San Pascual Bailón tomó el hábito de Descalzo un año después que nuestro Beato, con todo, San Pascual le precedió once años en la muerte; y poco antes de morir, como despidiéndose del Beato, le dijo: «¡Ah, fray Andrés, y cuánto envidio vuestra vida! ¡Y cuánto deseara también poseer vuestras virtudes y tener vuestros méritos delante del Señor, que ya me llama a la eternidad para darle cuenta de mi vida tibia y negligente!». A lo cual respondió con admirable suavidad y dulzura: «¡Ah, fray Pascual, fray Pascual! Cuánto antes que por mí tocaran las campanas en gloria de vuestra caridad. Acuérdese de mí cerca del Señor en la otra vida, en donde están preparados los frutos y la recompensa de sus fatigas, que muy presto irá a gozar».


El entonces Arzobispo de Valencia, hoy San Juan de Ribera, le hacía ir con frecuencia desde Gandía a su palacio de Valencia para su consuelo y edificación espiritual, sirviéndose de su don de consejo en importantes negocios de su diócesis.


El cuerpo de fray Andrés fue colocado reverentemente en un arca de ciprés, forrada de tafetán blanco, y depositado en lugar decente de la iglesia del convento de San Roque de Gandía, mientras se arreglaba la Capilla de la Purísima Concepción, en dicha iglesia. Terminadas las obras de esta capilla, se trasladó a la misma el cuerpo del venerable religioso colocando el féretro dentro de un sepulcro que quedaba honoríficamente elevado del suelo. Todos los días se veía visitado su sepulcro de grandes concursos de los pueblos circunvecinos y aun de los forasteros que recurrían a su patrocinio o a darle las debidas gracias por los beneficios que liberalmente les dispensaba. Ocurrió por entonces que la Santa Sede dio un decreto que prohibía el culto público a los Siervos de Dios que fueran promovidos a la beatificación y canonización, debiendo constar en los Procesos que los tales Siervos de Dios estaban sepultados en lugar en que no podían tener pública veneración. Esto hizo que los religiosos de San Roque de Gandía se vieran obligados a soterrar el cuerpo de su venerable hermano Andrés Hibernón, retirando el sepulcro honorífico que le habían hecho, quitando al mismo tiempo todas las insignias, votos y presentallas. Este hecho no entibió ni disminuyó la devoción que se le profesaba, por los muchos favores que recibían los fieles por su intercesión.


Se abrió el Proceso de beatificación y canonización, por parte de los superiores de la Provincia descalza de San Juan Bautista de Valencia, con intervención del Arzobispo de Valencia y de los obispos de Cartagena y de Orihuela. El año 1624 se introdujo la causa en Roma.


Por aquel entonces la Provincia Descalza de San Juan Bautista de Valencia estaba empeñada en la causa de la canonización de otro santo suyo, el Siervo de Dios fray Pascual Bailón. Los gastos extraordinarios que acarrean estas Causas hizo que, con gran desencanto por parte de muchos, se tuviera que paralizar la del Siervo de Dios fray Andrés Hibernón, prolongándose luego la demora por espacio de más de cien años. Esto vino a confirmar la profética conversación que tuvieron, en vida, los dos santos amigos y hermanos en religión: cierto día dijo fray Andrés a fray Pascual que mucho tiempo antes tocarían las campanas por fray Pascual que por él. San Pascual fue canonizado el año 1690. Fray Andrés fue beatificado solemnemente por el papa Pío VI el 22 de mayo de 1791.


Su cuerpo incorrupto desapareció en la Guerra Civil española. Localizados sus restos, se llevaron a Alcantarilla siendo trasladados con posterioridad a la catedral de Murcia donde se veneran.



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Martirologio Romano: En Madrid, en España, beata María Ana de Jesús Navarro de Guevara, virgen, la cual, después de superar la oposición de su padre, recibió el hábito de la Orden de Nuestra Señora de la Merced, dedicándose a la vida de oración, penitencia y ayuda a pobres y afligidos.

( 1624)

Etimológicamente: Mariana = Aquella consagrada a la virgen María, es de origen latino.


Fecha de beatificación: 25 de mayo de 1784 por el Papa Pío VI.



La extática y maravillosa virgen Maria Ana de Jesús, nació en Madrid el 21 de enero de 1565, de muy noble e ilustre linaje. Su padre Luis Navarro Ladrón de Guevara servia en la corte del rey don Felipe III.

Cuando llevaban en brazos a la iglesia aquella santa niña, notaban que al tiempo de alzar la Hostia y el Cáliz se que daba arrobada; y cuando apenas sabía andar por sus pies, buscaba algún lugar recogido de su casa; y allí la veían puesta en oración delante de una imagen de nuestro Señor crucificado, bañados los ojos en lágrimas o cercado su rostro de resplandores.


Gozaba de la presencia visible de su Ángel custodio; y platicaba de la beatísima Trinidad, de la Encarnación del Verbo, y de la adorable Eucaristía, que son los más inefables Misterios de nuestra divina Religión, como de cosas que más parecía entenderlas que creerlas.


Recibió la primera comunión en edad muy temprana, y cada vez que tomaba el Pan de los ángeles, parecía transformarse en un ángel que gozaba de Dios. Mas, ¿quién no se espantará ahora de las durísimas pruebas por que hubo de pasar esta alma angelical?.


Muy presto tuvo en lugar de madre una madrastra de condición asperísima, que la afligía sobremanera, y no le iba el padre a la mano tanto como debiera, especialmente cuando la santa doncella hizo voto de perpetua virginidad, contra la voluntad del padre que quería casarla.


Era ella, de gentil disposición y muy hermosa. Se cortó un día con las tijeras la rubia cabellera, pensando que así se entibiaría el amor del que la pretendiera por esposa. Entonces fue cuando su padre y su madrastra salieron de sí y cargaron sobre ella una tempestad de injurias y golpes, con tanto enojo y crueldad, como si fueran verdugos de su hija mártir. Cuando cesaron los malos tratos, Dios permitió que su sierva se viese todo los instantes del día fieramente atormentada por torpísimas imaginaciones y tentaciones las cuales le duraron once años, y a todo esto se añadían penosísimas enfermedades y agudísimos dolores, que acrisolaron como el oro su invencible paciencia.


Dejó al fin la casa de sus padres, y con la aprobación del venerable Fray Juan Bautista, que era su confesor, y fue el fundador de los Mercedarios descalzos, se labró una celdilla junto a la ermita de santa Bárbara, y recibió después el hábito de nuestra Señora de la Merced de manos del Maestro general de la orden: y en aquella pobrísima casa la visitaban hasta los príncipes, porque era muy grande la fama de sus arrobamientos, milagros y profecías.


Finalmente, después de una vida llena de trabajos y celestiales consuelos, en un éxtasis suavísimo entregó su alma al Señor a los cincuenta y nueve años de su edad. Era el 17 de abril de 1624.



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Tercer abad de Cîster


En el actual Martirologio Romano su celebración es el 28 de marzo


Martirologio Romano: En el monasterio de Cister, en Borgoña (hoy Francia), san Esteban Harding, abad, que junto con otros monjes vino de Molesmes y, más tarde, estuvo al frente de este célebre cenobio, donde instituyó a los hermanos conversos, recibió a san Bernardo con treinta compañeros y fundó doce monasterios, que unió con el vínculo de la Carta de Caridad, para que no hubiese discordia alguna entre ellos, sino que los monjes actuasen con unidad de amor, de Regla y con costumbres similares (1134).

Etimológicamente: Esteban = Aquel que es laureado y victorioso, es de origen griego.



Nació en Sherborne en Dorsetshire, Inglaterra, a mediados del siglo XI; murió el 28 de Marzo de 1134.

Recibió su primera educación en el monasterio de Sherborne y más tarde estudió en París y Roma. Al regreso de esta última ciudad, se detuvo en el monasterio de Molesme y, quedó tan impresionado de la santidad de Roberto, el abad, que decidió unirse a esa comunidad. Aquí practicó grandes austeridades, llegó a ser uno de los principales partidarios de San Roberto y fue uno de los veintiún monjes que, por la autoridad de Hugo, arzobispo de Lyons, se retiró a Cîteaux para instituir una reforma en la nueva fundación en ese lugar.


Cuando San Roberto fue llamado nuevamente a Molesme (1099), Esteban llegó a ser prior de Cîteaux bajo Alberico, el nuevo abad. A la muerte de Alberico (1110), Esteban, que estaba ausente del monasterio en ese momento, fue electo abad. El número de monjes se había reducido mucho, dado que no habían ingresado nuevos miembros para reemplazar a los que habían fallecido.


Esteban, sin embargo, insistió en retener la estricta observancia instituida originalmente y, habiendo ofendido al Duque de Borgoña, gran promotor de Cîteaux, al prohibir a él y a su familia penetrar al claustro, se vio incluso forzado a pedir limosna de puerta en puerta.


Parecía que la fundación estaba condenada a morir cuando (1112) San Bernardo, con treinta compañeros, se unió a la comunidad. Esto resultó ser el inicio de una extraordinaria prosperidad. Al año siguiente Esteban fundó su primera colonia en La Ferté, y hasta antes de su muerte había establecido un total de trece monasterios.


Sus talentos como organizador eran excepcionales, instituyó el sistema de capítulos generales y visitas regulares para asegurar la uniformidad en todas sus fundaciones, redactó la famosa “Constitución o Carta dela Caridad”, una colección de estatutos para el gobierno de todos los monasterios unidos a Cîteaux, que fue aprobada por el Papa Calixto II en 1119.


En 1133 Esteban, ahora anciano, enfermo y casi ciego, renunció al puesto de abad, designando como su sucesor a Roberto de Monte, quién fue consecuentemente electo por los monjes. La elección del santo, sin embargo, resultó desafortunada y el nuevo abad retuvo el puesto sólo dos años.


Además de la “Constitución de la Caridad”, comúnmente se le atribuye la autoría del “Exordium Cisterciencis Cenobii” que, sin embargo, pudiera no ser suyo. Se conservan dos de sus sermones y también dos cartas (Nº 45 y 49) en el “Epp. S. Bernardi”.


Esteban fue sepultado en la tumba e Alberico, su predecesor, en el claustro de Cîteaux. La celebración de San Esteban ha sido movida de fecha con el tiempo, del 17 de abril al 16 de julio, luego al 26 de enero, fiesta de los santos Fundadores de la Orden Cisterciense: San Roberto, el beato Alberico y san Esteban. Finalmente, la reciente edición del "Martiriologio romano" muestra su celebración el 28 marzo, como ocasión del día de su muerte.



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Martirologio Romano: En Pisa, de la Toscana, beata Clara Gambacorti, que, al perder aún muy joven a su esposo, aconsejada por santa Catalina de Siena fundó el monasterio de santo Domingo bajo una austera Regla y dirigió con prudencia y caridad a las hermanas, distinguiéndose por haber perdonado al asesino de su padre y de sus hermanos. ( 1419)

Etimológicamente: Clara = Aquella que esta limpia de pecado, es de origen latino.


Fecha de beatificación: Su culto fue confirmado en 1830 por el Papa Pío VIII.



La Beata Clara era hija de Pedro Gambacorti (o Gambacorta), quien llegó a ser prácticamente al amo de la República de Pisa.

Clara nació en 1362; su hermano, el Beato Pedro de Pisa, era siete años mayor que ella. Pensando en el futuro de su hijita, a la que la familia llamaba Dora, apócope de Teodora, su padre la comprometió a casarse con Simón de Massa, quien era un rico heredero, aunque la niña sólo tenía siete años. No obstante su corta edad, Dora solía quitarse, durante la misa, el anillo de esponsales y murmuraba: "Señor, Tú sabes que el único amor que yo quiero es el tuyo".


Cuando sus padres la enviaron, a los doce años de edad, a la casa de su esposo, ya había empezado la joven su vida de mortificación. Su suegra se mostró amable con ella; pero, cuando advirtió que era demasiado generosa con los pobres, le prohibió la entrada en la despensa de la casa.


Deseosa de practicar de algún modo la caridad, Dora se unió a un grupo de señoras que asistían a los enfermos y tomó a su cargo a una pobre mujer cancerosa. La vida de matrimonio de Dora duró muy poco tiempo; tanto ella como su esposo fueron víctimas de una epidemia, en la que su marido perdió la vida.


Como la beata era todavía muy joven, sus parientes intentaron casarla de nuevo, pero ella se opuso con toda la energía de sus quince años.


Una carta de Santa Catalina de Siena, a quien había conocido en Pisa, la animó en su resolución.


Dora se cortó los cabellos y distribuyó entre los pobres sus ricos vestidos, cosa que provocó la indignación de su suegra y de sus cuñadas. Después, con la ayuda de una de sus criadas, se las arregló para tramitar en secreto su entrada en la Orden de las Clarisas Pobres.


Cuando todo estuvo a punto, huyó de su casa al convento, donde recibió inmediatamente el hábito y tomó el nombre de Clara. Al día siguiente, sus hermanos se presentaron en el convento a buscarla; las religiosas, muy asustadas, la descolgaron por el muro hasta los brazos de sus hermanos, los cuales la condujeron a su casa.


Ahí estuvo Clara prisionera durante seis meses, pero ni el hambre, ni las amenazas consiguieron hacerla cambiar la resolución. Finalmente, Pedro Gambacorti se dio por vencido y no sólo permitió a su hija ingresar en el convento dominicano de la Santa Cruz, sino que prometió construir un nuevo convento.


Ahí conoció Clara a María Mancini, que era también viuda e iba a alcanzar un día el honor de los altares. Los escritos de Santa Catalina de Siena ejercieron profunda influencia en las dos religiosas, las cuales, en el nuevo convento, fundado por Gambacorti en 1382, consiguieron establecer la regla en todo el fervor de la primitiva observancia.


La Beata Clara fue primero subpriora y luego priora del convento, del que partieron en lo sucesivo muchas de las santas religiosas destinadas a difundir el movimiento de reforma en otras ciudades de Italia. Hasta el día de hoy, se llama en Italia a las religiosas de clausura de Santo Domingo "Las hermanas de Pisa". En el convento de la beata reinaban la oración, el trabajo manual y el estudio.


El director espiritual de Clara solía repetir a las religiosas: "No olvidéis nunca que en nuestra orden hay muy pocos santos que no hayan sido también sabios"


Clara tuvo que hacer frente, durante toda su vida, a las dificultades económicas, pues el convento exigía constantemente alteraciones y nuevos edificios. A pesar de ello, en una ocasión en que llegó a sus manos una cuantiosa suma que hubiese podido emplear en el convento, prefirió regalar para la fundación de un hospital.


Pero las virtudes en que más se distinguió fueron, sin duda, el sentido del deber y el espíritu de perdón, que practicó en grado heroico. Giacomo Appiano, a quien Gambacorti había ayudado siempre y en quien había puesto toda su confianza, le asesinó a traición, cuando éste se esforzaba por mantener la paz en la ciudad. Dos de sus hijos murieron también a manos de los partidarios del traidor. Otro de los hermanos de Clara, que consiguió escapar, llegó a pedir refugio en el convento de la beata, seguido de cerca por el enemigo; pero Clara, consciente de que su primer deber consistía en proteger a sus hijas contra la turba, se negó a introducirle en la clausura. Su hermano murió asesinado frente a la puerta del convento, y la impresión hizo que Clara enfermase gravemente.


Sin embargo, la beata perdonó tan de corazón a Appiano, que le pidió que le enviase un plato a su mesa para sellar el perdón, compartiendo su comida. Años más tarde, cuando la viuda y las hijas de Appiano se hallaban en la miseria, Clara las recibió en el convento.


La beata sufrió mucho hacia el fin de su vida. Recostada en su lecho de muerte, con los brazos extendidos, murmuraba: "Jesús mío, heme aquí en la cruz". Poco antes de morir, una radiante sonrisa iluminó su rostro, y la beata bendijo a sus hijas presentes y ausentes. Tenía, al morir, cincuenta y siete años. Era el 17 de abril de 1420.



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Santos Pedro y Hermógenes, mártires

En Melitene, en Armenia, santos mártires Pedro, diácono, y Hermógenes, su coadjutor (c. s. IV).

San Inocencio, obispo

En Tortona, de la Liguria, san Inocencio, obispo (s. IV).


San Pantagato, obispo

En Vienne, en Burgundia, san Pantagato, obispo (540).


Santos Donnan, abad, junto con cincuenta y dos monjes, monjes y mártires

En la isla de Eigg, en las Hébridas interiores, frente a Escocia, san Donnan, abad, junto con cincuenta y dos monjes, que durante las celebraciones pascuales fueron degollados o quemados por unos piratas (617).


Beato Jacobo de Cerqueto, monje eremita presbítero

En Perugia, de la Umbría, beato Jacobo de Cerqueto, presbítero de la Orden de los Eremitas de San Agustín, que dio ejemplo asumiendo con alegría la enfermedad que le aquejaba (1367).



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Martirologio Romano: En el monasterio de Chaise-Dieu, de la Alvernia, en Francia, san Roberto, abad, que, habiéndose retirado a este lugar para vivir como solitario, se le juntaron muchos hermanos, y con su predicación y ejemplo de vida reunió a un buen número de ellos . ( 1067)

También es conocido como: San Roberto de Turlande.


Etimológicamente: Roberto = Aquel que brilla por su fama, es de origen germánico.


Fecha de canonización: En el año 1351 por el Papa Clemente VI, antiguo abad de La-Chaise-Dieu, rubrica la canonización.



Fundador de la Abadía de Chaise-Dieu en Alvernia; nacio en Aurilac, Auvergne, aproximadamente en el año 1000; murió en Auvergne, en 1067.

Por el lado de ascendencia de su padre, perteneció a la familia de los Condes de Aurilac, de quienes se había originado San Geraud.


Estudió en Brioude cerca de la basílica de San Julián, en una escuela abierta para la nobleza de Auvergne, establecida por los cánones de la ciudad. Habiendo entrado en la comunidad, y habiendo sido ordenado sacerdote, Roberto se distinguió por su piedad, caridad, celo apostólico, elocuentes discursos y el don de los milagros. Durante cerca de cuarenta años, permaneció en Cluny para vivir bajo la norma de su compatriota también santo, Abbé Odilo.


Fue forzado a regresar a Brioude, y allí empezó un nuevo proyecto, para lo cual fue a Roma, para consultar con el Papa. Benedicto IX le animó a retirarse junto con dos compañeros al valle boscoso del sureste de Auvergne. Allí construyó una ermita, bajo el nombre de Chaise-Die (Casa de Dios).


Tuvo mucho renombre en sus virtudes y atrajo a un gran número de discípulos, fue obligado entonces a construir un monasterio, el cual fue colocado bajo la norma de San Benedicto (1050).


León IX construyó la Abadía de Chaise-Dieu, el cual llegó a ser uno de los emblemas del floreciente cristianismo.


A la muerte de Roberto, el 17 de abril de 1067, se tenían unos 300 monjes y se habían enviado multitudes al centro de Francia. Roberto también fundó una comunidad para mujeres en Lavadieu cerca de Brioude.


Por medio de la elevación del monje de Chaise-Dieu, Pierre Roger, al solio pontificio, bajo el nombre de Clemente IV, la abadía alcanzó el pináculo de su gloria.


El cuerpo de San Roberto se preservaba allí, fue quemado por los hugonotes durante las guerras religiosas. Su trabajo fue destruido por la Revolución Francesa, pero hay restos que quedan para admiración de los turistas, tales como la iglesia devastada, la tumba de Clemente VI, y la torre clementina.



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El Domingo de Ramos abre solemnemente la Semana Santa, con el recuerdo de las Palmas y de la pasión, de la entrada de Jesús en Jerusalén y la liturgia de la palabra que evoca la Pasión del Señor en el Evangelio de San Marcos.

En este día, se entrecruzan las dos tradiciones litúrgicas que han dado origen a esta celebración: la alegre, multitudinaria, festiva liturgia de la iglesia madre de la ciudad santa, que se convierte en mimesis, imitación de los que Jesús hizo en Jerusalén, y la austera memoria - anamnesis - de la pasión que marcaba la liturgia de Roma. Liturgia de Jerusalén y de Roma, juntas en nuestra celebración. Con una evocación que no puede dejar de ser actualizada.


Vamos con el pensamiento a Jerusalén, subimos al Monte de los olivos para recalar en la capilla de Betfagé, que nos recuerda el gesto de Jesús, gesto profético, que entra como Rey pacífico, Mesías aclamado primero y condenado después, para cumplir en todo las profecías. .


Por un momento la gente revivió la esperanza de tener ya consigo, de forma abierta y sin subterfugios aquel que venía en el nombre del Señor. Al menos así lo entendieron los más sencillos, los discípulos y gente que acompañó a Jesús, como un Rey.


San Lucas no habla de olivos ni palmas, sino de gente que iba alfombrando el camino con sus vestidos, como se recibe a un Rey, gente que gritaba: "Bendito el que viene como Rey en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en lo alto".


Palabras con una extraña evocación de las mismas que anunciaron el nacimiento del Señor en Belén a los más humildes. Jerusalén, desde el siglo IV, en el esplendor de su vida litúrgica celebraba este momento con una procesión multitudinaria. Y la cosa gustó tanto a los peregrinos que occidente dejó plasmada en esta procesión de ramos una de las más bellas celebraciones de la Semana Santa.


Con la liturgia de Roma, por otro lado, entramos en la Pasión y anticipamos la proclamación del misterio, con un gran contraste entre el camino triunfante del Cristo del Domingo de Ramos y el Viacrucis de los días santos.


Sin embargo, son las últimas palabras de Jesús en el madero la nueva semilla que debe empujar el remo evangelizador de la Iglesia en el mundo.


"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Este es el evangelio, esta la nueva noticia, el contenido de la nueva evangelización. Desde una paradoja este mundo que parece tan autónomo, necesita que se le anuncie el misterio de la debilidad de nuestro Dios en la que se demuestra el culmen de su amor. Como lo anunciaron los primeros cristianos con estas narraciones largas y detallistas de la pasión de Jesús.


Era el anuncio del amor de un Dios que baja con nosotros hasta el abismo de lo que no tiene sentido, del pecado y de la muerte, del absurdo grito de Jesús en su abandono y en su confianza extrema. Era un anuncio al mundo pagano tanto más realista cuanto con él se podía medir la fuerza de la Resurrección.


La liturgia de las palmas anticipa en este domingo, llamado pascua florida, el triunfo de la resurrección; mientras que la lectura de la Pasión nos invita a entrar conscientemente en la Semana Santa de la Pasión gloriosa y amorosa de Cristo el Señor.


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