02/25/14

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Martirologio Romano: Conmemoración de san Alejandro, obispo, anciano célebre por el celo de su fe, que fue elegido para la sede alejandrina como sucesor de san Pedro y rechazó la nefasta herejía de su presbítero Arrio, que se había apartado de la comunión de la Iglesia. Junto con trescientos dieciocho Padres participó en el primer Concilio de Nicea, que condenó tal error (326)

Etimológicamente: Alejandro = Aquel que protege a los hombres. Viene de la lengua griega.



San Alejandro, patriarca de Alejandría, tiene una especial significación en la historia de la Iglesia a principios del siglo IV, por haber sido el primero en descubrir y condenar la herejía de Arrio y haber iniciado la campaña contra esta herejía, que tanto preocupó a la Iglesia durante aquel siglo. A él cabe también la gloria de haber formado y asociado en el gobierno de la Iglesia alejandrina a San Atanasio, preparándose de este modo un digno sucesor, que debía ser el portavoz de la ortodoxia católica en las luchas contra el arrianismo.

Nacido Alejandro hacia el año 250, ya durante el gobierno de Pedro de Alejandría se distinguió de un modo especial en aquella Iglesia. Los pocos datos que poseemos sobre sus primeras actividades nos han sido transmitidos por los historiadores Sócrates, Sozomeno y Teodoreto de Ciro, a los que debemos añadir la interesante información de San Atanasio. Así, pues, en general, podemos afirmar que las fuentes son relativamente seguras.


El primer rasgo de su vida, en el que convienen todos los historiadores, nos lo presenta como un hombre de carácter dulce y afable, lleno siempre de un entrañable amor y caridad para con sus hermanos y en particular para con los pobres. Esta caridad, unida con un espíritu de conciliaci6n, tan conforme con los rasgos característicos de la primitiva Iglesia, proyectan una luz muy especial sobre la figura de San Alejandro de Alejandría, que conviene tener muy presente en medio de las persistentes luchas que tuvo que mantener más tarde contra la herejía; pues, viéndolo envuelto en las más duras batallas contra el arrianismo, pudiera creerse que era de carácter belicoso, intransigente y acometedor. En realidad, San Alejandro era, por inclinación natural, todo lo contrario; pero poseía juntamente una profunda estima y un claro conocimiento de la verdadera ortodoxia, unidos con un abrasado celo por la gloria de Dios y la defensa de la Iglesia, lo cual lo obligaba a sobreponerse constantemente a su carácter afable, bondadoso y caritativo, y a emprender las más duras batallas contra la herejía.


De este espíritu de caridad y conciliación, que constituyen la base fundamental de su carácter, dio bien pronto claras pruebas en su primer encuentro con Arrio. Este comenzó a manifestar su espíritu inquieto y rebelde, afiliándose al partido de los melecianos, constituido por los partidarios del obispo Melecio de Lycópolis, que mantenía un verdadero cisma frente al legítimo obispo Pedro de Alejandría. Por este motivo Arrio había sido arrojado por su obispo de la diócesis de Alejandría. Alejandro, pues, se interpuso con todo el peso de su autoridad y prestigio, y obtuvo, no sólo su readmisión en la diócesis, sino su ordenación sacerdotal por Aquillas, sucesor de Pedro en la sede de Alejandría.


Muerto, pues, prematuramente Aquillas el año 313, sucedióle el mismo Alejandro, y por cierto son curiosas algunas circunstancias que sobre esta elección nos transmiten sus biógrafos. Filostorgo asegura que Arrio, al frente entonces de la iglesia de Baucalis, apoyó decididamente esta elección, lo cual se hace muy verosímil si tenemos presente la conducta observada con él por Alejandro. Mas, por otra parte, Teodoreto atestigua que Arrio había presentado su propia candidatura a Alejandría frente a Alejandro, y que, precisamente por haber sido éste preferido, concibió desde entonces contra él una verdadera aversión y una marcada enemistad.


Sea de eso lo que se quiera, Arrio mantuvo durante los primeros años las más cordiales relaciones con su obispo, el nuevo patriarca de Alejandría, San Alejandro. Este desarrolló entre tanto una intensa labor apostólica y caritativa en consonancia con sus inclinaciones naturales y con su carácter afable y bondadoso. Uno de los rasgos que hacen resaltar los historiadores en esta etapa de su vida, es su predilección por los cristianos que se retiraban del mundo y se entregaban al servicio de Dios en la soledad. Precisamente en este tiempo comenzaban a poblarse los desiertos de Egipto de aquellos anacoretas que, siguiendo los ejemplos de San Pablo, primer ermitaño, de San Antonio y otros maestros de la vida solitaria, daban el más sublime ejemplo de la perfecta entrega y consagración a Dios. Estimando, pues, en su justo valor la virtud de algunos entre ellos, púsoles al frente de algunas iglesias, y atestiguan sus biógrafos que fue feliz en la elección de estos prelados.


Por otra parte se refiere que hizo levantar la iglesia dedicada a San Teonás, que fue la más grandiosa de las construidas hasta entonces en Alejandría. Al mismo tiempo consiguió mantener la paz y tranquilidad de las iglesias del Egipto, a pesar de la oposición que ofrecieron algunos en la cuestión sobre el día de la celebración de la Pascua y, sobre todo, de las dificultades promovidas por los melecianos, que persistían en el cisma, negando la obediencia al obispo legítimo. Pero lo más digno de notarse es su intervención en la cuestión ocasionada por Atanasio en sus primeros años. En efecto, niño todavía, había procedido Atanasio a bautizar a algunos de sus camaradas, dando origen a la discusión sobre la validez de este bautismo. San Alejandro resolvió favorablemente la controversia, constituyéndose desde entonces en protector y promoviendo la esmerada formación de aquel niño, que debía ser su sucesor y el paladín de la causa católica.


Pero la verdadera significación de San Alejandro de Alejandría fue su acertada intervención en todo el asunto de Arrio y del arrianismo, y su decidida defensa de la ortodoxia católica. En efecto, ya antes del año 318, comenzó a manifestar Arrio una marcada oposición al patriarca Alejandro de Alejandría. Esta se vio de un modo especial en la doctrina, pues mientras Alejandro insistía claramente en la divinidad del Hijo y su igualdad perfecta con el Padre, Arrio comenzó a esparcir la doctrina de que no existe más que un solo Dios, que es el Padre, eterno, perfectísimo e inmutable, y, por consiguiente, el Hijo o el Verbo no es eterno, sino que tiene principio, ni es de la misma naturaleza del Padre, sino pura criatura. La tendencia general era rebajar la significación del Verbo, al que se concebía como inferior y subordinado al Padre. Es lo que se designaba como subordinacianismo, verdadero racionalismo, que trataba de evitar el misterio de la Trinidad y de la distinción de personas divinas. Mas, por otra parte, como los racionalistas modernos, para evitar el escándalo de los simples fieles, ponderaban las excelencias del Verbo, si bien éstas no lo elevaban más allá del nivel de pura criatura.


En un principio, Atrio esparció estas ideas con la mayor reserva y solamente entre los círculos más íntimos. Mas como encontrara buena acogida en muchos elementos procedentes del paganismo, acostumbrados a la idea del Dios supremo y los dioses subordinados, e incluso en algunos círculos cristianos, a quienes les parecía la mejor manera de impugnar el mayor enemigo de entonces, que era el sabelianismo, procedió ya con menos cuidado y fue conquistando muchos adeptos entre los clérigos y laicos de Alejandría y otras diócesis de Egipto. Bien pronto, pues, se dio cuenta el patriarca Alejandro de la nueva herejía e inmediatamente se hizo cargo de sus gravísimas consecuencias en la doctrina cristiana, pues si se negaba la divinidad del Hijo, se destruía el valor infinito de la Redención. Por esto reconoció inmediatamente como su deber sagrado el parar los pasos a tan destructora doctrina. Para ello tuvo, ante todo, conversaciones privadas con Arrio; dirigióle paternales amonestaciones, tan conformes con su propio carácter conciliador y caritativo; en una palabra, probó toda clase de medios para convencer a buenas a Arrio de la falsedad de su concepción.


Mas todo fue inútil. Arrio no sólo no se convencía de su error, sino que continuaba con más descaro su propaganda, haciendo cada día más adeptos, sobre todo entre los clérigos. Entonces, pues, juzgó San Alejandro necesario proceder con rigor contra el obstinado hereje, sin guardar ya el secreto de la persona. Así, reunió un sínodo en Alejandría el año, 320, en el que tomaron parte un centenar de obispos, e invitó a Arrio a presentarse y dar cuenta de sus nuevas ideas. Presentóse él, en efecto, ante el sínodo, y propuso claramente su concepción, por lo cual fue condenado por unanimidad por toda la asamblea.


Tal fue el primer acto solemne realizado por San Alejandro contra Arrio y su doctrina. En unión con los cien obispos de Egipto y de Libia lanzó el anatema contra el arrianismo. Pero Arrio, lejos de someterse, salió de Egipto y se dirigió a Palestina y luego a Nicomedia, donde trató de denigrar a Alejandro de Alejandría y presentarse a si mismo como inocente perseguido. Al mismo tiempo propagó con el mayor disimulo sus ideas e hizo notables conquistas, particularmente la de Eusebio de Nicomedia.


Entre tanto, continuaba San Alejandro la iniciada campaña contra el arrianismo. Aunque de natural suave, caritativo, paternal y amigo de conciliación, viendo, la pertinacia del hereje y el gran peligro de su ideología, sintió arder en su interior el fuego del celo por la defensa de la verdad y de la responsabilidad que sobre él recaía, y continuó luchando con toda decisión y sin arredrarse por ninguna clase de dificultades. Escribió, pues, entonces algunas cartas, de las que se nos han conservado dos, de las que se deduce el verdadero carácter de este gran obispo, por un lado lleno de dulzura y suavidad, mas por otro, firme y decidido en defensa de la verdadera fe cristiana.


Por su parte, Arrio y sus adeptos continuaron insistiendo cada vez más en su propaganda. Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea trabajaban en su favor en la corte de Constantino. Se trataba de restablecer a Arrio en Alejandría y hacer retirar el anatema lanzado contra él. Pero San Alejandro, consciente de su responsabilidad, ponía como condición indispensable la retractación pública de su doctrina, y entonces fue cuando compuso una excelente síntesis de la herejía arriana, donde aparece ésta con todas sus fatales consecuencias.


Por su parte, el emperador Constantino, influido sin duda por los dos Eusebios, inició su intervención directa en la controversia. Ante todo, envió sendas cartas a Arrio y a Alejandro, donde, en la suposición de que se trataba de cuestiones de palabras y deseando a todo trance la unión religiosa, los exhortaba a renunciar cada uno a sus puntos de vista en bien de la paz. El gran obispo Osio de Córdoba, confesor de la fe y consejero religioso de Constantino, fue el encargado de entregar la carta a San Alejandro y juntamente de procurar la paz entre los diversos partidos. Entre tanto Arrio había vuelto a Egipto, donde difundía ocultamente sus ideas y por medio de cantos populares y, sobre todo, con el célebre poema Thalia trataba de extenderlas entre el pueblo cristiano.


Llegado, pues, Osio a Egipto, tan pronto como se puso en contacto con el patriarca Alejandro y conoció la realidad de las cosas, se convenció rápidamente de la inutilidad de todos sus esfuerzos. Así se confirmó plenamente en un concilio celebrado por él en Alejandría. Sólo con un concilio universal o ecuménico se podía poner término a tan violenta situación. Vuelto, pues, a Nicomedia, donde se hallaba el emperador Constantino, aconsejóle decididamente esta solución. Lo mismo le propuso el patriarca Alejandro de Alejandría. Tal fue la verdadera génesis del primer concilio ecuménico, reunido en Nicea el año 325.


No obstante su avanzada edad y los efectos que había producido en su cuerpo tan continua y enconada lucha, San Alejandro acudió al concilio de Nicea acompañado de su secretario, el diácono San Atanasio. Desde un principio fue hecho objeto de los mayores elogios de parte de Constantino y de la mayor parte de los obispos, ya que él era quien había descubierto el virus de aquella herejía y aparecía ante todos como el héroe de la causa por Dios. Como tal tuvo la mayor satisfacción al ver condenada solemnemente la herejía arriana en aquel concilio, que representaba a toda la Iglesia y estaba presidido por los legados del Papa.


Vuelto San Alejandro a su sede de Alejandría, sacando fuerzas de flaqueza, trabajó lo indecible durante el año siguiente en remediar los daños causados por la herejía. Su misión en este mundo podía darse por cumplida. Como pastor, colocado por Dios en una de las sedes más importantes de la Iglesia, había derrochado en ella los tesoros de su caridad y de la más delicada solicitud pastoral, y habiendo descubierto la más solapada y perniciosa herejía, la había condenado en su diócesis y había conseguido fuera condenada solemnemente por toda la Iglesia en Nicea. Es cierto que la lucha entre la ortodoxia y arrianismo no terminó con la decisión de este concilio, sino que continuó cada vez más intensa durante gran parte del siglo IV. Pero San Alejandro había desempeñado bien su papel y dejaba tras sí a su sucesor en la misma sede de Alejandría, San Atanasio, quien recogía plenamente su herencia de adalid de la causa católica.


Según todos los indicios, murió San Alejandro el año 326, probablemente el 26 de febrero, si bien otros indican el 17 de abril. En Oriente su nombre fue pronto incluido en el martirologio. En el Occidente no lo fue hasta el siglo IX.



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Martirologio Romano: En Gaza, en Palestina, san Porfirio, obispo, el cual, nacido en Tesalónica, vivió como anacoreta en Scete durante cinco años, y otros tantos al otro lado del Jordán, siendo célebre por su benignidad hacia los pobres. Hecho obispo de Gaza, hizo demoler muchos templos de ídolos, cuyos seguidores le hicieron la vida difícil hasta que descansó venerable con los santos (420).

Etimológicamente: Porfirio = Aquel que se viste de púrpura. Viene de la lengua griega.



San Porfirio nació en Tesalónica (aquella ciudad a la cual San Pablo escribió sus dos cartas a los tesalonicenses). Tesalónica queda en Macedonia, y Macedonia está situada al norte de Grecia.

A los 25 años dejó su ciudad y su familia y se fue de monje a Egipto a rezar y meditar y hacer penitencia.


Cinco años más tarde pasó a Palestina y se fue a vivir a una cueva cerca del río Jordán. Pero allí la humedad lo hizo enfermar de reumatismo y cinco años después se fue a vivir a Jerusalén. En esta ciudad cada día visitaba el Santo Sepulcro, el Huerto de los Olivos, la Casa de la Ultima Cena y los demás santos lugares donde estuvo Nuestro Señor. Su reumatismo lo hacía caminar muy despacio y con grandes dolores y apoyado en un bastón. Sin embargo ningún día dejaba de ir a los Santos Lugares y Comulgar.


En aquellos tiempos llegó a Jerusalén un cristiano llamado Marcos, el cual se quedó admirado de que este hombre tan enfermo y con tan grandes dolores reumáticos no dejaba ningún día visitar los Santos Lugares para dedicarse allí a rezar y a meditar. Un día al ver que el santo sufría tanto al subir las escalinatas del templo, Marcos se ofreció para ayudarle pero Porfirio se negó a aceptar su ayuda diciéndole: "No está bien que habiendo venido yo aquí a expiar mis pecados sufriendo y rezando, me deje ayudar de ti para disminuir mis dolores. Déjame sufrir un poco, que lo necesito para pagarle a Dios mis muchos pecados". Marcos lo admiró más desde ese día y en adelante fue su compañero, su amigo y el que escribió después la biografía de este santo.


Lo único que le preocupaba a Porfirio era que no había vendido la herencia que sus padres le habían dejado en su patria, la cual quería repartir entre los pobres. Confió esta misión a Marcos, que partió rumbo a Tesalónica y a los tres meses volvió con el dinero de la venta de todas aquellas tierras, dinero que Porfirio repartió totalmente entre las gentes más pobres de Jerusalén.


Cuando Marcos se fue a Tesalónica estaba Porfirio muy débil y agotado, pálido y sin fuerzas. Y al volver a Jerusalén lo encontró de buenos colores y lleno de vigor y fuerzas. Le preguntó cómo había sucedido semejante cambio tan admirable y Porfirio le dijo:


"Mira, un día vine al Santo Sepulcro a orar, y mientras rezaba sentí que Jesucristo se me aparecía en visión y me decía: ‘Te devuelvo la salud para que te encargues de cuidar mi cruz’. Y quedé instantáneamente curado de mi reumatismo. Lo que los médicos no pudieron hacer en muchos años, lo hizo Jesús en un solo instante, porque para El todo es posible".


Y en adelante se quedó ayudando en la Iglesia del Santo Sepulcro, custodiando la parte de la Santa Cruz que allí se conservaba.


Como Porfirio había repartido toda su herencia entre los pobres, tuvo él que dedicarse a trabajos manuales para poder ganarse la vida. Aprendió a fabricar sandalias y zapatos y a trabajar en cuero y así ganaba para él y para ayudar a otros necesitados. Marcos, que era un hábil escribiente y ganaba buen dinero copiando libros, le propuso que él costearía toda su alimentación para que no tuviera que dedicarse a trabajos manuales agotadores. San Porfirio le dijo: "No olvidemos que San Pablo dijo en su segunda Carta a los tesaloniceses: "El que no quiere trabajar, que tampoco coma"; siguió ganándose el pan con el sudor de la frente, hasta los 40 años.


El obispo de Jerusalén al ver tan piadoso y santo a Porfirio lo ordenó de sacerdote. Y poco después recibió una carta del obispo de Cesarea pidiéndole que le enviara un santo sacerdote para darle una misión. Como Porfirio era un verdadero penitente que ayunaba cada día y rezaba horas y horas y ayudaba a cuanto pobre podía, el obispo de Jerusalén lo envió a Cesarea.


Y aquella noche tuvo Porfirio un sueño. Oyó que Jesús le decía: "Hasta ahora te has encargado de custodiar mi Santa Cruz. De ahora en adelante te encargarás de cuidar a unos hermanos míos muy pobres". Con eso entendió el santo que ya no seguiría viviendo en Jerusalén.


Al llegar a Cesarea el obispo de allá lo convenció de que debía aceptar ser obispo de Gaza, que era una ciudad muy pobre. Después de que le rogaron mucho, al fin exclamó: "Si esa es la voluntad de Dios, que se haga lo que El quiere y no lo que quiera yo". Y aceptó.


Al llegar a Gaza los paganos promovieron grandes desórdenes porque sentían que con este hombre se iba a imponer la religión de Cristo sobre las falsas religiones de los ídolos y falsos dioses. Porfirio no se dio por ofendido sino que se dedicó a instruir a los ignorantes y a ayudar a los pobres y así se fue ganando las simpatías de la población.


La ciudad de Gaza y sus alrededor estaban sufriendo un verano terrible y muy largo. Las cosechas se perdían y no se hallaban ya agua ni para beber. Los paganos esparcieron la calumnia de que todo esto era un castigo a los dioses por haber llegado allí Porfirio con su doctrina y sus cristianos. Y empezaron a tratar muy mal al obispo y a sus fieles seguidores. Entonces San Porfirio organizó una procesión de rogativas por las calles, rezando y cantando para que Dios enviara la lluvia, y al terminar la procesión se descargó un torrencial aguacero que llenó de vida y frescor todos los alrededores.


Los paganos se propusieron que de todos modos sacarían a Porfirio y a sus cristianos de aquella región y empezaron a emplear medidas muy violentas contra ellos. Pero se equivocaron. Creyeron que la piedad y la bondad del obispo eran debilidad y cobardía, y no era así. El santo se fue a donde el jefe del imperio que vivía en Constantinopla y obtuvo que le dieran un fuerte batallón de soldados que puso orden y paz en la ciudad. Y ya los paganos no pudieron atacarlo más. El no agredía a nadie, pero buscaba quién lo defendiera cuando trataban injustamente de acabar con la santa religión de Cristo.


Y después de varios años la acción evangelizadora de Porfirio y de sus sacerdotes llegó a ser tan eficaz que se acabó por completo allí la religión pagana de los falsos dioses, y desaparecieron los templos de los ídolos. Las gentes quemaron todos sus libros de magia y ya no hubo más consultas a brujas o espiritistas ni creencias supersticiosas.


San Porfirio construyó en Gaza un bellísimo templo. El día en que empezó la construcción del nuevo edificio recorrió la ciudad con enorme gentío cantando salmos y bendiciendo a Dios. Cada fiel llevaba alguna piedra o algún ladrillo u otro material para contribuir a la edificación de la Casa de Dios. La construcción duró cinco años y toda la ciudad colaboró con mucha generosidad. El día de la Consagración de la nueva catedral (domingo de Pascua del año 408) el santo repartió abundantísimas limosnas a todos los pobres de la ciudad. Siempre fue sumamente generoso en ayudar a los necesitados.


Los últimos años los dedicó pacíficamente a instruir y enfervorizar a sus sacerdotes y al pueblo con sus predicaciones, con su buen ejemplo y su oración.


El 26 de febrero del año 420 murió santamente.


San Porfirio, valeroso y santo obispo: haz que todos los obispos católicos del mundo sean tan valientes, generosos y fervorosos como lo fuiste tú.


"A quien se declare a mi favor delante de la gente de esta tierra, yo me declararé en su favor delante de los ángeles del cielo" (Jesucristo)


¡Felicidades a quien lleve este nombre!



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Paula de San José de Calasanz Montal Fórnes, Santa
Paula de San José de Calasanz Montal Fórnes, Santa

Fundadora del Instituto

de las Hijas de María de las Escuelas Pías


Martirologio Romano: En Olesa de Montserrat, en la provincia de Barcelona, en España, santa Paula de san José de Calasanz Montal Fornés, virgen, fundadora del Instituto de las Hijas de María de las Escuelas Pías (1889).

Etimológicamente: Paula = Aquella de pequeño tamaño, es de origen latino, una variante femenina del nombre Pablo.


Fecha de canonización: 25 de noviembre de 2001 por el Papa Juan Pablo II.



La vida de Paula Montal Fornés de San José de Calasanz, fecunda y profética, casi centenaria, se desenvolvió en un contexto histórico amplio (1799-1889), un período en crisis del agitado siglo XIX español, que se debatía entre los postulados del Antiguo Régimen y las nuevas corrientes liberales, con repercusiones socio-políticas, culturales y religiosas muy notorias.

Cuatro ciudades fueron especialmente representativas en su vida, bien enraízada en su tierra y en su entorno histórico:


En Arenys de Mar (Barcelona), vivió su infancia y su juventud (1799-1829). Villa costera, abierta al mar, cosmopolita e industrial, allí nació a la vida, el 11 de octubre de 1799, y a la vida de la gracia, esa misma tarde. Se formó en un ambiente familiar cristiano y muy sencillo. Participó en la vida espiritual de la parroquia. Destacó por su amor a la Virgen María. Desde los 10 años conoció la dureza del trabajo para ayudar a su madre, viuda con cinco hijos. Ella era la mayor. En este período, por propia experiencia, constató que la niña, la joven, la mujer, tenían escasas posibilidades de acceso a la educación, a la cultura..., y se sintió llamada por Dios a realizar esa tarea.


Figueras (Gerona), ciudad fronteriza con Francia y baluarte militar con su famoso castillo de armas, fue su meta. Acompañada por su incondicional amiga Inés Busquets, en 1829, se trasladó a la capital del Ampurdán para abrir su primera escuela de niñas, con amplios programas educativos, que superaban con creces lo legislado para los niños. Era una escuela nueva. En Figueras comenzó, pues, de manera exclusiva, su apostolado educativo con las niñas. Allí nació un carisma nuevo en la Iglesia, una obra apostólica encaminada a la educación integral humano cristiana de las niñas y jóvenes, a la promoción de la mujer, para salvar las familias y transformar la sociedad. Sus seguidoras se distinguirían por profesar un cuarto voto de enseñanza.


Sabadell (Barcelona), significó el injerto de su obra educativa en la Escuela Pía. Sabemos, que por lo menos desde 1837, se sentía totalmente identificada con el carisma de San José de Calasanz, y quería vivir la espiritualidad y reglas calasancias. Con esa finalidad, tras la fundación de la segunda escuela en su villa natal, Arenys de Mar, 1842, donde entró en contacto directo con los Padres Escolapios de Mataró, abrió una tercera escuela en Sabadell, 1846.La presencia de los PP.Escolapios, Jacinto Felíu y Agustín Casanovas en el colegio de Sabadell, fue providencial. Allí con su orientación y ayuda, logró en breve tiempo, la estructuración canónica escolapia de









Paula de San José de Calasanz Montal Fórnes, Santa
Paula de San José de Calasanz Montal Fórnes, Santa

su naciente Congregación. El 2 de febrero de 1847, ya profesó, como Hija de María Escolapia, junto a sus tres primeras compañeras, Inés Busquets, Felicia Clavell y Francisca de Domingo.En el capítulo general, tenido en Sabadell, 14 de marzo de 1847, no fue elegida superiora general, ni asistenta general.

En el período 1829-1859, realizó una intensa actividad fundando personalmente 7 escuelas: Figueras (1829), Arenys de Mar (1842), Sabadell (1846), Igualada (1849), Vendrell (1850), Masnou (1852) y Olesa de Montserrat (1859). Inspiró y ayudó a la fundación de otras 4: Gerona (1853), Blanes (1854), Barcelona (1857) y Sóller (1857). Fue además la formadora de las 130 primeras Escolapias de la Congregación. Período de una gran actividad de vida y profetismo de la misma.


Olesa de Montserrat (Barcelona), 1859. Su última fundación personal. Un pueblo pequeño y pobre, al pie del Monasterio de la Virgen de Montserrat, a la que profesó una gran devoción. Fue su fundación predilecta, en la que permaneció hasta su muerte (15 de diciembre de 1859, 26 de febrero de 1889). Fueron 30 años de gracia para las niñas y jóvenes olesanas, que se beneficiaron de su testimonio cristiano y de su fecundo magisterio; y para la villa de Olesa de Montserrat, enriquecida con el ejemplo de su vida entregada y santa. "Todos la querían y veneraban..." Y para la Congregación Escolapia: un sí total a Dios; la pedagogía escolapia en acción y la vivencia de las virtudes que deben caracterizar a la educadora escolapia.Y el ocaso de una vida en Dios.


El trazado de la fisonomía espiritual de Madre Paula Montal comprende dos facetas: su participación en la espiritualidad calasancia y su peculiar carisma educativo, encaminado a la formación integral humano cristiana de la mujer.


A su muerte, la Congregación de Hijas de María, Religiosas de las Escuelas Pías, por ella fundada, la formaban 346 Escolapias, que ejercitaban el carisma educativo escolapio, legado por su Fundadora, en 19 colegios, extendidos por toda la Geografía española. El proceso canónico para su Beatificación se inició en Barcelona, el 3 de mayo de 1957. El Papa Juan Pablo II la Beatificó en Roma, el 18 de abril de 1993. El milagro para su Canonización, obrado en septiembre de 1993, en Blanquizal, un barrio muy marginado y violento de Medellín (Colombia), en favor de la niña de 8 años, Natalia García Mora, fue aprobado por el Papa Juan Pablo II, el 1 de julio del 2000.


El milagro para su canonización


La niña Natalia García Mora era alumna del colegio escolapio de "Arenys de Mar", de Blanquizal (Medellín, Colombia), desde la fundación. En 1993 tenía 8 años y era la sexta de ocho hermanos, el mayor de 16 años. Su madre, de 35 años, era viuda, por lo que la familia vivía de su trabajo, empleada de hogar, en condiciones extremas de pobreza y poca atención a los hijos, pues estaba fuera de la casa todo el día.

El día 1º de septiembre, al atardecer, Natalia y tres amigas se encontraban jugando en las proximidades de su casa, subidas sobre el borde de un pequeño estanque de agua. Un disparo, lanzado con silenciador, desde la esquina de la casa, le alcanzó por la espalda y le atravesó saliéndole por el pecho, dañándole en su recorrido el pulmón y la médula. La niña se cayó desplomada, pero no perdió el conocimiento. Se quedó paralizada, sin poder levantarse, con muchas dificultades de respiración, que se iban agudizando por minutos, y tuvo algún vómito de sangre.


La carencia de asistencia sanitaria y de transporte en el barrio retrasaron la correspondiente atención médica, y cuando llegó al Hospital Médico de Medellín, las posibilidades de vida eran mínimas, según los doctores que la visitaron por urgencias: malísimas condiciones de respiración y, sobre todo, una lesión de la médula con paralización total de sus extremidades inferiores y sin control de esfínteres. Después de los estudios clínicos correspondientes, el diagnóstico de los médicos a su madre fue radical: mediante una intervención pulmonar urgente quizá podían salvarle la vida, pero a la niña le iban a quedar paralizadas las extremidades inferiores; debido a la lesión medular no iba a poder andar más.


Natalia estuvo hospitalizada veinte días, con una atención clínica máxima. Le practicaron dos intervenciones quirúrgicas, que le salvaron la vida, pero no recuperó el movimiento. Cuando salió del hospital, el 20 de septiembre, tuvieron que llevarla en brazos. Los médicos le comunicaron a su madre que tendría que ir en silla de ruedas toda la vida. La citaron en el hospital a los quince días para un control de las heridas, y atención psicológica.


Al día siguiente, 21 de septiembre, fueron a visitarla a su casa las religiosas escolapias, sus profesoras del colegio: estaba inmóvil en la cama. Su madre les habló de la necesidad de una silla de ruedas para la niña, que ella no podía comprar. Se comprometieron a adquirirla. Y ante esa situación le propusieron encomendarla a Madre Paula, beatificada en abril de ese mismo año. A partir de esa fecha, la comunidad escolapia, los alumnos del colegio y la Mamá de Natalia y sus hermanos comenzaron la novena a Madre Paula pidiendo su curación. En el transcurso de la misma, la niña recobró el movimiento y comenzó a caminar, de tal manera que cuando a los quince días volció al hospital para el control psicológico, pudo ir por su propio pie, y de su casa había una distancia de cinco kilómetros...


Al llegar al hospital y verla caminar los médicos y enfermeras quedaron sorprendidos; no era posible aquella recuperación, no se la podían explicar, estaban asombrados... ¿Qué había pasado? No encontraban explicación al caso; sin embargo, la realidad era que Natalia caminaba... Su curación causó admiración en el hospital y en el barrio.


La silla de ruedas se quedó comprada, pero sin utilizar. Natalia era una niña pobre, necesitadas ella y su familia de todo, también de salvación. Y Madre Paula se fijó en ella; encarnaba su lema "Quiero salvar las familias...".


Su carisma


A nuestra sociedad, lacerada por tantas tensiones, donde la educación integral para todos, la promoción de la mujer, la familia, la juventud, son temas candentes sin resolver, la nueva Santa le dirige el mensaje de su vida y de su obra educativa, mensaje de amor y de servicio. Su carisma en el siglo XIX, fue anuncio de amor y esperanza, especialmente para la mujer, que descubrió en ella a la madre y maestra de la juventud femenina.Y hoy sigue siendo tan urgente y de plena actualidad como entonces.


La obra educativa de Santa Paula Montal Fornés de San José de Calasanz continúa hoy en la Iglesia, particularmente a través de más de 800 Religiosas Escolapias, distribuidas en 112 comunidades, que educan a unos 30.000 alumnos, en 19 naciones de los cuatro continentes, para la promoción de la mujer, para que sea una realidad la "civilización del amor".


Fue beatificada por S. S. Juan Pablo II el 18 de abril de 1993, y luego canonizada por el mismo Santo Padre el 25 de noviembre de 2001.


Reproducido con autorización de Vatican.va.

El relato del milagro es tomado de Hijas de María de las Escuelas Pías

ORACIÓN

Padre nuestro que estas en los cielos.

te damos gracias porque nos diste

en Santa Paula Montal de San Jose de Calasanz

una imagen viva del evangelio de tu Hijo

Haz que sepamos ver en ella la madre que nos enseña con la palabra

y nos estimula con su ejemplo.

Para que podamos imitarla alcánzanos:

la fortaleza en las dificultades

la humildad en la verdad,

la fidelidad a la gracia,

la generosidad en la entrega por amor a Ti

y a nuestros hermanos los hombres,

concédenos por su intercesión la gracia...

(se indica la gracia que se desea)

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

como era en un principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos.

Amén.





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Fundadora de la Congregación

de Hermanas Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús


Martirologio Romano: En Alcantarilla, en la Región de Murcia, España, beata Piedad de la Cruz (Tomasa) Ortiz Real, virgen, que por amor a Dios se dedicó con celo a la educación y a la catequésis de los pobres y fundó la Congregación de Hermanas Salecianas del Sagrado Corazón de Jesús.

Fecha de beatificación: 21 de marzo de 2004 por el Papa Juan Pablo II.



Piedad de la Cruz Ortiz Real, hija de José y de Tomasa, nació en Bocairente, (Valencia) —España—, el 12 de noviembre de 1842, siendo bautizada al día siguiente con el nombre de Tomasa. Ocupaba el quinto lugar entre ocho hermanos.

En la escuela se distinguió por la piedad, la constancia y el talento en la música, en el bordado y en la recitación.


A los diez años hizo su primera Comunión. Con mirada retrospectiva ella misma narra así sus sentimientos: «Cuando recibí por primera vez la Sagrada Comunión, quedé como anonadada y experimenté que Jesús me llamaba a la Vida Religiosa». Este encuentro con Cristo en la Eucaristía la marcó para siempre. Tomasa querrá ser del Señor y vivir para Él.


Completó su formación humana y espiritual en el Colegio de Loreto que las Religiosas de la Sagrada Familia de Burdeos tenían en Valencia. Cuando pidió ingresar en el noviciado de ese Instituto, su padre, considerando la situación política de la época y la juventud de Tomasa, la obligó a volver a casa.


Tres aspectos caracterizaron esta etapa de su vida en Bocairente: el espíritu de piedad y oración, su dedicación a hacer el bien a los niños pobres, los ancianos y enfermos y el tesón en dar una respuesta a aquello que sintió en su interior el día de la primera Comunión.


Por fin, Tomasa, parece que podría realizar el sueño de su vida: Consagrarse al Señor en un convento de Carmelitas de clausura en Valencia, pero una enfermedad, la obligó a abandonar el noviciado y volver a la casa paterna. Una vez recuperada, hizo un nuevo intento de ingresar en un convento de clausura y otra vez ocurrió lo mismo.


A través de estos acontecimientos, Tomasa descubrió que Dios no la quería por ese camino. Ella le pedía ver claro cuál era su voluntad, y su oración era ésta: «Tuya, Jesús mío, tuya quiero ser, pero díme dónde».


Con la certeza de sentirse llamada a una vida de especial Consagración, pero con la duda de dónde la quería Dios, Tomasa se dirigió a Barcelona. Allí, después de muchas dificultades, el Señor respondió a la búsqueda vocacional de Tomasa haciéndola vivir una profunda experiencia mística, en la que el Corazón de Jesús, mostrándole su hombro izquierdo ensangrentado, le dijo: «Mira cómo me han puesto los hombres con sus ingratitudes, ¿quieres tú ayudarme a llevar esta cruz?». A lo que Tomasa respondió: «Señor, si necesitas una víctima y me quieres a mí, aquí estoy, Señor». Entonces, el Redentor le dijo: «Funda, hija mía, que de ti y de tu Congregación siempre tendré misericordia».


Esta Experiencia fue crucial para Tomasa, le dio tal certeza, que jamás se borraría de su mente y de su corazón. Desde ese momento, comprendió que Dios le pedía dar vida a un nuevo Instituto.


El interrogante ahora era dónde fundar, dónde dar respuesta positiva a la invitación de Cristo a llevar la cruz de los más pobres, de los que menos cuentan para este mundo. El Obispo D. Jaime Catalá fue quien le indicó que le abriera el corazón a su confesor y que hiciera lo que él le indicaba. Con este gesto, Tomasa, se sometió en fe a la Jerarquía de la Iglesia para hacer la voluntad de Dios.


Las inundaciones del río Segura que en 1884 habían destrozado la huerta murciana y la escasez de Congregaciones religiosas en esta zona, hizo que la orientara hacia esos lugares de mayor necesidad.


En el mes de marzo, Tomasa, acompañada de tres postulantes, salió de Barcelona camino de Puebla de Soto, a 1 km. de Alcantarilla, para fundar allí, con la autorización del Obispo de Cartagena-Murcia, la primera Comunidad de Terciarias de la Virgen del Carmen.


Los habitantes de la huerta murciana aún no se habían repuesto de la tragedia de las inundaciones de 1884, cuando apareció el cólera. Tomasa, —que por entonces había tomado el nombre de Piedad de la Cruz— y sus Hijas se multiplicaban en el cuidado a los enfermos y a las niñas huérfanas en un hospitalillo que ella llamó de «La Providencia».


Iban llegando otras jóvenes, atraídas por el modo de vivir de aquellas primeras Terciarias Carmelitas. La Casa se quedó pequeña, hubo que comprar la de Alcantarilla. También se estableció una nueva Comunidad en Caudete... Todo hacía pensar que al fin, Tomasa había encontrado el lugar donde llevar a cabo su vocación.


Sin embargo... de nuevo la cruz. Era el signo que ella había pedido para saber que todo aquello era de Dios: «Fundar en tribulación» y el Corazón de Jesús se lo concedió con creces.


Aunque la Virgen María ocupó un lugar muy importante en el corazón y en la vida de Tomasa, su Carisma estaba centrado en el Corazón de Cristo. Y... ¡designios de Dios! Aparecieron algunas tensiones entre las Comunidades de Alcantarilla y Caudete, ya que la Congregación no tenía aún la aprobación diocesana.


En el mes de agosto, las Hermanas de Caudete se dirigeron a Alcantarilla y se llevaron las novicias, dejando a Madre Piedad sola con Sor Alfonsa. Fueron días de mucho dolor. La Fundadora, como siempre, se refugió en la oración, se postró ante el Cristo del Consuelo y allí permaneció horas y horas clavada a sus pies. Sufre, pero no se rompe, porque la barquilla de su vida estaba bien anclada en el Señor.


Una vez más acudió a la Jerarquía eclesiástica en busca de orientación y de luz. Será el Obispo Bryan y Livermore quien envíe a Tomasa y a su fiel compañera, Sor Alfonsa, al Convento de la Visitación de las Salesas Reales en Orihuela para hacer un mes de ejercicios espirituales y para proyectar una nueva Fundación, tomando como protector a un Santo Obispo. Es aquí, donde el Espíritu Santo iluminó vivamente a M. Piedad, al tiempo que la llenaba de fuerza profética, le mostraba su verdadero Carisma, y el título de su Congregación, que estaría bajo el patrocinio de S. Francisco de Sales.


Y... llegó la hora de Dios. Era el 8 de septiembre de 1890. Nacía en la Iglesia, después de muchas dificultades y tribulaciones, la Congregación de Hermanas Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús, una Congregación donde el Corazón de Cristo quiere ser amado, servido y desagraviado de las ofensas que recibe de los hombres. Y al amar, servir y desagraviar, ver el rostro del Señor en las niñas huérfanas, en las jóvenes obreras, en los enfermos, en los ancianos abandonados... y ayudarles a llevar la cruz.


Nos legó su propio Carisma: Hacer sensible ante los hombres, especialmente pobres, el amor del Padre Providente, manifestado en el Corazón misericordioso de Jesús abierto en brazos de la Cruz.


Aunque toda la vida de Madre Piedad fue una renuncia al mundo, no por eso había «huido» del mundo, sino que seguía en él haciendo el bien y luchando contra el mal. Testigos de ello fueron tantos matrimonios rotos o a punto de romperse, tantas jóvenes a las que iba a buscar a las fábricas para formarlas en la escuela dominical, niñas sin hogar a las que amó entrañablemente, ancianos solos, enfermos ...


Vivió pobre y murió pobre, sentada en un sillón, porque «Aquel —decía señalando el Crucifijo— murió en la cruz y yo no debo morir en la cama, sino en el suelo». Expiró con el crucifijo en los labios y en la santa paz de Dios. Era el sábado, 26 de febrero de 1916.


La gente sencilla exclamaba con profundo sentimiento: ¡Ha muerto una santa! ¡Ha muerto nuestra madre!


El día 6 de febrero de 1982 tuvo lugar en la Diócesis de Cartagena-Murcia la apertura del Proceso de Beatificación y Canonización de la Sierva de Dios.


El día 7 de mayo de 1983 fue clausurado dicho Proceso, pasando a Roma, que aprueba la validez del mismo el 3 de febrero de 1984.


Después de un estudio exhaustivo sobre las virtudes practicadas por Madre Piedad, el 1 de julio de 2000, en el Vaticano, en presencia de S.S. Juan Pablo II, se dio lectura al Decreto de reconocimiento de Virtudes Heroicas, y el 12 de abril de 2003 al Decreto sobre el milagro, dando paso así a la Beatificación en Roma el 21 de marzo de 2004.


Reproducido con autorización de Vatican.va



23:50



















Otros Santos y Beatos
Otros Santos y Beatos

San Faustiniano, obispo

En Bolonia, en la región de la Emilia, san Faustiniano, obispo, que con su predicación confirmó y acrecentó a la Iglesia, que estaba sufriendo a causa de la persecución (s. IV).

San Agrícola, obispo

En Nevers, de Neustria, san Agrícola, obispo (c. 594).


San Víctor, eremita

En Arcis-sur-Aube, en la Champaña, en Francia, san Víctor, eremita, cuyas alabanzas escribió san Bernardo (s. VII).


San Andrés, obispo

En Florencia, de la Toscana, san Andrés, obispo (s. IX).






23:50
Martirologio Romano: En Londres, en Inglaterra, beato Roberto Drury, presbítero y mártir, que, acusado injustamente de participar en una conjura contra el rey Jacobo I, subió al patíbulo en Tyburn confesando a Cristo y revestido con el hábito eclesiástico para demostrar su dignidad sacerdotal (1607).

Fecha de beatificación: 22 de noviembre de 1987, junto a otros 84 mártires de Inglatera, Escocia y Gales, por el Papa Juan Pablo II.



Nace alrededor de1567 en Buckinghamshire, Inglaterra.

Estudió en el Colegio Inglés de Rheims, Francia, en 1588, y luego en el Colegio Inglés de Valladolid, España, en 1590. Fue ordenado en Valladolid en 1593. Regresó a Inglaterra en 1593 como ministro de los católicos encubiertos en los alrededores de Londres, Inglaterra.


Fue uno de los firmantes de la «Ley de lealtad» del 31 de enero de 1603 elaborada por el Dr. William Bishop, que reconocía a la reina como soberana legal sobre la tierra, pero les permitía mantener lealtad al Papa en asuntos religiosos.


Cuando Jacobo I subió al trono, el rey demandó que los firmantes de esa directiva firmaran un nuevo juramento que reconocía su autoridad sobre asuntos espirituales. Roberto se negó, y fue detenido en 1606 por el crimen de ser sacerdote. Le ofrecieron su libertad si él firmara el juramento; él rechazó la oferta.


Fue ahorcado, descolgado, y descuartizado el 26 de febrero de 1607 en Tyburn, Londres Inglaterra


El grupo de 85 mártires está integrado por;

Alexander Blake

Alexander Crow

Anthony Page

Arthur Bell

Charles Meehan

Christopher Robinson

Christopher Wharton

Edmund Duke

Edmund Sykes

Edward Bamber

Edward Burden

Edward Osbaldeston

Edward Thwing

Francis Ingleby

George Beesley

George Douglas

George Errington

George Haydock

George Nichols

Henry Heath

Henry Webley

Hugh Taylor

Humphrey Pritchard

John Adams

John Bretton

John Fingley

John Hambley

John Hogg

John Lowe

John Norton

John Sandys

John Sugar

John Talbot

John Thules

John Woodcock

Joseph Lambton

Marmaduke Bowes

Matthew Flathers

Montford Scott

Nicholas Garlick

Nicholas Horner

Nicholas Postgate

Nicholas Woodfen

Peter Snow

Ralph Grimston

Richard Flower

Richard Hill

Richard Holiday

Richard Sergeant

Richard Simpson

Richard Yaxley

Robert Bickerdike

Robert Dibdale

Robert Drury

Robert Grissold

Robert Hardesty

Robert Ludlam

Robert Middleton

Robert Nutter

Robert Sutton

Robert Thorpe

Roger Cadwallador

Roger Filcock

Roger Wrenno

Stephen Rowsham

Thomas Atkinson

Thomas Belson

Thomas Bullaker

Thomas Hunt

Thomas Palaster

Thomas Pilcher

Thomas Pormont

Thomas Sprott

Thomas Watkinson

Thomas Whitaker

Thurstan Hunt

William Carter

William Davies

William Gibson

William Knight

William Lampley

William Pike

William Southerne

William Spenser

William Thomson


Si usted tiene información relevante para la canonización de este grupo de Beatos, contacte a:

Catholic Bishops’ Conference of England and Wales

39 Eccleston Square

London SW1V 1BX, UNITED KINGDOM



01:04
Santo de heroicas virtudes y de invicta paciencia en la adversidad.

Nacido en Astorga y cristiano desde pequeño. La región del Bierzo es el escenario de sus virtudes y de su vida. Quiso entrar en el monasterio que fundó san Fructuoso en Compludo, pero por razones todavía hoy desconocidas no pudo entrar.


Fallido el intento monacal, comienza una vida de oración y penitencia viviendo al estilo de los antiguos eremitas. Su modo de vivir, poco frecuente en la época, hace que de boca en boca vaya pasando la noticia de su existencia entre los habitantes del lugar que empiezan a visitarle en la ermita que hay junto al castillo llamado de la Piedra, en Astorga. Allá concurren con deseos de escucharle y de ser confortados en sus penas. El clérigo el cuidador de la ermita sólo comienza a interesarse por ella cuando advierte el sonar de las monedas y huele los pingües beneficios de las ofrendas; como se posesiona de ellas de mala manera, el santo se marcha para no facilitar su codicia extrema; pero hasta los pocos libros que tenía hubo de dejarlos en la ermita por considerar el clérigo chupón que fueron de ella.


La gente del lugar le echa de menos y le sugieren un nuevo sitio para vivir, rezar y predicar. En Ebronato le edifican los fieles un oratorio donde se instala y recomienza. Como la gente se arremolina en torno a él, el obispo nombra un presbítero para que atienda la pequeña iglesia construida; Justo se llama el pastor y su justicia en el nombre se queda. De nuevo queda Valerio sin techo y reducido a la miseria. La gente sigue queriéndole y sufre la mala envidia de Justo que en alguna ocasión llegó a emplear la violencia física contra Valerio.


En el mismo Bierzo, allí donde Fructuoso fundó el monasterio de san Pedro, encuentra un lugar tranquilo y puede reanudar una vez más su vida penitente y orante de eremita. El obispo de Astorga, Isidoro, le llama y pide su compañía para asistir al concilio de Toledo, al que no llegan por la muerte del prelado.


También escribió dejando por escrito testimonio de la época. Esta literatura se conservó en el monasterio de Carracedo y la mantuvo como tesoro la iglesia de Oviedo. Su pluma dejó a la posteridad la vida de san Fructuoso, un abundante grupo de máximas y consejos a los religiosos del Bierzo, las revelaciones de los monjes Máximo y Bonelo y la historia del abad Donadeo.


Terminó su vida a finales del siglo VII y sus reliquias se conservaron en el Altar Mayor de la iglesia del monasterio de san Pedro de los Montes, de la orden benedictina, cerca de Ponferrada.


A quien se interna en su vida le da la sensación de que Dios lo preparó para la contrariedad. Y lo muy curioso del caso es que sus enfrentados siempre fueron clérigos. ¿Tan feo les pareció Valerio? Muchos de los buenos afirman, con pueril benevolencia, que es muy difícil convivir en esta tierra con un santo verdadero; pero quizás no caen en la cuenta de que a quien seriamente le cuesta convivir con los demás es al que lleva vida recta.



01:04
No son muchas las noticias que poseemos de la vida de este ilustre carmelita.

Buena fuente de estas noticias, aunque muy parca, es el Catálogo de los Santos, escrito a finales del siglo XIV.


Según él, nuestro Avertano nació en la diócesis de Limoges (Francia) a finales del siglo XII.


Con deseos de alcanzar la santidad y atraído por los buenos ejemplos de los carmelitas que venidos de Oriente acababan de llegar a su patria, abrazó la vida del Carmelo como hermano de obediencia.


Pronto llamó la atención por sus muchas virtudes, que ejerció en todos los conventos donde le tocó vivir


Fue a Italia y, con gran fama de santidad, visitó varios santuarios y obró el Señor por su medio muchos prodigios.


Murió en Lucca en el siglo XIII donde fue enterrado.


Pronto acudieron a venerar su sepulcro de toda Italia y de otras naciones porque el Señor obraba muchos milagros en favor de cuantos acudían a él.


Hay pinturas muy antiguas alusivas a su entierro y a sus milagros.


En el misal carmelita de 1514 ya se introdujo su nombre como beato de la Orden.


La Santa Sede aprobó su oficio de misa y brevario el 1672. Su vida va unida con la del Bto. Romeo porque parece ser que el cuerpo de este último fue enterrado en el mismo sepulcro que el del Beato Avertano.



01:04
Martirologio Romano: En Nazianzo, de la región de Capadocia, san Cesáreo, médico, hermano de san Gregorio Nazianceno (369).

Etimológicamente: Cesáreo = Aquel con larga cabellera, es de origen latino.



El hijo menor de Gregorio el Viejo, obispo de Nacianzo, y su esposa Nonna, Cesáreo nació en la villa familiar de Nacianzo. Su madre, su hermano Gregorio -el famoso teólogo-, y su hermana Gorgona, son venerados como santos.

Cesáreo probablemente estudió en Cesarea Mazaca en Capadocia preparándose para las escuelas de élite de Alejandría en Egipto; allí sus estudios favoritos fueron geometría, astronomía y especialmente medicina. En esta última ciencia destacó respecto a todo el resto de estudiantes.


Alrededor de 355 llegó a la capital imperial, Constantinopla y ya había ganado gran reputación por su habilidad médica, cuando su hermano Gregorio, en dirección al hogar desde Atenas, apareció allí, alrededor del año 358. Cesáreo sacrificó un puesto bien remunerado y honorable para regresar con Gregorio junto a sus padres. Pronto se demostró que la capital lo atraía profundamente, y con el tiempo se convirtió en un eminente doctor en la corte bizantina de Constancio II y, con gran pesar por parte de su familia, de Juliano. Juliano fracasó en sus esfuerzos por ganárselo para el brevemente restaurado paganismo. Cesáreo, que apreciaba más su fe que el favor imperial, acabó abandonando la corte, pero regresó a Constantinopla después de la muerte de Juliano en 363.


Con el emperador Valente, Cesáreo fue cuestor de Bitinia, un cargo que incluía tesorería y recolección de impuestos. Después de escapar de un terremoto que sacudió Nicea (11 de octubre de 368), San Basilio le escribió, rogándole que dejara su posición política y la abandonara para seguir una vida religiosa. Sin embargo, Cesáreo resultó muerto repentinamente por la extensión de la plaga que siguió al terremoto, poco después de haber recibido el bautismo, que él, como muchos otros de la época, había demorado hasta el final de su vida. Después de su muerte, su gran patrimonio fue rápidamente saqueado por sirvientes y acreedores. Su hermano Gregorio insistió en que lo que quedara de la finca se distribuyera entre los pobres y los parientes que quedaban vivos. Sus restos fueron enterrados en Nacianzo, donde su hermano pronunció la oración fúnebre en presencia de sus padres. En la oración «Oh, su hermano: san Cesáreo», Gregorio retrata a su hermano como un modelo cristiano y asceta, proporcionando la principal fuente de detalles de su vida y estableciendo las bases para su eventual canonización.


Su moderno biógrafo, John McGuckin sostiene que mientras Cesáreo y su hermano Gregorio estaban muy próximos, tenían caracteres muy diferentes. Mientras Gregorio perseguía una vida religiosa, su hermano, más vivaz y sociable, estaba muy cómodo en el mundo de la política bizantina. Los dos eran figuras complementarias; Gregorio se fiaba de su hermano para que le guiase a través de las tribulaciones, mientras que Cesáreo animó los intereses literarios y retóricos de su hermano.


La afirmación de que este Cesáreo era el mismo que Cesáreo, Prefecto de Constantinopla, que en 365 fue enviado a prisión por Procopio, se basa en una suposición que hizo Jacques Godefroy (1587-1652), el editor del Código Teodosiano (Lyon, 1665), y no en ningún fundamento histórico sólido.


Los cuatro Diálogos de 197 preguntas y respuestas que tradicionalmente se atribuyen a Cesáreo y que pueden encontrarse en Migne, Patrologia Graeca, XXXVIII, 851-1190, difícilmente pueden provenir de su pluma, debido a su naturaleza, contenidos y anacronismos. En general se supone que son espurias.



01:04
Martirologio Romano: Junto al río Beijiang, cerca de la ciudad de Shiuchow, en la provincia china de Guanddong, santos mártires Luis Versiglia, obispo, y Calixto Caravario, presbítero, de la Sociedad Salesiana, que sufrieron el martirio por causa de su acción pastoral en favor de las personas que les estaban confiadas (1930).

Etimológicamente: Calixto = Aquel de gran belleza, es de origen griego.


Fecha de canonización: 1 de octubre de 2000 por el Papa Juan Pablo II.



Calixto nació en Cuorgné, cerca de Turín, el 8 de junio de 1903. Fue alumno del oratorio de Valdocco.

Al encontrarse en Turín, en 1921, con Monseñor Luis Versiglia, misionero, prometió alcanzarlo en China, y cumplió con su palabra dos años después.


Todavía se encontraba en período de formación inicial, cuando marchó a China como misionero salesiano.


Ordenado de sacerdote en 1929 por monseñor Luis Versiglia, se destinó al vicariato de Shiu Chou.


Ordenado sacerdote, siempre muy fiel a su consagración religiosa y animado por una caridad cada vez más ardiente, acompañaba a Monseñor Versiglia en una visita pastoral en el distrito de Lin Chow, junto con dos maestros, dos catequistas y una alumna cuando el 25 de febrero de 1930, en un lugar aislado del río, fueron asaltados por piratas comunistas. Por defender la incolumidad y la virginidad de las tres mujeres, ambos misioneros fueron asesinados en Li Tau Tseu, a orillas del río Lin Chou.


La autenticidad de su martirio fue reconocida por la Congregación de Causas de los Santos el 13 de Noviembre de 1976.


El Papa Juan Pablo II los beatificó como mártires salesianos, el 15 de mayo de 1983, reconociendo en ellos el ideal del pastor que da la vida por sus ovejas, por causa de la verdad y de la justicia, defensores de los pobres, triunfadores sobre el mal del pecado y de la muerte.


El mismo Juan Pablo II, en el año 2000 proclamó oficialmente su santidad junto a otros 119 de mártires chinos.


Si desea leer más sobre su martirio les recomendamos este extracto de Familia Salesiana, Familia de Santos



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