julio 2013

Martirologio Romano: Memoria de san Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia, que insigne por el celo de las almas, por sus escritos, por su palabra y ejemplo, trabajó infatigablemente predicando y escribiendo libros, en especial sobre teología moral, en la que es considerado maestro, para fomentar la vida cristiana en el pueblo. Entre grandes dificultades fundó la Congregación del Santísimo Redentor, para evangelizar a la gente iletrada. Elegido obispo de santa Águeda de los Godos, se entregó de modo excepcional a esta misión, que dejaría quince años después, aquejado de graves enfermedades, y pasó el resto de su vida en Nocera de’Pagani, en la Campania, aceptando grandes trabajos y dificultades (1787).

Etimología. Alfonso = guerrero. Viene de la lengua alemana.


Nos encontramos en el año 1696, de nuestra era, el 27 de septiembre, día dedicado a los gloriosos mártires Cosme y Damían, nace Alfonso de Ligori, en Nápoles (Italia). Sus padres fueron José De Ligorio (un noble oficial de la marina) y de la noble Ana De Cavalieri. El hombre tuvo un destino fuera de serie. Nacido en la nobleza napolitana e hijo de militar, alumno superdotado, atraído por la música, la pintura el dibujo, la arquitectura. Su nombre viene de dos raíces germánicas: addal, hombre de noble origen, y funs, pronto al combate. Alfonso era noble por nacimiento, sí: pero mucho mejor, caballero de Cristo, siempre pronto y en la brecha para los combates de Dios...


Alfonso fue un hombre de una personalidad extraordinaria: noble y abogado; pintor y músico; poeta y escritor; obispo y amigo de los pobres; fundador y superior general de su congregación; misionero popular y confesor lleno de unción; santo y doctor de la Iglesia.


Hay que mi admirar los múltiples talentos que tenía Alfonso y la fuerza creadora que poseía. A los 12 años era estudiante universitario y a los 16 era doctor en derecho, es decir, abogado. Como misionero popular y superior general de su Congregación y obispo, llevó a cabo una gran labor, a pesar de su delicada salud. Desde los 47 a los 83 años de su vida, publicó más o menos 3 libros por año.


En su vida particular Alfonso vivió actitudes que podemos interpretar como protesta frente a la corrupción de su medio ambiente. Con su estilo de vida ejerció una fuerte crítica de su tiempo y de su sociedad.


En un sistema de profundas diferencias de clase renunció a los privilegios de la nobleza y a sus derechos de ser primer hijo, es decir, primogénito.


A finales de julio de 1723, en un día de calor intenso y pegajoso, Alfonso se dirige al Palacio de Justicia de Nápoles. Se celebrará el juicio más sonado del reino entre dos familias: los Médici y los Orsini. Las dos familias quieren para sí la propiedad del feudo de Amatrice. Estaba en juego una gran cantidad de dinero.


Alfonso es un joven abogado de 26 años de edad. Los Orsini lo han elegido para su defensa por una sola razón: es competente y ha ganado todas las causas.


Se ha preparado muy bien, ante el tribunal defiende la causa con maestría. Está seguro que defiende la justicia. A pesar de eso, Alfonso es derrotado, pero se da cuenta de que el origen de esta sentencia está en las maquinaciones políticas e intrigas políticas (cosas desconocidas para nosotros hoy).


Como herido por rayo, el abogado de manos limpias queda por un momento estupefacto. Después rojo de cólera, lleno de vergüenza por la toga que lleva, se retira de la sala de justicia, profundamente desilusionado, sus palabras de despedidas quedaron para la historia: “¡Mundo, te conozco!... ¡Adiós, tribunales!”. No vive este acontecimiento, decisivo en su vida, desde la agresividad y la frustración, al contrario, los asume como fecundidad, siembra y profundización interior, se retira, eso sí lo tiene muy claro. Y al hacerlo toma una opción personal radical: se niega a la corrupción, rechaza que el hombre se realice manipulando o dejándose manipular y elige una forma nueva de libertad y liberación, el seguimiento de Jesús.


Profundamente conmovido Alfonso se va a visitar a sus amigos, los enfermos del “Hospital de los incurables”. Mientras atendía a los enfermos se ve a sí mismo en medio de una grata luz... Parece escuchar una sacudida del gran edificio y cree oír en su interior una voz que le llama personalmente desde el pobre: “Alfonso, deja todas las cosas ven y sígueme”.


Tras la renuncia de los tribunales, Alfonso estudia unos años de teología y recibe el sacerdocio el 21 de diciembre de 1726, en la Catedral de Nápoles, tenía 30 años de edad. Se hace sacerdote en contra de un padre autoritario, como don José, con asombro lo descubre muy pronto en los barrios marginados evangelizando a los analfabetos con sorprendentes predicaciones


En una de sus muchas misiones Alfonso cae enfermo. Ante la gravedad de la situación, los médicos intervienen y le exigen un largo descanso en la sierra. Elige la zona de Amalfi, costera y montañosa a la vez. Fue con un grupo de amigos. Quiere aprovechar el descanso para vivir intensamente la amistad y la oración en común.


Cerca de Amalfi está Scala, un lugar precioso a medio camino entre la playa y la altura de la sierra. Más arriba de Scala, está Santa María de los Montes, una pequeña ermita. A Alfonso le gustó. Era bueno compartir la amistad y la oración en casa de María de Nazaret.


Alfonso y sus amigos se ven sorprendidos por los pastores y cabreros que vienen a pedirles la palabra de Dios. Es el momento clave en la vida de Alfonso. Ahora más que nunca descubre, de verdad que el Evangelio pertenece a los pobres y que ellos lo reclaman como suyo. Y decide quedarse con ellos para dárselo a tiempo completo.


Nos encontramos en el año 1730. Alfonso decide por vez primera, reunir una comunidad consagrada a la misión de los más pobres. En los primeros días de noviembre de 1732 Alfonso deja definitivamente la ciudad de Nápoles y en burro parte para Scala para reunirse con su primer grupo de compañeros, quienes habrán de ser los Redentoristas. Son unos días de intensa oración y contemplación. Sabe que la redención abundante y generosa es un don gratuito y se abre a él en disponibilidad plena.


El día 9 de noviembre de 1732 nace la congregación misionera del Santísimo Redentor, mejor conocido como los Misioneros Redentoristas. No es fácil fundar una congregación religiosa en el reino de Nápoles en el siglo XVIII. Hay demasiados diocesanos y religiosos y muchos conventos en este país pobre y mal administrado


Desde el 9 de noviembre de 1732 hasta la Pascua de 1762, cuando es nombrado obispo, pasan 30 años felices en la vida de Alfonso dedicado a la misión, la dirección de su grupo y a la publicación de sus obras.


Alfonso muere en Pagani, el día 1 de agosto de 1787, a la hora del ángelus. Tenía más de 90 años. Fue beatificado en 1816, canonizado en 1831 y proclamado doctor de la Iglesia en 1871.


Alfonso solía decir que la vida de los sanos es Evangelio vivido. Esto se lo podemos aplicar a él mismo. Sus ejemplos inquietan y arrastran. ¡A veces nos asusta enfrentarnos a un hombre como éste, que era capaz de vivir tan radicalmente el Evangelio!


Hoy, los Misioneros Redentoristas, continuamos anunciando el misterio gozoso de la redención abundante y generosa en toda la Iglesia. Los redentoristas, como Alfonso, no somos propagandistas de una doctrina, somos testigos de Cristo que viene al encuentro de la humanidad.


Sus seguidores


Alfonso murió. Su sueño, sin embargo, continúa vivo en la vida de sus seguidores. Especialmente debido a la labor de Clemente María Hofbauer, los redentoristas se esparcen por el mundo entero. En ellos, el Redentor continúa derramando vida en el corazón de los que no



cuentan para el mundo y en el de los abandonados. La Congregación del Santísimo Redentor es lugar y presencia donde el Redentor prosigue su misión: “He sido enviado a evangelizar a los pobres”.

¡Alfonso!, ¡Gracias por tu vida, por tu sueño, por tu horizonte de tan amplias miras! En nombre de los pobres abandonados, ¡Gracias de corazón!


¡Felicidades a quienes lleven este nombre y a los Padres Redentoristas!


Para profundizar más en la vida de San Alfonso María Ligorio consulta Corazones.org



Martirologio Romano: En Rieti, de la Sabina, beato Juan Bufalari, religioso de la Orden de los Eremitas de San Agustín, joven humilde y amable, y siempre solícito para con su prójimo (c. 1336).

Etimolgía: Juan = Dios es misericordia. Viene de la lengua hebrea.


Nació a principios del siglo XIV, en Castel Porziano de la Umbría. Era hermano de la Beata Lucía Amelia.


El Beato Juan, ingresó a temprana edad en el convento de los ermitaños de San Agustín, en Rieti. Vivía consagrado al servicio de sus prójimos, especialmente de los enfermos y forasteros.


Pasaba largas horas en contemplación. Poseía un don de lágrimas extraordinario y lloraba no sólo por sus pecados, sino también por los de los otros. Decía: "Imposible dejar de llorar! Los árboles y las plantas germinan, crecen, dan fruto y mueren sin apartarse un punto de las leyes que les ha fijado el Creador.


En cambio los hombres, a quienes Dios ha dado inteligencia y prometido un premio eterno, se oponen continuamente a su voluntad". Es ésta una reflexión sencilla pero muy profunda. No se conoce la fecha exacta de la muerte del beato. Su santa vida y los milagros obrados en su tumba, dieron origen al culto popular, que fue confirmado oficialmente en 1832.


Su culto fue confirmado en 1832



En la S. Biblia hay dos libros llamados de Los Macabeos (palabra que significa: "fuerte contra el adversario"). Allí se narran las historias heroicas de quienes prefirieron perder todos sus bienes y hasta morir, con tal de defender la santa religión del verdadero Dios.

En el libro 2o de los Macabeos, capítulo 7º, se narra la historia de los siete hermanos mártires, los cuales fueron cruelmente atormentados para hacerles renegar de la fe, pero prefirieron toda clase de tormentos con tal de permanecer fieles a los mandatos de Dios hasta la muerte. La siguiente es su historia, según la cuenta la S. Biblia:

Sucedió que siete hermanos israelitas fueron apresados, junto con su madre, y eran forzados por el rey a que renegaran de la santa religión verdadera. Fueron flagelados con azotes y fuetes de cuero, para que hicieran lo que la santa religión prohibe.


Uno de ellos decía al impío rey Antíoco que pretendía alejarlos de la religión de sus padres: -"¿Qué pretendes de nosotros? Estamos dispuestos a morir, antes que desobedecer las leyes que Dios les dio a nuestros antepasados".


El rey lleno de rabia, mandó prender fuego debajo de sartenes y calderas, e hizo echar allí la lengua del que había hablado en nombre de los demás. Hizo que le arrancaran toda la piel de la cabeza, y que le cortaran las manos y los pies, en presencia de sus hermanos y de su madre. Cuando quedó completamente inutilizado, viendo que todavía respiraba, mandó el rey que lo echaran a un sartén que estaba sobre el fuego y allí lo tostaran. Aparte, mientras el humo de la sartén se difundía lejos, los demás hermanos, junto con su madre, se animaban mutuamente a morir con generosidad y decían:


"El Señor Dios cuida de todos nosotros y está presenciando lo que sucede. Siempre se cumplirá lo que prometió Moisés: Dios se compadece de sus amigos".


Cuando el primero pasó a la eternidad, llamaron al segundo, y después de arrancarle la piel de la cabeza y todos sus cabellos, le preguntaron: "¿Está dispuesto a hacer lo que le prohibe su religión? ¿O quiere ser torturado en su cuerpo, parte por parte?".


Él respondió: "¡De ninguna manera y por ninguna causa haré jamás lo que prohibe mi santa religión!".


Y entonces lo torturaron del mismo modo que habían hecho con el primero. Antes de que le arrancaran la lengua dijo al rey: "Tú, injusto y criminal, nos privas de la vida presente. Pero el Rey de los cielos nos resucitará para la vida eterna a los que morimos por cumplir sus santas leyes".


Luego llamaron al tercero. Este presentó la lengua para que la arrancaran y las manos para que se las cortaran, pero antes dijo: "Por bondad del Dios del cielo poseo esta lengua y estas manos. Pero por cumplir sus santas leyes renuncio a todo esto que es tan precioso y útil. Yo espero que en la eternidad me devolverá el Señor lo que he sacrificado por su amor". El rey y sus acompañantes estaban admirados y sorprendidos del valor de aquel muchacho que no tenía miedo a tan terribles dolores con tal de cumplir lo que le mandaba su santa religión. Lo maltrataron y asesinaron como a los otros dos.


Hicieron pasar en seguida al cuarto hermano y lo maltrataron con feroces suplicios. Cuando ya estaba agonizante y cerca de su fin, exclamó: "Es preferible morir a manos de los hombres con tal de conseguir ser resucitado para la vida eterna. En cambio para los enemigos de Dios y de su religión no hay esperanza para la eternidad".


En seguida llevaron al quinto hermano y se pusieron a atormentarlo. Él, mirando al rey le dijo: "¿Se imagina que porque tiene un alto puesto de gobierno puede hacer todo lo que se le antoja? Pero no crea que Dios ha abandonado a quienes pertenecemos a la verdadera religión. Ya verá que pasado un poco de tiempo, nuestra santa religión triunfará, mientras a ustedes les sucederán cosas muy desagradables".


Después de este, trajeron al sexto hermano el cual, cuando estaba a punto de morir a causa de tan terribles tormentos, exclamó: "No se hagan ilusiones los que combaten contra la religión del verdadero Dios, pensando que nada malo les va a suceder por todo esto. A nosotros nos sirven estos sufrimientos para poder pagar nuestros pecados, pero a los que luchan contra Dios, les esperan males espantosos".


Sigue diciendo la S. Biblia, en el Capítulo 7º del 2º libro de los Macabeos: "Admirable en todo aspecto y digna de todo glorioso recuerdo, fue aquella madre que al ver morir a todos sus hijos en el espacio de un solo día, padecía todo esto con valentía, porque tenía la esperanza puesta en los premios que Nuestro Señor tiene reservados para sus fieles amigos. Animaba a cada uno de ellos hablándoles en su lenguaje patrio, llena de generosos sentimientos y estimulándonos a sufrir con gran valor les decía:


- Yo no sé cómo mi Dios me concedió el honor de ser madre de cada uno de ustedes. Qué honrada me siento al ver que ahora entregan su espíritu al Creador por defender sus santas leyes. Él en cambio les concederá la gloria eterna".


El rey Antíoco se propuso ganarse al más pequeño de los hermanos y le ofreció regalos y hacerlo rico y concederle altos empleos con tal de que abandonara la religión del Dios de Israel. Viendo que el muchacho no le hacía caso, el rey llamó a la mamá y le pidió que tratara de convencer al joven para que salvara su vida renegando de su religión.


Entonces aquella valerosa mujer se acercó a su hijo y le dijo: "Hijo: ten compasión de mí, por amor a tu madre no vayas a renegar jamás de la santa religión de nuestros antepasados. Recuerda que estás obedeciendo al Dios que creó los cielos y la tierra. No le tengas miedo a este verdugo que te quiere quitar la vida del cuerpo, porque si perseveras fiel, nos encontraremos todos juntos con tus hermanos en la vida eterna del cielo".


Tan pronto como la mamá terminó de hablar, el joven gritó: "¿Qué más esperan? Jamás obedeceré al mandato del rey que pretende hacerme renegar de mi religión y que yo desobedezca a las leyes que Dios nos dio por medio de Moisés. Y Usted rey, que es el causante de todos estos males que suceden en nuestro pueblo de Israel, ¡esté seguro de que no se va a librar de los castigos del Dios! Nosotros sufrimos para pagar nuestros pecados y los pecados de nuestro pueblo, pero con esto estamos calmando la ira de Dios. Pero a usted rey criminal y malvado, lo espera el terrible juicio de Dios y de Él no logrará librarse. Y Dios todo lo ve y todo lo sanciona. Mis hermanos después de haber sufrido estos tormentos han ido a la vida eterna. Pero a los enemigos de la religión les espera el castigo merecido por sus pecados. Yo, como hicieron mis hermanos, ofrezco mi vida por mi patria y por mi religión, para que tenga misericordia de nuestro pueblo y retire de nosotros los castigos que merecemos".


Al oír tales declaraciones el rey se llenó de furor y mandó que al séptimo y más joven de los hermanos lo atormentaran con mayor crueldad que a los demás. Y después de matarlo a él, hizo asesinar también a la santa heroica madre.


Feliz familia que en un solo día conquistó el reino de los cielos proclamando con valor que es preferible morir antes que renegar de la verdadera religión, la que nos enseñaron nuestros antepasados.


Cada día haz algo que tenga el sabor de amor y de servicio a quien no te lo pida.



Martirologio Romano En Madrid, en España, beato Bienvenido (José) de Miguel Arahal, Presbítero de los Terciarios Capuchinos de la Virgen de los Dolores y mártir, que, en el furor de la persecución contra la fe, derramó su sangre por Cristo (1936).

José de Miguel Arahal nace en Dos Hermanas (Sevilla) el 17 de junio de 1887.


Aprende las primeras letras en las escuelitas del pueblo y, a los doce años, se va con los terciarios capuchinos que tienen la Escuela de Reforma de San Hermenegildo, en su pueblo natal.


Al ser presentado en el convento de Monte Sión de Torrent al Venerable P. Luis Amigó, éste le dice: «Bienvenido seas, hijo mío», y Bienvenido será en lo sucesivo su nombre en religión.


El 15 de abril de 1905 hace su primera profesión religiosa y, seis años más tarde, emite sus votos perpetuos. En la primavera de 1920 es ordenado de presbítero. En la congregación de terciarios capuchinos desempeña los cargos de superior, maestro de novicios, consejero y vicario general y, finalmente, general de la congregación desde 1927 a 1932.


Durante su generalato impulsa la promoción vocacional, apoya la capacitación científica de los religiosos y propicia la apertura de la obra a Hispanoamérica. El P. Bienvenido trata siempre de inculcar las devociones que él mismo practica, especialmente a Jesús Sacramentado, a la Virgen de los Dolores, al Seráfico Padre San Francisco y al Sagrado Corazón de Jesús.


Cuando el 20 de julio de 1936 la Escuela de Reforma de Santa Rita de Madrid es asaltada, el P. Bienvenido sigue con su hábito y es el último en abandonarla. El 31 de julio, y acompañado a la fuerza por dos milicianos, hubo de acudir al Banco de Vizcaya primero, y luego al de España, a sacar los fondos de la Escuela.


Acto seguido le arrebatan el dinero y, conducido violentamente a la Pradera de San Isidro, allí fue asesinado.


Sus biógrafos nos trazan la semblanza del P. Bienvenido como un religioso de espíritu recto y fuerte, exigente consigo mismo y con los demás, adornado de grandes dotes de gobierno, muy tenaz en sus propósitos apostólicos, muy amante de la congregación y de su obra de reeducación de menores, gran promotor de vocaciones religiosas y sacerdotales, y de una profunda espiritualidad.


El 11 de marzo del año 2001, el papa Juan Pablo II lo beatificó junto a otros 232 mártires de la persecución religiosa en España.



Martirologio Romano: En Roma, beato Pedro Favre, presbítero. Fue el primero entre los miembros de la Compañía de Jesús que mantuvo duros trabajos en distintas regiones de Europa. Murió en la ciudad de Roma, mientras se dirigía al Concilio Ecuménico de Trento (1546).

Refiere el padre Diego Laínez que cuando, en 1535, San Ignacio salió de París para atender en España a su salud quebrantada, dejó "al buen maestro Pedro Fabro como hermano mayor de todos" los compañeros de un mismo ideal, consagrado meses antes con voto en la colina de Montmartre. Este era el Beato Fabro: el primer sacerdote de la Compañía, ordenado tres semanas antes de aquel voto, y el primer miembro de aquel grupo estable de hombres excepcionales que, con San Ignacio a la cabeza, habían de fundar una nueva Orden.


Oriundo del pueblecito de Villaret, parroquia de San Juan de Sixt, situado en las faldas del Gran Bornand en el ducado de Saboya, donde había visto la luz primera durante las alegrías pascuales de 1506, aquel sencillo y humilde pastorcito ya a los diez años había sentido una atracción irresistible hacia el estudio. Sus padres, movidos por las lágrimas del niño, se vieron obligados a modificar los planes que sobre él tenían y ponerle a estudiar, primero en el vecino pueblo de Thónes y a los dos años en La Roche, bajo la dirección del piadoso sacerdote Pedro Velliard, que le educó no menos en la doctrina que en el temor de Dios.


Siete años permaneció en aquella escuela, hasta que a los diecinueve de edad, en 1525, se dirigió a París para empezar el curso de artes o filosofía en el colegio de Santa Bárbara. La Providencia guiaba sus pasos para que, sin él preverlo ni pretenderlo, se fuese encontrando con sus futuros compañeros. En aquel colegio tuvo como maestro al español Juan de la Peña, el cual, a su vez, cuando encontraba alguna dificultad en la lectura de Aristóteles, se la consultaba a Pedro Fabro, porque "era buen griego". Maestro y discípulo compartían una misma habitación, en la que también por aquel mismo tiempo encontró alojamiento un condiscípulo de Fabro y de su misma edad, nacido solamente seis días antes que él: el navarro Francisco Javier. Más adelante, en octubre de 1529, se les juntó un tercer compañero, quince años mayor que ellos, destinado por Dios a ejercer un influjo decisivo en su vida: era Ignacio de Loyola. Esta convivencia y comunidad de estudios no podía menos de acercar a estos tres nobles espíritus; pero mientras Javier tardó todavía varios años en dejar sus planes de mundo; el dulce saboyano se rindió más fácilmente al ascendiente que sobre él ejercía Ignacio. Dios se valió de un difícil período de escrúpulos y luchas interiores para que Fabro se pusiese bajo la dirección de Ignacio, ya por entonces hábil maestro de espíritus. Cuatro años duró esta íntima comunicación, pero dos bastaron para que Fabro se decidiese a seguir a su compañero en una vida de pobreza y apostolado. Decisiva influencia ejercieron los ejercicios espirituales, que Fabro hizo con tanto rigor que estuvo seis días sin comer ni beber nada, y sin encender el fuego en el crudo invierno de París. Más adelante, según el testimonio del mismo San Ignacio, había de tener el primer lugar entre los que mejor daban los ejercicios.


Mientras se iba desarrollando esta transformación en el interior de Fabro avanzaban también sus estudios teológicos, hasta que el 22 de julio, fiesta de Santa María Magdalena, celebró su primera misa. El 15 de agosto siguiente, en la fiesta de la Asunción de María al cielo, pudo celebrarla cuando, junto con Ignacio, Francisco Javier, Nicolás de Bobadilla, Diego Laínez, Alonso Salmerón, Simón Rodrigues, hizo el voto de vivir en pobreza y de peregrinar a Jerusalén, y, en caso de resultar esto imposible en el espacio de un año, ponerse en Roma a la disposición del Papa; voto renovado en los dos años sucesivos, cuando, si bien estuvo ausente San Ignacio, se asociaron a los anteriores en 1535 el compatriota de Fabro Claudio Jayo y en 1536 los franceses Juan Coduri y Pascasio Broet.


Desde el voto de Montmartre las vidas de Ignacio y de sus compañeros se funden en una sola, aun cuando el curso de los acontecimientos iba a conducir a unos y a otros por caminos del todo distintos. En noviembre de 1536 Fabro y los demás se encaminaban a Venecia con intención de poner en práctica su voto jerosolimitano. Allí se reúnen con Ignacio, que les espera, según lo convenido. Mientras aguardan el tiempo en que debía hacerse a la vela la nave peregrina, se reparten por los hospitales de la ciudad y se ejercitan en las obras de caridad y de celo. Obtenido el necesario permiso de Roma, asisten con los demás peregrinos a la procesión del Corpus el 31 de mayo. En el mes de junio de aquel año 1537 reciben todos los que no eran sacerdotes las sagradas órdenes. Todo estaba preparado para la partida cuando un hecho inesperado se la impidió. Ante el peligro inminente de una guerra entre Venecia y el Turco no salió ninguna nave para Tierra Santa, hecho éste que no había ocurrido desde hacía años y tardó mucho tiempo en volver a repetirse. Los primitivos historiadores hacen constar esta circunstancia, haciendo ver en ella la mano de la Providencia, que tenía otros designios sobre aquel puñado de hombres dispuestos a las más grandes empresas.


Mientras los demás se repartieron por diversas ciudades en espera de nuevos acontecimientos, Ignacio, Fabro y Laínez en el otoño se encaminan a Roma. En el camino, poco antes de entrar en la Ciudad Eterna, Ignacio recibió la célebre visión, que, por el lugar donde ocurrió, suele ser llamada de La Storta. En ella Dios le prometió para él y los suyos una especial protección en Roma. Bien pronto el papa Paulo III se sirvió de aquellos hombres que se habían puesto a su servicio directo. A Fabro le confió la enseñanza de la Sagrada Escritura en la universidad de La Sapienza (noviembre de 1537 a mayo de 1539). A partir de esta fecha comienza para Fabro la serie ininterrumpida de sus misiones apostólicas, que le obligaron a recorrer en un sentido u otro casi toda Europa, de Roma a Colonia, de Ratisbona a Lisboa.


En la trama complicada de sus viajes continuos hay dos hilos orientadores que señalan una doble dirección. Ignacio quería que Fabro diese impulso a la Compañía, sobre todo en Portugal y España. El Papa y el mismo San Ignacio querían valerse de su poder de atracción para salvar a las ovejas perdidas en las regiones protestantes. Un breve recorrido sobre los hechos externos de su vida nos presenta el siguiente cuadro de actividades: En octubre de 1540 parte hacia Alemania como teólogo del doctor Ortiz, consejero del emperador, acompañándole en los coloquios de Worms y de Espira y en la Dieta de Ratisbona. Allí le llega la orden de San Ignacio de encaminarse a España. Parte el 21 de julio de 1541, y, atravesando Baviera, el Tirol, su tierra saboyana, en la que se detiene diez días de intenso trabajo apostólico, por Francia entra en España. Cuatro meses han sido necesarios para este viaje de Ratisbona a Madrid. Apenas han pasado cinco meses, y le llega la orden de regresar nuevamente en compañía del cardenal Morone a Alemania. Seis meses se detiene en Espira. El cardenal Alberto de Brandeburgo le invita a Maguncia y allí conquista para la Compañía a Pedro Canisio, joven entonces de veintidós años y futuro apóstol de Alemania. En agosto y septiembre de 1543 le encontramos en Colonia. Pero no podía permanecer mucho tiempo en un mismo sitio. Esta vez le llega la orden de partir para Portugal; pero, cuando se dispone a emprender el viaje, pierde la ocasión de embarcarse en Amberes. En Lovaina cae enfermo. El nuncio en Renania, Juan Poggi, recibe la autorización para retenerle en Colonia, y en esta ciudad permanece seis meses, parte trabajando para desarraigar la herejía, parte dedicando su apostolado a los católicos y en íntimo trato con los cartujos colonienses. Por todo ello se aficiona a la ciudad del Rhin más que a ninguna otra. Pero Portugal sigue reclamándole, y en agosto de 1544 llega por mar a Lisboa, de donde pasa a Evora y a Coimbra. En mayo de 1545 se traslada por segunda vez a España, visitando Salamanca, Valladolid, Madrid, Toledo y otras ciudades de Castilla. Por entonces su salud empieza a debilitarse y se ve forzado a guardar cama en Madrid. Una nueva llamada parte desde Roma el 17 de febrero de 1546, la última de todas. Es menester que se ponga en camino para ir a Trento y juntarse con los padres Laínez y Salmerón, que trabajan en el concilio. Esta vez hace el viaje pasando por el reino de Valencia, llegando hasta Gandía, donde puso la primera piedra del colegio de la Compañía fundado por el duque Francisco de Borja. En Barcelona vuelve a sentirse enfermo y se ve forzado a detenerse tres semanas. Pero era necesario obedecer a la orden del Papa. Se embarca y llega a Roma cuando los calores son más intensos. A los pocos días sus fuerzas sucumben, y el 1º de agosto de 1546, fiesta de las cadenas de San Pedro, ve romperse las que a él le tenían atado a la tierra. Contaba entonces cuarenta años y cuatro meses de edad, y expiraba exactamente diez años antes que San Ignacio.


Pero en el Beato Fabro, más que la sucesión de los hechos externos, cautiva el encanto que emana de toda su persona. Los testigos del proceso de 1596 nos lo presentan como de mediana estatura, rubio de cabello, de aspecto franco y devoto, dulce y maravillosamente gracioso. Ejercía sobre todos los que le trataban un extraordinario poder de captación. A esto se añadía un talento, que era una especie de carisma, en el arte de conversar. Más que en los púlpitos le vemos actuar en el trato penetrante y espiritual con las más variadas personas, desde los grandes de la tierra y los dignatarios eclesiásticos hasta la gente sencilla, que le recordaba su origen montañés. Por su hablar y su obrar parece un precursor de su compatriota San Francisco de Sales, que tanto le estimó, y que dejó de él un hermoso elogio en su Introducción a la vida devota. Por su mansedumbre y caridad ha sido también comparado con San Bernardo. "¿Es un hombre, o no es más bien un ángel del cielo?", dirá de él San Pedro Canisio.


No todo en él era efecto de un natural excepcionalmente dotado. Por encima de sus cualidades descuella una virtud aparentemente sencilla, pero en la que es fácil encontrar rasgos de verdadero heroísmo. Su alma de niño no excluyó durante la infancia y juventud las luchas de la pasión. De ahí más adelante la angustia en que le sumergieron los escrúpulos. Su misma atracción hacia los ideales más elevados no excluye que sintiese la inclinación hacia una carrera seglar en el mundo. Pero él resistió a todo. Ya a los doce años consagró a Dios, con voto, su castidad. Más adelante hizo aquel otro tan revelador de su fina sensibilidad: el de no acercar jamás su rostro al de ningún niño; que eso pudiese ocurrirle con personas mayores, ni pensarlo siquiera. No es de maravillar que un alma tan pura sintiese como nadie el atractivo de la oración.


Su Memorial, o diario espiritual, en el que durante los últimos cuatro años de su vida dejó un reflejo de su alma, nos descubre con una ingenuidad espontánea su intensa vida de oración. Todo le sirve para elevarse a Dios, En todas las partes por donde pasa encuentra objetos de culto. Venera con singular devoción las reliquias de los santos —y esto es en él característico— venera con singular devoción a los ángeles de los poblados por donde pasa y de las personas con quien trata. A todos encomienda a Dios en sus oraciones, y la oración, junto con su trato exquisito, se convierte en su principal arma de apostolado. Oraba especialmente por ocho personas, y esta oración es significativa porque nos revela hacia dónde convergían los anhelos de su alma apostólica: el Sumo Pontífice, el emperador, el rey de Francia, el rey de Inglaterra, Lutero, el sultán de Turquía, Bucero y Melanchton. A estos dos últimos herejes había tenido ocasión de combatirlos en Colonia. Como, entre todas, le atraían especialmente las almas más necesitadas, de ahí sus ansias por la salvación de Alemania, su voto de ofrecer todas sus energías por aquel país: punto éste que le acerca a su hijo espiritual San Pedro Canisio.


En un alma tan privilegiada no podía faltar la característica del sufrimiento. En el Beato Fabro la ocasión de su dolor radicaba en su temperamento, extremadamente sensible. Era una lira que vibraba al menor roce, y las impresiones le llegaban hasta lo más hondo del alma. En un sujeto así pueden imaginarse las luchas interiores que tuvo que sostener. En su juventud fueron las intranquilidades de conciencia y los estímulos de la pasión. Más adelante fue la oscilación constante entre los planes que soñaba y el abatimiento al ver que no podía realizarlos. Versátil, de humor desigual, creyendo a veces haberlo conseguido todo, otras teniéndolo todo por irremisiblemente perdido. Tremendamente irresoluto, sufrió el tormento de la indecisión. Reconocía en sí mismo el defecto de querer abrazar demasiado, no sabiendo aferrar las cosas y las situaciones conforme aconsejaba la razón. De ahí un complejo de pusilanimidad, matizado de melancolía. Pero el Beato no se dejó arrastrar por sus tendencias temperamentales. Procuró combatir la desconfianza con el recurso constante a Dios. San Pedro Canisio nos dirá que luchó contra el espíritu de temor y desconfianza que le atormentaba. Meta suprema para él, la estabilidad del corazón, estorbada tanto por la tristeza infundada como por la vana alegría. La sensación de insuficiencia quedó en él transformada por la gracia en una maravillosa humildad, y esta virtud, a su vez, animó los demás aspectos de su espiritualidad: su caridad, su celo de las almas, pero, sobre todo, su oración. Además del recurso a Dios, su salvación fue la obediencia a sus superiores. La carta ignaciana de la obediencia se hizo letra viva en el Beato Fabro.


Obediencia la suya que llegó al heroísmo. Cuentan que, al salir de Barcelona con el cuerpo enfermo, a quien le disuadía de emprender semejante viaje le respondió: “No es necesario que yo viva, pero es necesario que obedezca". Y por obediencia murió, a semejanza de Jesucristo.


Años después San Francisco de Sales se mostró maravillado de que su compatriota no hubiese sido honrado como otros. Pero tampoco al Beato Fabro le faltó este tributo de la veneración y aun del culto; culto que, aunque muy tarde, reconoció finalmente la suprema autoridad del papa Pío IX el 5 de septiembre de 1872.



Martirologio Romano: En el bosque cercano a la ciudad de Nowogródek, en Polonia, beatas María Estrella del Santísimo Sacramento (Adelhéidis, Adela en castellano) Mardosewicz y sus diez compañeras, de la Congregación de las Hermanas de la Sagrada Familia de Nazaret, vírgenes y mártires. En los funestos tiempos de guerra, fusiladas por los enemigos de la fe, entraron en la gloria de los cielos (1943).

Juan Pablo II beatificó el domingo 5 de marzo de 2000 a la hermana María Estrella Mardosewicz y sus diez compañeras polacas mártires, que murieron en 1940 en Nowogrodek, Bielorrusia, tras pedir a la Gestapo tomar el lugar de 120 civiles arrestados.


Las religiosas, de entre 27 y 54 años, pertenecían a la Congregación de la Sagrada Familia de Nazaret -comúnmente llamadas nazarenas- y habitaban un convento fundado en la zona en 1929, cuando ésta pertenecía a Polonia. Allí dirigían una escuela primaria en la que educaban a niños polacos, tártaros y judíos y se encargaban de atender la iglesia local.


Al momento de la ocupación nazi las religiosas aguardaban su deportación a campos de concentración en Alemania, pero inesperadamente fueron llevadas a un bosque cercano a Nowogrodek y allí asesinadas al borde de una fosa común abierta para ellas.


Pasada la guerra pudo comprobarse que murieron de rodillas, con los hábitos puestos y rosarios o cruces en sus manos. Sólo se les había hecho quitar las tocas para recibir el tiro de remate en la cabeza.


La hermana Malgorzata Banas, que no fue conducida con las demás a la muerte, siguió viviendo en la sacristía de la iglesia y preservó secretamente el Santísimo Sacramento, incluso durante la ocupación soviética, hasta su fallecimiento en 1966.


Las once religiosas asesinadas fueron reconocidas como mártires tanto polacas como bielorrusas porque "las nazarenas siempre estuvieron abiertas a distintos grupos étnicos y religiosos, y su ejemplo puede servir para entablar puentes" en la región, donde no hay buenas relaciones entre la mayoría ortodoxa y los católicos.


Sus nombres:

Beata María Imelda de Jesús Hostia (Hedwigis Carolina) Zak,

María Raimunda de Jesús y María (Ana) Kukolowicz,

María Daniela de Jesús y María Inmaculada (Eleonora Aniela) Jozwik,

María Canuta de Jesús en el Huerto de Getsemaní (Josefa) Chrobot,

María Sergia de la Virgen Dolorosa (Julia) Rapiej,

María Guidona de la Divina Providencia (Helena) Cierpka,

María Felicidad (Paulina) Borowik,

María Heliodora (Leocadia) Matuszewska,

María Canisia (Eugenia) Mackiewicz y

María Boromea (Verónica) Tarmontowicz.


El proceso de beatificación se había iniciado en Varsovia en 1991, año en el que los restos de las religiosas fueron trasladados a la parroquia de Nowogrodek.


La congregación de la Sagrada Familia de Nazaret fue fundada en 1875 por Sor Franciszka Siedliska, beatificada en 1989, y tiene más de 1.750 miembros alrededor del mundo.



Martirologio Romano: Memoria de san Ignacio de Loyola, presbítero, quien, nacido en el País Vasco, en España, pasó la primera parte de su vida en la corte como paje del contador mayor hasta que, herido gravemente, se convirtió. Completó los estudios teológicos en París y conquistó sus primeros compañeros, con los que más tarde fundaría en Roma la Compañía de Jesús, ciudad en la que ejerció un fructuoso ministerio escribiendo varias obras y formando a sus discípulos, todo para mayor gloria de Dios (1556).

San Ignacio de Loyola supo transmitir a los demás su entusiasmo y amor por defender la causa de Cristo.


Un poco de historia


Nació y fue bautizado como Iñigo en 1491, en el Castillo de Loyola, España. De padres nobles, era el más chico de ocho hijos. Quedó huérfano y fue educado en la Corte de la nobleza española, donde le instruyeron en los buenos modales y en la fortaleza de espíritu.


Quiso ser militar. Sin embargo, a los 31 años en una batalla, cayó herido de ambas piernas por una bala de cañón. Fue trasladado a Loyola para su curación y soportó valientemente las operaciones y el dolor. Estuvo a punto de morir y terminó perdiendo una pierna, por lo que quedó cojo para el resto de su vida.

Durante su recuperación, quiso leer novelas de caballería, que le gustaban mucho. Pero en el castillo, los únicos dos libros que habían eran: Vida de Cristo y Vidas de los Santos. Sin mucho interés, comenzó a leer y le gustaron tanto que pasaba días enteros leyéndolos sin parar. Se encendió en deseos de imitar las hazañas de los Santos y de estar al servicio de Cristo. Pensaba: “Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, también yo puedo hacer lo que ellos hicieron”.


Una noche, Ignacio tuvo una visión que lo consoló mucho: la Madre de Dios, rodeada de luz, llevando en los brazos a su Hijo, Jesús.

Iñigo pasó por una etapa de dudas acerca de su vocación. Con el tiempo se dio cuenta que los pensamientos que procedían de Dios lo dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad. En cambio, los pensamientos del mundo le daban cierto deleite, pero lo dejaban vacío. Decidió seguir el ejemplo de los santos y empezó a hacer penitencia por sus pecados para entregarse a Dios.

A los 32 años, salió de Loyola con el propósito de ir peregrinando hasta Jerusalén. Se detuvo en el Santuario de Montserrat, en España. Ahí decidió llevar vida de oración y de penitencia después de hacer una confesión general. Vivió durante casi un año retirado en una cueva de los alrededores, orando.


Tuvo un período de aridez y empezó a escribir sus primeras experiencias espirituales. Éstas le sirvieron para su famoso libro sobre “Ejercicios Espirituales”. Finalmente, salió de esta sequedad espiritual y pasó al profundo goce espiritual, siendo un gran místico.

Logró llegar a Tierra Santa a los 33 años y a su regreso a España, comenzó a estudiar. Se dio cuenta que, para ayudar a las almas, eran necesarios los estudios.


Convirtió a muchos pecadores. Fue encarcelado dos veces por predicar, pero en ambas ocasiones recuperó su libertad. Él consideraba la prisión y el sufrimiento como pruebas que Dios le mandaba para purificarse y santificarse.


A los 38 años se trasladó a Francia, donde siguió estudiando siete años más. Pedía limosna a los comerciantes españoles para poder mantener sus estudios, así como a sus amigos. Ahí animó a muchos de sus compañeros universitarios a practicar con mayor fervor la vida cristiana. En esta época, 1534, se unieron a Ignacio 6 estudiantes de teología. Motivados por lo que decía San Ignacio, hicieron con él voto de castidad, pobreza y vida apostólica, en una sencilla ceremonia.

San Ignacio mantuvo la fe de sus seguidores a través de conversaciones personales y con el cumplimiento de unas sencillas reglas de vida. Poco después, tuvo que interrumpir sus estudios por motivos de salud y regresó a España, pero sin hospedarse en el Castillo de Loyola.


Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros que se encontraban en Venecia y se trasladaron a Roma para ofrecer sus servicios al Papa. Decidieron llamar a su asociación la Compañía de Jesús, porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Paulo II convirtió a dos de ellos profesores de la Universidad. A Ignacio, le pidió predicar los Ejercicios Espirituales y catequizar al pueblo. Los demás compañeros trabajaban con ellos.


Ignacio de Loyola, de acuerdo con sus compañeros, resolvió formar una congregación religiosa que fue aprobada por el Papa en 1540. Añadieron a los votos de castidad y pobreza, el de la obediencia, con el que se comprometían a obedecer a un superior general, quien a su vez, estaría sujeto al Papa.


La Compañía de Jesús tuvo un papel muy importante en contrarrestar los efectos de la Reforma religiosa encabezada por el protestante Martín Lutero y con su esfuerzo y predicación, volvió a ganar muchas almas para la única y verdadera Iglesia de Cristo.

Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, dirigiendo la congregación y dedicado a la educación de la juventud y del clero, fundando colegios y universidades de muy alta calidad académica.


Para San Ignacio, toda su felicidad consistía en trabajar por Dios y sufrir por su causa. El espíritu “militar” de Ignacio y de la Compañía de Jesús se refleja en su voto de obediencia al Papa, máximo jefe de los jesuítas.


Su libro de “Ejercicios Espirituales” se sigue utilizando en la actualidad por diferentes agrupaciones religiosas.

San Ignacio murió repentinamente, el 31 de julio de 1556. Fue beatificado el 27 de julio de 1609 por Pablo V, y canonizado en 1622 por Gregorio XV.


¿Qué nos enseña su vida?



Martirologio Romano En Skövde, en Suecia, santa Elena, viuda, a quien se considera mártir por haber sido injustamente asesinada (c. 1160).

Mártir de la primera mitad del siglo XII. Su fiesta se celebra el 31 de julio.


Su vida (Acta SS., Julio, VII, 340) es atribuida a San Brynolph, Obispo de Skara, en Suecia (+ 1317).


Provenía de una noble familia y se le conoce como la hija de Jarl Guthorm. Cuando su esposo murió permaneció viuda, dedicándose a la caridad y a la piedad; las puertas de su casa estaban siempre abiertas para los necesitados, y la iglesia de Skövde fue casi enteramente construida a sus expensas.


El marido de su hija era un hombre muy cruel, y como consecuencia fue asesinado por sus propios sirvientes. Sus familiares, deseando vengar su muerte, examinaron a los sirvientes. Estos admitieron el crimen, pero afirmaron falsamente que habían actuado por instigación de Elena.


Entonces marchó en peregrinación a Tierra Santa, pero en su regreso fue asesinada por el año 1160 en Gothene. Por los mismos familiares de su marido. Su cuerpo fue llevado a Skövde para ser enterrado, y muchas curaciones maravillosas sucedieron por su intercesión.


El informe de estos milagros fue enviado a Roma por Esteban, el arzobispo de Upsala, y éste, por orden del papa Alejandro III, en 1164 inscribió su nombre en la lista de santos canonizados (Benedicto XIV, "De canonizatione sanctorum", I, 85). Grande fue la veneración a sus reliquias, incluso después de que la Reforma se extendió en Suecia. Cerca de su iglesia estuvo un santo bien conocido en sus días como San Lene Kild.


Varias veces las autoridades luteranas censuraron este rescoldo de lo que ellos llamaron superstición papal y anticristiana. Especialmente celoso en este sentido fue el arzobispo Abraham, quien llenó todas las fuentes de agua con piedras y escombros (Baring-Gould, "Lives of the Saints", July, II, 698).


La tumba y manantial de Santa Elena (de Santa Elin) fueron también veneradas en Tiisvilde, en la parroquia de Tibirke, en la isla de Zealand. Había peregrinaciones cada verano, muchos lisiados y enfermos iban; permanecían toda la noche junto a la sepultura, se llevaban bolsas de tierra de allí, y frecuentemente dejaban sus bastones o exvotos en señal de agradecimiento.


Tal fue el informe enviado en 1658 desde Copenhague a los Bollandistas por el jesuita Lindanus. Un informe similar hizo Werlaiff, en 1858, en su "Hist. Antegnelser". La leyenda dice que el cuerpo de Santa Elena llegó flotando hasta Tiisvilde en un ataud de piedra, y que una fuente brotó donde el ataud tocó tierra. Los Bollandistas (loc. cit.) dan una posible razón para su veneración en Tiisvilde, que quizás Santa Elena había visitado el lugar, o que alguna de sus reliquias había sido llevada allí.



Martirologio Romano: En Cesarea de Mauritania, san Fabio, mártir, que, por haberse negado a llevar la bandera del gobernador en una junta de la provincia, fue encarcelado y, como permaneciese fiel en la confesión de Cristo, condenado a muerte por el juez (303/304).

Etimología: Fabio = el que cultiva las habas. Viene de la lengua latina.


Fabio fue un mártir del siglo IV. Era un cristiano y un militar en el ejército imperial. Todo un grave problema para su conciencia.


El dilema que se le planteaba era el siguiente: ¿se puede ser creyente y soldado a la vez?. El hecho de ser militar no implicaba que no se pudiese practicar y vivir la fe en Cristo.


En el caso de Fabio, soldado cristiano en Mauritania, Africa, diríamos que es único.


En una reunión militar hubo un desfile de las legiones que eran elegidas entre los soldados más valientes.


Fabio, como cristiano, rechazó aquellos honores e insignias.


¿Por qué rechazó las insignias?

Porque llevaban las efigies de los emperadores Diocleciano y Maximiliano.


Eran imágenes que intentaban divinizar a estos dos jefes supremos del imperio.


Una vez que se dieron cuenta deque no tomaba parte en la parada militar, lo llevaron a la cárcel.


La policía militar lo sometió a un juicio severo. Los tribunales ordenaron que se le diese muerte por desacato a la autoridad. Murió en Cesarea de Mauritania.


¡Felicidades a quien lleve este nombre!


Comentarios al P. Felipe Santos: fsantossdb@hotmail.com



Fundador de la Congregación de

Clérigos Apostólicos de San Jerónimo (Jesuatos)


Martirologio Romano: En Acquapendente, de la Toscana, tránsito del beato Juan Colombini, rico comerciante que, dejándolo todo, abrazó la pobreza. Con los que le siguieron fundó la Orden de los Jesuatos, a quienes quiso pobres de Cristo y desposados con la dama Pobreza (1307).

Avaricioso, adinerado y mal genio eran las palabras que mejor podían describir a este hijo de patricia familia nacido hacia el año 1304. Abogado de profesión, fue el primer magistrado (Gonfalionere) de Siena, Italia. Padre de dos hijos: Pedro y Ángela.


Con su familia y amigos, vivía etapas de enojo seguidos de períodos de mortificación y aborrecimiento a si mismo.


Convertido a la fe mientras leía la historia de la conversión de Santa María de Egipto, reformó su vida personal y empresarial visitando hospitales, atendiendo a los enfermos y ayudando a los pobres, personalmente siente un llamado a la pobreza y se va alejando de su vida social.


Varios años después de su cambio, murió su hijo y su hija entró a un convento. Decidió destinar parte de su fortuna para crear una anualidad que le permitiera a su esposa vivir confortablemente, y usó el resto de su dinero para equipar un hospital y ayudar a dos conventos. Desde ese momento el vivió en total pobreza debiendo rogar para conseguir su pan diario.


Algunos hombres comenzaron a ser sus seguidores, muchos de ellos eran jóvenes de familias adineradas que estaban desilusionados por sus estilos de vida, que sintiendo la llamada de Dios donaban sus fortunas para ayudar a los más pobres. Las elites de su localidad demandan el exilio de Juan ya que estaba ya que él estaba llevando a los más prometedores jóvenes de la ciudad hacia la "tontería".


Con su pequeño grupo de hombres fundó, en el año 1335, a los Clérigos Apostólicos de San Jerónimo, comúnmente llamados "jesuatos" por el frecuente uso que hacían de jaculatorias como «Jesús sea alabado». Era una congregación de seglares consagrados a la plegaria, la penitencia y a la caridad. El Papa Urbano V, en el año 1367, aprobó esta congregación con la condición que establecieran monasterios propios. Su hábito estaba formado por una túnica blanca, con capucha cuadrada y un manto gris-marrón. Era una orden menor, hasta que en 1606 se les permitió tener uno o dos sacerdotes por convento.


Juan Colombini murió camino a Acquapedente, apenas 35 días después de la aprobación de su congregación.


Los jesuatos se divulgaron por muchos lugares, pero cayeron en la relajación por lo que el Papa Clemente IX los suprimió como instituto en 1668.


Fue beatificado por S.S. Gregorio XIII


Los jesuatos algunas veces han sido confundidos con los jesuitas, pero claramente son dos ordenes muy distintas.



Martirologio Romano: En el valle Alighede, en Etiopía, san Justino de Jacobis, obispo, de la Congregación de la Misión, manso y lleno de caridad, que se entregó al apostolado y a la formación del clero indígena, teniendo que sufrir pronto hambre, sed, tribulaciones y la cárcel (1860).

Justino Sebastián Pascual de Jacobis nació el 9 de octubre de 1800 en San Fele (Basilicata, actualmente provincia de Potenza, Italia). Era el séptimo de los 14 hijos de una familia enriquecida con nobles tradiciones y una vida profunda de fe religiosa. El 17 de octubre de 1818, ingresó en la Congregación de la Misión, en el noviciado de la provincia napolitana. El 18 de octubre de 1820 emitió los votos, y el 12 de junio de 1824 recibió la ordenación sacerdotal de manos del arzobispo de Brindisi, mons. Domenico Maria Tedeschi.


Durante quince años ejerció con edificante piedad y prudente celo el ministerio sacerdotal en el sur de Italia, distinguiéndose sobre todo en la asistencia a los enfermos del cólera durante la epidemia de 1836. También dirige misiones al pobre pueblo, predica ejercicios espirituales y desarrolla otras actividades de caridad. Por un año ejerce el oficio de director del Seminario Interno, en Nápoles; luego es nombrado superior.


En 1838, tras muchas insistencias del cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, aceptó marchar a la misión de Abisinia (Etiopía), confiada a la Congregación de la Misión. Su intensa vida apostólica está salpicada de complejas dificultades, entre ellas las delicadas relaciones con las autoridades del lugar y la Iglesia copto-ortodoxa, que evidenciaron los talentos y la capacidad organizativa del misionero.


La prefectura de Abisinia fue elevada a la categoría de vicariato apostólico y el “Abuna Yacob Mariam”, como cariñosamente le llamaban los fieles, es nombrado obispo titular de Nilopoli y Vicario apostólico de Abisinia el 6 de junio de 1847. Es consagrado obispo en 1849 y durante veinte años desarrolla un intenso trabajo misionero y ecuménico. Estaba a la total disposición de las gentes que evangelizaba y supo hacerse todo a todos, como el mismo San Pablo. Les decía: “El Espíritu Santo ha puesto en mi corazón un gran amor por los cristianos etíopes... Si Dios me concede uno, dos o más días de vida, los emplearé en vuestro bien, pues para vosotros me los reserva Dios. Vosotros sois los dueños de mi vida, pues para vosotros me la ha dado Dios”.


En 1854, al negarse a abandonar Gondar y Abisinia, después de diversos acontecimientos fue encarcelado. Liberado y después expulsado de nuevo, evitó la captura refugiándose en las montañas de Semien. Otras pruebas morales y físicas templaron el espíritu de Justino de Jacobis; la fama de sus virtudes y su heroico apostolado echaban raíces fecundas de una evangelización de la que todavía hoy se manifiestan las huellas de las líneas trazadas por él. Murió en el Valle de Aligadé el 31 de julio de 1860.


El 28 de julio de 1935 fue publicado el decreto sobre la heroicidad de sus virtudes, y el 25 de junio de 1939 Pío XII lo proclamó beato. El Papa Pablo VI lo canonizó el 26 de octubre de 1975.



Etimología: Beatriz = la que hace feliz, del latín.

Había la costumbre en los monasterios belgas del siglo XI de admitir para el coro a las chicas de buenas familias de la alta burguesía. Las otras, incultas, entraban solamente en calidad de conversas. Recibían la ayuda de familias importantes, como los Brabantes o Tirlemont.


Beatriz, la benjamina de seis hermanos, era hija de esta última familia. Nació en Tirlemont (Bélgica) en 1200.


Su padre, el Beato Bartolomé, ingresó como lego cisterciense al fallecer su mujer. Ayudó a construir otros tres Monasterios de Monjas, como el Oplinter y el de Nazaret.


A los 17 años Beatriz ingresó en este último cerca de Lier en Brabant, siendo después la superiora durante muchos años. Pero no porque fuera hija del padre de la fundación del monasterio, sino porque brillaba ante todos por su virtud, su piedad y su generosidad sin límites.


Se habla de que en sus primeros años le sucedió como a san Bernardo, entregándose a penitencias más para admirar que para imitar, cosa frecuente en los principiantes, quienes al meditar la pasión de Cristo que dio su vida por nosotros en la cruz entre indecibles tormentos, se suscita en ellos un ansia de inmolarse por amor a él. San Bernardo lamentará más tarde tales excesos de juventud, pues toda la vida tendrá que luchar para mantenerse en pie. Igual le pasó a Beatriz: se entregó a severas austeridades, entre ellas usando un cinturón de espinas y comprimiendo su cuerpo con cuerdas y más tarde pagaría el coste de aquellas penitencias indiscretas.


Luego de profesar, la enviaron al monasterio de La Ramee para que se perfeccionase en la caligrafía e iluminación de manuscritos, habiendo resultado una excelente maestra en el arte de iluminar pergaminos. Allí se encontró con una religiosa santa - Ida de Nivelles - la cual le serviría de maestra y como madre espiritual, gracias a su perfecta preparación y experiencia en los caminos de Dios de que estaba adornada. Se dio cuenta Beatriz que esta religiosa se esmeraba demasiado en atenderla, y como le preguntara cómo era que dedicaba tanto tiempo a ayudarla espiritualmente, la contestación fue porque veía claro que Dios la había elegido para grandes cosas. Palabras proféticas que se cumplirían con creces.


Beatriz se esmeró en seguir de cerca los pasos de su maestra, viviendo una espiritualidad centrada toda ella en el amor. Fijándose en dos textos de San Juan: "El amor procede de Dios", es decir, el amor pertenece a la razón, a la afectividad y a la voluntad, siendo Dios mismo el sujeto en el obrar, y a la vez, "Dios es amor", el amor entendido como medio por el cual Dios se manifiesta a la criatura y a quien ésta puede contestar, dio por resultado de esta experiencia mística la obra preciosa titulada: "De siete modos de practicar el amor", la cual según quienes la han estudiado a fondo es un tratado que contiene una belleza singular. "Su estilo es sobrio y sus frases muy elegantes; su exposición neta y clara; la prosa es dulce y ágil con lindas asonancias y rimas muy naturales. La autora posee una inteligencia excepcional, logra expresar magistralmente en el plano de la forma y del pensamiento sus experiencias místicas extraordinarias... El tratado es muy sintético, cada palabra tiene su peso y su valor... dejándonos seducir por su mensaje, a través de la belleza literaria del texto, que, más que toda otra cosa, expresa la belleza de su alma y es testimonio de su búsqueda absoluta del amor".


Escrito en flamenco medieval, resume las siete maneras de amar santamente. Su descripción experiencial es una gozada por la forma y la sencillez de cómo el alma se acerca a Dios.


Las tres experiencias activas son ´el amor purificante, el amor devorante y amor elevante´, a las que siguen cuatro pasivas: amor infuso, amor vulnerado, amor triunfante y amor eterno.


Escribió otras obras. Sus lecturas preferidas eran la Biblia y los tratados sobre la Santísima Trinidad.


Se cuenta que le apareció Nuestro Señor y le perforó el corazón con una flecha incandescente...


Murió en el año 1269. Sus restos hubo que esconderlos para que los calvinistas no los profanaran y se ha creído que su cuerpo fue trasladado por ángeles para Lier.



Martirologio Romano: En Nídaros (hoy Trondheim), ciudad de Noruega, san Olav, mártir, que siendo rey de su pueblo, lo liberó de la idolatría y propagó con gran diligencia la fe cristiana que había conocido en Inglaterra, pero finalmente, atacado por sus enemigos, murió asesinado

Etimología: Olaf = Herencia de los ancestros, del noruego


Nació en el año 995 y murió en el 1030.


Fue hijo del rey Harald Grenske de Noruega. De acuerdo a Snorre, fue bautizado en el 998 en Noruega, pero probablemente lo fue por el 1010 en Rouen, Francia, por el Arzobispo Robert. Durante su juventud fue a Inglaterra como vikingo, donde tomó parte en muchas batallas y se volvió seriamente interesado por el cristianismo. Luego de muchas dificultades fue elegido rey de Noruega y cumplió su objetivo de extirpar el gentilismo y hacer a la religión Cristiana la base de su reino.


Él es el gran legislador noruego para la Iglesia y como su ancestro (Olaf Trygvesson), lanzó frecuentemente severos ataques a la fe antigua y a las costumbres, demoliendo los templos y construyendo iglesias cristianas en esos lugares.


Trajo a muchos obispos y sacerdotes de Inglaterra, como el rey San Cnut lo hiciera después en Dinamarca. Algunos de ellos son conocidos por nombre (Grimkel, Sigfrid, Rudolf, Bernhard). Pareciera que hubo tomado las condiciones anglo-sajonas como modelo para la organización eclesiástica de su reino. Pero al final, la exasperación contra él se tornó tan fuerte que los clanes se rebelaron contra él y acudieron al rey Cnut de Dinamarca e Inglaterra por ayuda. Esta fue gustosamente dada, así que Olaf fue expulsado y Cnut elegido rey de Noruega. Se debe recordar que el resentimiento contra Olaf era debido no sólo contra su ser cristiano, sino también en un alto grado a su valerosa lucha contra la vieja constitución del condado y por la unión de Noruega.


Él, es de este modo mirado por los noruegos de nuestros días como un gran campeón de la independencia nacional, y católicos y protestantes cercanos pueden encontrar en San Olaf a un gran modelo.


Después de dos años de exilio retornó a Noruega con un ejército y se encontró con los que se le rebelaron en Stiklestad, donde la celebrada batalla se llevó a cabo el 29 de Julio de 1030. Ni el rey Cnut ni los daneses tomaron parte de esta batalla. El rey Olaf luchó con gran coraje y valor, pero fue mortalmente herido y cayó en el campo de batalla, rezando "Dios ayúdame". Muchos hechos milagrosos son relatados en relación con su muerte y su exhumación un año más tarde, luego que la creencia en su santidad se había expandido a gran distancia.


Sus amigos, el Obispo Grimkel and Einar Tambeskjelver, pusieron su cuerpo en el ataúd y lo ubicaron en el altar mayor de la iglesia de San Clemente, en Nidaros (ahora Trondhjem). Desde ahí, Olaf ha sido tomado como un santo no sólo por la gente de Noruega sino también por la gente de Roma. Su culto se expandió anchamente en la edad media, no solo en Noruega sino también en Dinamarca y Suecia, incluso en Londres hay en Hart Street una iglesia de San Olaf, dedicada al canonizado rey de Noruega. En 1856 una gran iglesia de San Olaf fue construida en Christiania, capital de Noruega, donde una gran reliquia de San Olaf (donación del museo royal danés) es preservada y venerada. El escudo de armas de Noruega es un león con el hacha de armas de San Olaf en la pata delantera.



Martirologio Romano: En Roma, en la basílica de San Pedro, beato Urbano II, papa, que defendió la libertad de la Iglesia de las intromisiones de los laicos, luchó contra los clérigos simoníacos e indignos y, en el Concilio de Clermont, exhortó a los soldados cristianos a que, con el signo de la cruz, liberasen a sus hermanos cristianos de la opresión de los infieles y recuperasen el sepulcro del Señor, que estaba su poder (1099).

Nacido de una familia de caballeros en Châtillon-sur-Mame, provincia de Champagne, alrededor de 1042; muerto el 29 de julio de 1099. Bajo la dirección de San Bruno (posteriormente fundador de los cartujos), Otto estudió en Reims, donde más tarde llegó a ser canónigo y archidiácono. Alrededor de 1070 se retiró a Cluny y allí profesó bajo el gran abad San Hugo. Después de ocupar el cargo de prior fue enviado por San Hugo a Roma como uno de los monjes solicitados por Gregorio VII, y fue de gran ayuda para Gregorio en la difícil tarea de reformar la Iglesia. En 1078 se convirtió en Cardenal Obispo de Ostia y consejero y asistente principal de Gregorio.


Durante los años 1082 a 1085 fue legado papal en Francia y Alemania. Mientras regresaba a Roma en 1083 fue hecho prisionero por el Emperador Enrique IV, pero fue pronto liberado. Mientras estuvo en Sajonia (1084-1085) llenó muchas de las sedes vacantes con hombres leales a Gregorio y depuso a quienes el papa había condenado. Celebró un gran sínodo en Quedlimburgo, Sajonia, en el cual el antipapa Guiberto de Ravenna y sus partidarios fueron anatematizados de nombre. Víctor III ya había sido elegido cuando Otto regresó a Roma en 1085. Otto parece haberse opuesto a Víctor al comienzo, no por alguna animosidad o carencia de buena voluntad, sino porque él juzgaba mejor, y crítico a la vez, que Víctor renunciara al honor que no deseaba retener. Después de la muerte de Víctor se envió una citación a tantos obispos del grupo de Gregorio como fue posible para asistir a una reunión en Terracina. Se dio a conocer en este encuentro que Otto había sido sugerido por Gregorio y Víctor como su sucesor. Por consiguiente, el 12 de marzo de 1088, fue elegido por unanimidad, tomando el título de Urbano II. Su primer acto fue proclamar al mundo su elección y exhortar a los príncipes y obispos que habían sido leales a Gregorio para continuar en su fidelidad: Otto declaró su intención de seguir la política y el ejemplo de su gran predecesor —“todo lo que él rechazaba, yo lo rechazo, lo que él condenaba, yo lo condeno, lo que él amaba, yo lo abrazo, lo que él consideraba como Católico, yo lo confirmo y apruebo”.


Fue una tarea difícil la que afrontó el nuevo papa. La entrada a Roma era imposible. Los Normandos, con quienes, junto con Matilda, sólo podía contar, estaban ocupados en una guerra civil. Antes de que pudiera hacerse cualquier cosa, Roger y Bohemund debían reconciliarse y para efectuar esto, el papa partió para Sicilia. Se reunió con Roger en Troina, pero la historia no dice nada sobre lo que ocurrió entre ellos. El año siguiente, sin embargo, hubo paz entre los dos príncipes, y la primera entrada de Urbano en Roma en noviembre de 1088, según afirman algunos, se hizo posible gracias a las tropas Normandas. Su difícil situación en Roma era verdaderamente lamentable; toda la ciudad estaba prácticamente en manos del antipapa, y Urbano tuvo que refugiarse en la Isla de San Bartolomé, siendo resguardado el acceso por Pierleone, quien había convertido el teatro de Marcelo en la ribera izquierda del río en una fortaleza. En Alemania no se contemplaba la perspectiva de ofrecer esperanzas de triunfo del grupo papal; sus partidarios más fieles en el episcopado habían muerto, y Enrique estaba ganando terreno continuamente. En medio de la pobreza y escasez de su miserable refugio, Urbano dictó sentencia de excomunión contra el emperador e igualmente el antipapa. Guiberto replicó realizando un sínodo en San Pedro antes del cual citó a Urbano a asistir. Las tropas del papa y el antipapa se trabaron en un combate desesperado que duró tres días; Guiberto fue sacado de la ciudad, y Urbano entró triunfante a San Pedro. Ahora estaba decidido a unir a sus seguidores en Italia y Alemania. La Condesa Matilda había perdido su primer esposo, Godofedo de Lorraine. Ahora era ya de edad avanzada, pero esto no evitó su matrimonio con el Conde Welf de Baviera, un joven de dieciocho años, cuyo padre, El Duque de Welf IV de Baviera, estaba en armas contra Enrique. Urbano encaminó de nuevo sus pasos hacia el sur. En el otoño de 1089, setenta obispos se reunieron con él en el sínodo de Melfi, donde se promulgaron decretos contra la simonía y el matrimonio clerical. En diciembre regresó a Roma, pero no antes de haber construido una paz duradera entre Roger y Bohemund, y de recibir su completa lealtad. Los volubles Romanos habían de nuevo renunciado a él ante las noticias del éxito de Enrique contra Matilda en el norte de italia, y habían llamado a Guiberto de regreso a la ciudad. Este celebraba la Navidad en San Pedro mientras Urbano lo anatematizaba desde extramuros.


Por tres años Urbano fue obligado a vagar en el exilio por el sur de italia. Pasó el tiempo celebrando concilios y mejorando el carácter de la disciplina eclesiástica. Mientras tanto Enrique por fin sufrió una represión de las fuerzas de Matilda en Canossa, la misma fortaleza que había presenciado su humillación ante Gregorio. Su hijo Conrado, aterrorizado, se dice, ante la depravación de su padre, y rehusando convertirse en su socio en el pecado, huyó al bando de Matilda y Welf. La Liga Lombarda – Milán, Lodi, Piacenza y Cremona – lo recibió con gusto y fue coronado rey en Milán, el centro del poder imperial en Italia. El camino estaba ahora despejado para el ingreso de Urbano en Roma, pero todavía los partidarios de Guiberto mantenían las posiciones fuertes de la ciudad. Esta vez el papa fijó su residencia en la fortaleza de los Frangipani, una familia que le había permanecido leal y que había establecido una posición defensiva bajo el Palatino cerca a la Iglesia de Santa María Nuova. Su situación era lastimosa, pues tenía que depender de la caridad y ya estaba lleno de deudas. Un abad francés, Gregorio de Vendôme, sabiendo de la difícil situación de Urbano, corrió rápidamente a Roma “que podría convertirse en partícipe de sus padecimientos y trabajo y mitigar su necesidad”. En retribución por esto fue erigido Cardenal Diácono de Santa Prisca. Un poco antes de la Pascua de 1094, el gobernador del palacio de Letrán ofreció cederlo a Urbano mediante el pago de una gran suma de dinero. Gregorio de Vendôme suministró este dinero vendiendo ciertas posesiones de su monasterio; Urbano ingresó al Lateranense a tiempo para la solemnidad pascual, y se sentó por primera vez en el trono papal justo seis años después de su elección en Terracina.


Pero no era época para permanecer largo tiempo en Roma. La causa de Enrique estaba constantemente volviéndose más débil, y Urbano corrió al norte para celebrar un concilio en Piacenza con intereses de paz y reforma. La infortunada Praxedis, segunda esposa de Enrique, había sufrido injusticias que eran ahora la propiedad común de los Cristianos. Su causa fue escuchada, sin tratar Enrique de defenderse. Ella fue públicamente declarada inocente y absuelta de toda censura. Luego se trató el caso de Felipe de Francia, quien había repudiado a su esposa Bertha y se había desposado con Bertrada, la esposa de Fulk de Anjou. Varios obispos habían reconocido la unión, pero el Arzobispo Hugo de Lyon había tenido el valor de excomulgar a Felipe por adulterio. Tanto el rey como el arzobispo fueron convocados al concilio, y ambos fallaron a la cita. A Felipe le fue concedida una prórroga adicional, pero Hugo fue suspendido de su cargo. En este concilio Urbano pudo empezar a hablar del tema de las Cruzadas. El Emperador de Oriente, Alexius I, había enviado una embajada al papa en busca de ayuda contra los Turcos Seljuk quienes eran una seria amenaza para el Imperio de Constantinopla. Urbano tuvo éxito en inducir a muchos de los presentes a prometer ayuda para Alexius, pero no fue tomada ninguna acción definitiva por parte de él hasta pocos meses más tarde, cuando convocó el más famoso de sus concilios, el de Clermont en Auvergne. El concilio se reunió en noviembre de 1095; trece arzobispos, doscientos treinta y cinco obispos, y más de noventa abades respondieron a la citación del papa. El sínodo se reunió en la Iglesia de Notre-Dame du Port y comenzó reiterando lo Decretos Gregorianos contra la simonía, la investidura y el matrimonio clerical. La sentencia que durante algunos meses había estado amenazando a Felipe de Francia, se puso ahora en acción contra él, y fue excomulgado por adulterio. Luego se discutió el candente asunto del Oriente. La recepción de Urbano en Francia había sido muy entusiasta, y el entusiasmo por la Cruzada se había difundido en cuanto el papa viajó allí desde Italia. Miles de nobles y caballeros se habían reunido para el concilio. Se decidió que un ejército de caballería e infantería marcharía a rescatar de los Sarracenos a Jerusalén y las Iglesias de Asia. Se concedió indulgencia plenaria a todos los que emprendieran el viaje pro sola devotione, y para ayudar más al movimiento, se ofreció la Tregua de Dios, y los bienes de aquellos que habían tomado la cruz serían vistos como sagrados. Aquellos que fueran incapaces para la expedición eran vedados para emprenderla, y los fieles eran exhortados a tomar el consejo de sus obispos y sacerdotes antes de ponerse en marcha. Saliendo al frente de la iglesia, el papa se dirigió a la inmensa multitud. Utilizó al máximo sus maravillosos dones de elocuencia, describiendo la cautividad de la Ciudad Sagrada donde Cristo había sufrido y muerto –“Déjenlos volver sus armas goteantes con la sangre de sus hermanos contra los enemigos de la Fe Cristiana. Déjenlos – opresores de huérfanos y viudas, asesinos y violadores de iglesias, ladrones de la propiedad de otros, buitres atraídos por el olor del combate – déjenlos precipitarse, si aman sus almas, al rescate de Sion, bajo el mando de su capitán, Cristo.”- Cuando el papa dejó de hablar un poderoso grito de Deus lo volt brotó de la multitud. Sus más optimistas esperanzas no habían anticipado tal entusiasmo como el que ahora prevalecía. Se le trató de persuadir reiteradamente a dirigir personalmente la Cruzada, pero él designó a Ademar, Obispo de Le Puy, en su lugar, y dejando Clermont viajó en Francia de ciudad en ciudad predicando la Cruzada. Se enviaron cartas a los obispos que no habían podido asistir al concilio, y se enviaron predicadores por toda Europa para despertar entusiasmo. En toda forma posible Urbano animó al pueblo a tomar la cruz, y no dispensaba fácilmente de sus obligaciones a aquellos que se habían eximido por sí mismos de emprender la expedición.


En marzo de 1096 el papa celebró un sínodo en Tours y confirmó la excomunión del rey francés, el cual ciertos miembros del episcopado francés habían intentado remover. En julio de 1096, el rey, habiendo despedido a Bertrada, fue absuelto por Urbano en un sínodo celebrado en Nimes, pero habiendo reincidido, fue nuevamente excomulgado por el legado del papa en 1097. Algunos de los más grandes prelados de Francia debían ahora someterse al papa, estando entre ellos el Arzobispo de Viena, quien había rehusado atenerse a la decisión papal considerando la jurisdicción del Obispo de Grenoble, y el Arzobispo de Sens, quien había rehusado reconocer al Arzobispo de Lyons como legado papal. Después de un triunfal progreso a través de Francia, Urbano regresó a Italia. En su camino a Roma se encontró en Lucca con los príncipes cruzados, y otorgó el estandarte de San Pedro sobre Hugo de Vermandois. Algunos afirman que este ejército cruzado hizo posible a Urbano entrar en Roma, la cual en este momento estaba de nuevo ocupada por el antipapa. Si esto fue así, de acuerdo con el relato de un testigo ocular, el ingreso parece haberse efectuado sin combate. Sin duda la presencia de tropas bien disciplinadas, bajo los más distinguidos caballeros de la Cristiandad, infundió terror en los fieros partidarios de Guiberto. Pero el triunfo final de Urbano sobre el “imbecile”, estaba ahora asegurado. Italia central y del norte estaban bajo el poder de Matilda y Conrado, y Enrique fue finalmente obligado a abandonar Italia. Se celebró un concilio en el Lateranense en 1097, y antes de finalizar el año, Urbano pudo ir nuevamente al sur para solicitar ayuda de los Normandos para facilitarle recuperar el Castillo de San Angelo. El castillo capituló en aosto de 1098. Ahora pudo disfrutar de un breve período de reposo después de una vida de incesante actividad y feroz contienda, que lo había llevado al exilio y la penuria. Su amistad con los Normandos se fortaleció por la designación del Conde Roger como legado papal en Sicilia, donde la Iglesia había sido casi barrida por los Sarracenos; el antipapa estaba dentro de su Arzobispado de Ravenna, y el poder de Enrique, aunque fortalecido por el Conde Welf, quien había abandonado a Matilda, no era suficientemente fuerte para seguir siendo una amenaza seria.


En otubre de 1098, el papa celebró un concilio en Bari con la intención de reconciliar a los Griegos con los Latinos sobre el problema del filioque (Nota del Traductor: Fórmula adicionada al Credo de Nicea en el Concilio de Toledo en 589: “Creo en el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo” - Credo in Spiritum Sanctum qui ex patre filioque procedit) ciento ochenta obispos asistieron, entre los cuales estaba San Anselmo de Canterbury, quien había huido hacia Urbano para colocar ante él sus quejas contra el Rey Rojo. El final de Noviembre vio de nuevo al papa en Roma; ese fue su regreso final a la ciudad. Aquí celebró su último concilio en Abril de 1099. Una vez más elevó su elocuente voz en medio de las Cruzadas, y muchos respondieron a su llamado. En julio 15 de 1099, Jerusalén cayó ante el ataque de los cruzados, pero Urbano no vivió para escuchar las nuevas. Murió en la casa de Pierleone que tan a menudo le había brindado refugio. Sus restos no pudieron ser sepultados en la Lateranense porque los seguidores de Guiberto aún permanecían en la ciudad, sino que fueron llevados a la cripta de San Pedro donde fueron enterrados cerca a la tumba de Adriano I. Guiberto de Nogent asegura que se obraron milagros en la tumba de Urbano, quien figura como santo en muchos de los Martirologios. Así parece haber existido un culto de Urbano II desde el momento de su muerte, aunque su fiesta (julio 29) nunca ha sido extendida a la Iglesia Universal. Entre las figuras pintadas en el ábside del oratorio construido por Calixto II en la Palacio de Letrán está la de Urbano II con las palabras sanctus Urbanus secundus debajo de ella. La cabeza está coronada por una nube cuadrada, y el papa es representado a los pies de Nuestra Señora.


El acto formal de beatificación no tuvo lugar hasta el pontificado de León XIII. La causa fue presentada por Monseñor Langenieux, Arzobispo de Reims en 1878, y después de haber pasado por varias instancias la decisión fue tomada por León XIII el 14 de julio de 1881.



Sí alguna vez van ustedes a Mallorca, será obligado que visiten Valldemosa. El turismo se basa, por desgracia, en lo espectacular. Y así, les enseñarán la Cartuja, con sus celdas, y aquellas donde vivieron el pobre Federico Chopin y la escritora George Sand una bien pobre aventura humana. O en La Foradada, la mancha de humo de aquella hoguera que encendió Rubén Darío, cuando quiso hacer una paella junto al mar. Salvo que ustedes pregunten, nadie o casi nadie les hablará de Catalina Thomás, aquella "santita mucama", como la llamó un escritor viajero español.

Pues allí, en Valldemosa, nació la chiquilla. En 1531, según unos historiadores. O en 1533, según otros. Hija de Jaime Thomás y Marquesina Gallard. Y desde su niñez, la leyenda dorada que acompaña piadosamente a los santos con milagros candorosos y prodigios extraños.


Las biografías de Catalina Thomás recogen un sinfín de estos datos que muestran que la Santa tuvo, ya en vida, una admiración popular fervorosa: mientras recoge espigas, Catalina recibe la visión de Jesús crucificado. Otra vez, huyendo de una fiesta popular que no le gustaba, es Nuestra Señora misma quien baja a decirla que está escogida por su Hijo. Hasta prodigios candorosos: una vez, llorando arrepentida por haber deseado unos vestidos como los de su hermana, dice la tradición que Santa Práxedes y Santa Catalina mártir —que será siempre fiel protectora suya— bajan del cielo para consolarla.


Pocos prodigios tan poéticos, tan bellos como el de aquella noche en que, al despertarse, vio Catalina la habitación inundada de una luz hermosa y clara. Era la luz blanca, azulada, del plenilunio. Catalina piensa que está amaneciendo y se levanta a por agua a una cercana fuente. Estando allí, dieron las doce de la noche en la Cartuja y luego la campana que llamaba a coro a los frailes del convento. Catalina se asusta entonces, al encontrarse perdida en aquella noche de luz tan misteriosa. Como es una chiquilla, empieza a llorar. Y San Antonio Abad, dicen, bajó del cielo y la tomó de la mano para llevarla a casa.


Catalina va a conocer una gran amargura muy joven. A los tres años murió su padre. Ella se puso a rogar por su alma y un ángel vino a decirle que estuviese contenta, porque su padre estaba en la gloria de Dios. Cuatro años más tarde, tenía siete la chiquilla, se le aparece su madre:


"Hija mía, acabo de expirar en este mismo momento. Estoy esperando tus oraciones para entrar en la gloria." Y tres horas más tarde, Catalina recibía el consuelo de que su madre estaba en el cielo. Huérfana, Catalina fue recogida por unos tíos suyos, quienes la llevaron al predio "Son Gallart". Durante once años, Catalina vivió en aquella finca, a seis o siete kilómetros de Valldemosa. Es éste un momento duro para Catalina, pues la ausencia de Valldemosa significa dificultad para ir al templo, para oír misa y para las prácticas religiosas en la casa de Dios. Los domingos, al fin, podía asistir a misa en el oratorio de la Trinidad. Es aquella zona donde los eremitas buscaban la paz de Dios frente a la paz de aquel mar inolvidable; frente a esos crepúsculos de Mallorca en los que el sol parece incendiar finalmente las aguas, teñirlas de rojo o, cuando está en lo alto, revela desde la cornisa valldemosina, el fondo limpísimo del mar.


Pero Catalina no tenía mucho tiempo para la contemplación poética. Una finca como "Son Gallart" exige mucho trabajo. Hay en ella muchos peones, y ganado, y faenas de labranza que realizar. Catalina es una muchacha activa. Ya es la criadita. Va a donde trabajan unos peones a llevarles la comida de mediodía, trabaja en la casa, fregando, cosiendo, barriendo; guarda algún rebaño cuando lo manda tío Bartolomé. Y tiene siempre buen semblante, sonrisa a punto, corazón abierto.


Aparece entonces en la vida de Catalina un personaje importante y muy decisivo. Uno de aquellos ermitaños, el venerable padre Castañeda. Es un hombre que ha abandonado el mundo buscando la total entrega de su alma al Señor. Vive en las colinas y de limosna. Un día pasa por el predio a pedir y Catalina le conoce. Surge entre ambos una corriente de simpatía y de afecto. Recomendada más tarde por Ana Más, Catalina va a visitar al padre Castañeda al oratorio de la Trinidad. Catalina se le confía: ella quiere ser religiosa. A la segunda entrevista, el padre Castañeda está convencido. La dirección espiritual del religioso hará todavía un gran bien a la muchacha. Pero entonces empieza un largo episodio: el de las dificultades.


Los tíos, al saber la vocación de su sobrina, se oponen decididamente. Por aquellas fechas, una muchacha valldemosina, que había ingresado en un convento de Palma, se sale, reconociéndose sin verdadera vocación. Es, pues, mal momento político para que nadie ayude a Catalina. Por otra parte, Catalina era una muchacha guapa y muy atractiva. Es natural que muchos jóvenes de los alrededores se fijaran en ella con el deseo de entablar relaciones y casarse. Catalina espera pacientemente. Y otra dificultad llega. El padre Castañeda decide marcharse de Mallorca.


Catalina se despide de él con una sonrisa misteriosa. No, el padre se irá, pero volverá, porque Dios quiere que él sea su apoyo para entrar en el convento. Efectivamente, el barco que llevaba al religioso sale de Sóller con una fuerte tormenta que le impide llegar a Barcelona. Y regresa de nuevo a Valldemosa. El religioso ve que la profecía de la muchacha se ha cumplido y decide ayudarla plenamente. Va a hablar con los tíos y los convence. Catalina se marcha a Palma, para ir realizando las gestiones previas a su ingreso en un convento. Y, en tanto, se coloca como sirvienta en la casa de don Mateo Zaforteza Tagamanent y, en concreto, al servicio de una hija de este señor llamada Isabel. Las dos muchachas se cobran un fuerte cariño. Isabel la enseña a leer, escribir, bordar y otros trabajos. Catalina da más; Catalina habla de Dios, permanentemente, a Isabel. Y lleva una vida tan heroica, tan mortificada, que cae enferma. Los señores y sus hijos se turnan celosamente junto al lecho de la criada. Como si la criada fuese ahora la señora y ellos los honrados en servirla.


Y llega el momento de intentar, ya en serio, el ingreso en alguno de los conventos de Palma. El padre Castañeda los recorre, uno tras otro. Hay un grave inconveniente: Catalina carece de dote. Es totalmente pobre. Pero estos conventos son también necesitados. No pueden acoger a una aspirante que no traiga alguna ayuda... Convento de Santa Magdalena, de San Jerónimo, de Santa Margarita... Las noticias que el padre va llevando a Catalina son descorazonadoras. Catalina se refugia en la oración. Y reza tan intensamente que, cuando ya todo aparece perdido, los tres conventos a la vez, interesados por la descripción que de la joven les ha hecho el religioso, deciden pasar por alto el requisito de la dote. Y los tres conventos están dispuestos a admitir a Catalina Thomás.


Una tradición representa a Santa Catalina, sentada en una piedra del mercado, llorando tristemente su soledad. Y en aquella piedra, según la misma tradición, recibe Catalina la noticia de que ha sido admitida. Aún se conserva esta piedra, adosada al muro exterior de la sacristía, en la parroquia de San Nicolás, con una lápida —colocada en 1826— que lo acredita. Catalina, entonces, decide ingresar en el primero de los tres conventos visitados, el de Santa Magdalena.


A los dos meses y doce días de su ingreso, Catalina toma el velo blanco. Media ciudad de Palma, con su nobleza al frente, acude al acto, pues tanta es ya la fama de la muchacha. Enero de 1553.


Los años que vive Catalina en el convento palmesano serán casi ocultos. Pero como es tan difícil que la santidad pueda estar bajo el celemín, toda la ciudad acude a verla, a consultarle sus problemas, a encomendarse a sus oraciones, a pedirle consejo... Ella se resiste a salir al locutorio, se negaba a recibir regalos y cuando tenía que recibirlos, los daba a las demás monjas. Practicaba la pobreza, la obediencia, la castidad, siempre en grado heroico. La prelada decidió un día someterla a una prueba bien dura. En pleno verano, le ordenó que se saliese al patio y estuviera bajo el sol hasta nueva orden. Catalina no dice una sola palabra: va al lugar indicado y permanece allí varias horas, hasta que la superiora, admirada de su fortaleza, la manda llamar.


Catalina crece en amor y sabiduría. Sus éxtasis son cada vez más frecuentes e intensos. Algunos duran hasta días. En su celda se conserva aún la piedra sobre la que se arrodillaba y que muestra las hendiduras practicadas por tantísimas horas de oración en hinojos. Aunque ella procuraba ocultar, por humildad, estos regalos de Dios, era natural que sus hermanas se enterasen. Y la fama crecía.


Un día, Catalina recibe el aviso de Dios. Diez años antes de su muerte, supo cuándo sería llamada por el Señor. Y estuvo esperando ansiosamente este momento. La Dominica de Pasión de 1574, el 28 de marzo, Catalina entró en el locutorio donde estaba una hermana suya con una visita. Iba a despedirse —dijo—, pues se marchaba al cielo. Y efectivamente, al día siguiente, después de comulgar en éxtasis, mandó llamar al sacerdote porque se sentía morir. Los médicos dijeron que no la encontraban grave, pero el sacerdote acudió y apenas recibidos los sacramentos, mientras la superiora rezaba con ella las oraciones, tras haber pedido perdón a la madre y a las hermanas, cayó en un éxtasis al final del cual entregó su alma a Dios el 5 de abril.


Lo demás, vendría por sus pies contados. El proceso de beatificación, la beatificación, el proceso siguiente y por fin la gloria de los altares. Con una particularidad. El fervor popular por Santa Catalina Thomás iría creciendo y manteniéndose de tal modo que, aunque ella murió en 1574, la beatificación se dicta —por Pío VI— en 1792 y la canonización —por Pío XI— en 1930. El cuerpo de Catalina Thomás se ha conservado incorrupto.


La vida de esta muchacha mallorquina es, ya lo decimos, un distinto camino de la santidad, Una santidad vivida con impresionante sencillez, con rotunda eficacia. Una santidad hecha de la elevación de la virtud al grado heroico. Y, al mismo tiempo, una santidad popular. En el alma de Mallorca sigue bien recio el amor por su santita criada, su santita pastora, su santita monja. Aunque el turismo no muestre su itinerario, está en el corazón de los mallorquines.


En Valldemosa se la festeja durante dos días, 27 y 28 de Julio. El Martirologio romano la recuerda el 5 de Abril.



Martirologio Romano: En Dol, ciudad de la Bretaña Menor (Francia), san Sansón, abad y obispo, que propagó en Domnonia el Evangelio y la disciplina monástica, que había aprendido en Gales del abad san Iltudo (c. 565).

Etimología: Sansón = hombre de gran fortaleza, del arameo


San Sansón fue uno de los principales misioneros ingleses del siglo VI. Actualmente se le venera en Gales del Sur y en Bretaña. Nació hacia el año 485. Su padre, Amón, era originario de la provincia de Dyfed y su madre, Ana, de Gante. El nacimiento del niño fue la respuesta del cielo a las incesantes oraciones de sus padres. Por ello, cuando Sansón tenía apenas cinco años, sus padres le consagraron a Dios en el monasterio fundado por San Iltud en Llantwit de Glamorgan, que fue un verdadero almacigo de santos. Sansón fue desde el primer momento muy virtuoso, de inteligencia despejada y de gran austeridad de vida. San Dubricio le ordenó primero diácono y después sacerdote. Como Sansón era todavía muy joven, ello despertó la envidia de dos monjes que eran hermanos entre sí y sobrinos de San Iltud, ya que uno de ellos aspiraba a suceder a su tío en el gobierno del monasterio. Dichos monjes trataron de envenenar a Sansón, pero el veneno no le produjo efecto alguno. Entonces, uno de los dos hermanos se arrepintió. El otro fue víctima de un ataque en el momento en que recibía la comunión de manos de su victima, pero las oraciones del santo le restituyeron la salud. Sansón obtuvo permiso de trasladarse a una isla en la que había un monasterio gobernado por un tal Piro. Se cree que se trataba de la isla de Caldey, frente a la costa de Pembrokeshire. Ahí, el santo "pasaba día y noche en oración y comunión con Dios y llevaba una vida de admirable paciencia y recogimiento y, sobre todo, de gran amor de Dios. Empleaba el día entero en el trabajo manual, con la mente puesta en Dios." Como el padre de Sansón sintiese que se acercaba la hora de su muerte, mandó llamar a su hijo. Este se resistió al principio a volver al mundo, pero Piro le reprendió y le dio a un diácono por compañero. Cuando Sansón administró los sacramentos a su padre, éste recobró la salud. Entonces el padre y la madre del santo determinaron abandonar el mundo. Después de encontrar acomodo a su madre en un convento, Sansón regresó a la isla con su padre, su tío Umbrafel y el diácono que le había acompañado. San Dubricio había ido a la isla a pasar la cuaresma, según la costumbre de la época y, cuando se enteró de las maravillas que había obrado Sansón durante el viaje, decidió llevarle consigo a su monasterio. Poco después falleció Piro y Sansón fue elegido abad. Viviendo casi en completa clausura, Sansón consiguió restablecer poco a poco la disciplina en el monasterio. También hizo un viaje a Irlanda y dejó a cargo de Umbrafel un monasterio que se le confió en aquel país. A su vuelta a la isla, renunció al cargo de abad y se retiró con su padre y otros dos monjes a una ermita de las cercanías del río Severn.


Pero la paz se vio pronto turbada en aquella soledad, ya que Sansón fue nombrado abad del monasterio que, "según se dice, había fundado San Germán." Poco después, San Dubricio le confirió la consagración episcopal. La víspera de la Pascua, Sansón tuvo una visión en la que se le ordenó que partiese al otro lado del mar. Así pues, se trasladó a Cornwall con sus compañeros; al cabo de un "viaje feliz, con viento favorable", desembarcó en los alrededores de Padstow. Inmediatamente, se dirigió al monasterio de Docco (actualmente de San Kew). En cuanto los monjes supieron que se hallaba en las cercanías, enviaron al hombre más prudente del monasterio, Winiaw, quien poseía el don de profecía, para que saliese a su encuentro. Ello no significa que le hayan recibido particularmente bien, ya que, cuando Sansón decidió quedarse en el monasterio, Winiaw le indicó con gran tacto que no lo hiciese, "pues nuestra observancia ya no es la que solía ser. Prosigue tu camino en paz..."


Sansón interpretó esas palabras como una señal de Dios y atravesó todo Cornwall en una carreta que había llevado de Irlanda. En el distrito de Trigg convirtió a muchos idólatras al resucitar un niño que se había caído del caballo. Fundó una iglesia en Southill y otra en Golant, siguió el río Fowey hasta la desembocadura y ahí se embarcó con rumbo a la Bretaña, dejando al cuidado de su padre el monasterio de Southill. No es imposible que durante su larga estancia en Cornwall haya visitado las Islas Scilly, ya que una de ellas tomó el nombre del santo.


Los biógrafos de Sansón hablan, sobre todo, de los milagros que realizó en la Bretaña. Viajó por toda la región predicando el Evangelio y llegó hasta las Islas del Canal; uno de los pueblecitos de Guernsey lleva su nombre. Igualmente fundó dos monasterios: uno en Dol y otro en Pental, en la Normandía. El santo fue uno de los que ayudaron al legítimo príncipe Judual a recobrar el trono que le había arrebatado su rival, Conmor, el año 555. En una visita que hizo a París, Sansón atrajo sobre sí las miradas del rey Childeberto; según se cuenta, el monarca le nombró obispo de Dol. Probablemente nuestro santo fue el "Sansón, Pecador, Obispo" que firmó las actas del Concilio de París el año 557. Pero es cierto que Dol no constituyó una sede episcopal regular sino hasta el siglo IX. San Sansón murió apaciblemente entre sus monjes, el año 565.